“O amar o aborrecer. No hay otra cosa. El que ama es un sembrador; ¿y qué cosa puede ser un maestro? […]”.
Con las palabras anteriores, escritas en su día por Pablo de A. Cobos, comienza la introducción, de la editora Ainhoa Zufriategui, en el libro ‘El maestro, la escuela y la aldea y otros escritos pedagógicos’.
Libro coordinado por Aku Estebaránz, que rescata nuevos trabajos literarios y educativos del pedagogo y escritor segoviano.
Gracias, una vez más, a ‘Arqueología de Imágenes’, la figura de Cobos va saliendo del olvido. Si, en 2015, mediante el mecenazgo se pudo publicar la exquisita obra facsímil ‘Estampas de Aldea’, ahora ha tirado del proyecto el Ayuntamiento de Segovia.
El libro fue presentado ayer, jueves 23 de noviembre, en una sala de la ‘Casa de la Lectura’ (antigua Biblioteca Pública de la calle Real).
En la mesa de presentación, cara a cara, la concejala de Cultura, Marifé de Santiago y la editora Ainhoa Zufriategui.
Ambas resaltaron las cualidades de Pablo de Andrés Cobos como estudioso de la pedagogía y las nuevas tendencias en la enseñanza. Un Cobos, ante todo, educador de niños.
No quisieron pasar por alto la labor realizada junto a su segunda esposa, Enriqueta Castellanos, maestra directora de la Escuela Graduada de niñas de La Granja, donde se conocieron, en pro de una enseñanza infantil que busca, como principal fuente del saber, un niño que piense en libertad, antes de ‘destrozar la lectura en horroroso cantar de moscardón’, como diría Cobos.
Ambos formaron parte de las Misiones Pedagógicas que recorrieron varios pueblos de la provincia de Segovia.
Pablo, como recuerda Ainhoa ‘disfrutó de una buena crianza, cariño y lo mejor de la infancia en la aldea [nace en La Cuesta, Segovia, en 1899]: la libertad‘.
Destacar de la biografía de Cobos que, ante todo, amaba la vida rural en el convencimiento de que la escuela (la mayor parte de la vida, en la España de principios del siglo XX, se desarrollaba en zona rural) es el germen de la educación del individuo.
Decía la humanista italiana María Montessori que ‘el niño es el constructor del hombre y no existe ningún hombre que no se haya formado a partir del niño que fue una vez’.
Desde el comienzo de sus estudios, en la Escuela Normal de Maestros de Segovia, bebe directamente de la nueva pedagogía que intenta implantar en el país, con todas las dificultades de una España anclada en la enseñanza del palo y el correctivo, el ideario de la Institución Libre de Enseñanza, de Giner y Cossío.
Pronto se curte en la Asociación Normalista, y la revista ‘El Normalista’, quizá el inicio de su extensa carrera periodística y, posiblemente, germen de la intensa actividad reformadora del magisterio segoviano en las décadas anteriores a la Segunda República, y precursora de la ambiciosa reforma educativa de este régimen.
A su formación contribuye mucho, la entrada en la tertulia segoviana del café La Unión, cenáculo de intelectuales denominado la ‘zurda’. A esta reunión llegó de la mano de Blas Zambrano, y en ella conoció a Antonio Machado.
De ellos Cobos decía que eran de ‘[…] un lento andar ingrávido, de plantas difíciles, con el apoyo del bastón; los dos con cuello de pajarita y gran corbata sobre pechera almidonada […]’ (entrada: ‘recorriendo la ciudad (Segovia) de Machado’).
Socialista y republicano, el comienza de la Guerra Civil le sorprende en La Granja, donde es encarcelado.
Como indica Eduardo Juárez Valero, cronista del Real Sitio de San Ildefonso, en su obra ‘Crónica de un Real Sitio, lucha política, guerra y represión (1934-1939)’, Cobos aparece en la relación de prisioneros por ‘Auxilio a la rebelión’, con ‘Consejo de Guerra’.
Finalmente, se salvo de las ‘sacas’ que se realizaron en las ‘Caballerizas’; después de pasar un tiempo en la cárcel, es represaliado con la pérdida del ejercicio del magisterio.
En los años 60, según relata Zufriategui, reanuda su carrera como escritor, volcándose, principalmente, en la obra de Antonio Machado.
Aunque ya en los 50, hay referencias suyas en la revista ‘Estudios Segovianos’ de la Academia de Historia y Arte de San Quirce (antigua Universidad Popular de Segovia, en la que participó activamente) y, en 1952, la ‘Monografía de la Provincia de Segovia‘, publicada por el Centro Segoviano de Madrid, recoge un capítulo suyo bajo el título de ‘Notas breves sobre costumbres segovianas’.
“[…] El que aborrece es un canalla a quien la ley mantiene encadenado. ¿Qué bondades tendrá un padre si no tiene amor? ¿Y un maestro? No creas jamás que se puede ser educador con la frialdad de lo puramente científico. No olvides nunca que no es lo objetivo con lo que vas a operar, sino con lo subjetivo” (‘El maestro, la escuela y la aldea’, 1928)
Un libro, en definitiva, para leer.

















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