Hay quien jura que aprobó porque estudió. Mentira piadosa. Estos días, de vigilante por el Campus María Zambrano, he descubierto la verdadera fórmula del éxito en la PAU, y definitivamente estaba en el armario.
Más de 700 chavales se han jugado el futuro en una de las sedes segovianas de la selectividad, y muchos estudiantes no solo se han presentado con la camisa de niño bueno ni con el polo de las grandes ocasiones, han sacado a pasear la camiseta de su equipo. Y ojo, no esa camiseta arrugada del fondo del cajón que uno pilla cuando no sabe qué ponerse. Nada de eso. Hablo de una elección medida, calculada al milímetro, casi litúrgica.
Allí estaba “Mister Griezmann” entrando al examen como quien salta al césped del Metropolitano. Allá, un valiente invocando la Décima de Ramos, ese cabezazo en el minuto 93 que enseñó a media España que nunca es tarde si la dicha es buena… ni aunque te queden cinco minutos para entregar el de Historia. Y, cómo no, la segovianada de Jorge de Frutos, el chico del Rayo que nos recuerda que de esta tierra también salen cracks.
¿Casualidad? Ni mucho menos. Es fe. Es superstición. Y la superstición, digan lo que digan los racionalistas de manual, nos hace más fuertes.
Porque ponerse esa camiseta no cambia ni una sola pregunta del examen. Pero entras al aula con el pecho un poco más henchido, con la sensación de que no vas solo.
Llámalo amuleto, talismán o manía. La psicología lo viste con palabras más serias y habla de control percibido y de confianza. Yo lo llamo, sencillamente, agarrarse a algo cuando los nervios aprietan. Y funciona, porque hay quien cree que tiene media batalla ganada.
Así que enhorabuena a esos alumnos que han dado el do de pecho con su escudo en el corazón. Han demostrado que el examen aparte de lucharlo con el bolígrafo, también se puede ganar con un poco de fe bien planchada.














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