free web stats

El mejor actor del mundo

Hoy vengo a contarles que un día fui el mejor actor del mundo, o al menos de mi casa y de mi grupo de amigos, que en la adolescencia vienen a ser lo mismo.

Cuando llegué a primero de secundaria —con doce años—, una vez empezado el curso teníamos que elegir una optativa entre tres opciones: Matemáticas, Francés y Teatro. Era la primera vez que en el colegio nos daban a elegir algo que no fueran los equipos de fútbol en el recreo, preocupación a la que dedicaba las horas de clase. Ahí estaba el profesor de Ciencias Naturales hablándome de invertebrados y yo pensando en cómo decirle a Manu que la pachanga en el patio la iba a empezar de defensa, que era la posición en la que solo podían pasarte cosas malas.

La directora entró en el aula y nos dijo que aquello no podía ser: nos habíamos apuntado treinta y cinco alumnos a Matemáticas, veinticinco a Francés y cero a Teatro. Ya intuíamos qué podía darnos de comer en el futuro. Con gesto serio, la docente afirmó que alguien tenía que irse a teatro, y como pasa siempre que se pretende ser democrático, se hizo el silencio. ¿Quién iba a ser el mentecato que iba a cambiarse a aquella asignatura de la que no sabíamos nada y que al consultar en casa la matrícula nunca fue una opción? Pues yo.

Levanté la mano con decisión desde la última fila. «¡Yo profe!» dije con solemnidad, como si por mis venas corriera una mezcla de sangre de Stallone, Tom Hanks y Arnold Schwarzenegger, pero sin músculos. Mis compañeros me miraron como si de repente vieran en el pupitre a E.T., y lejos de dejarme solo otros siete levantaron la mano sumándose a la aventura; siete chicos que no llegaban a un diez ni sumando todas sus notas y acumulaban varios cursos repetidos. A la directora le cambió la cara. Quizás al principio en su cabeza pensaría que convencería a las chicas aplicadas, pero le tocaba explicar al responsable de la asignatura que le había conseguido a ocho ceporros sacados del avión de la película Con Air, incluido Cyrus el Virus. Una suerte de Comunidad del Anillo con menos futuro que el adoquinado de Segovia en manos de su alcalde.

Al llegar a casa expliqué a mis padres que me habían obligado a elegir Teatro; omití detalles insignificantes. Se opusieron: cómo te vas a ir a hacer el mamarracho pudiendo aprender otra lengua como mi amigo Julio, que cuando se puso en clase a leer en francés le dijo la profesora que en qué idioma estaba hablando.

Convencí a mis padres de que no hablaran con la tutora y al fin comenzaron las clases. Nuestros compañeros iban presos con cadenas imaginarias a clases aburridas y nosotros a la libertad, a actuar, pero los comienzos fueron como los de esas películas americanas en las que al profesor lo mandan a un barrio marginal a enseñar a los quinquis y zotes y no le hacen caso. Íbamos con la idea de subirnos al escenario desde el minuto uno, adictos a los focos y a los aplausos antes de merecerlos, pero en cambio los primeros meses todo fue leer obras de Calderón de la Barca, Lope de Vega, Fernando de Rojas o Tirso de Molina, interrumpidos cada minuto por la broma de turno. ‘Emosido engañado’ versión analógica.

Sin embargo, como pasa también en las películas, el profesor, ajeno a la rendición, fue venciendo resistencias y nos inculcó el interés por lo que leíamos. Entendimos que antes de actuar había mucho por descubrir, y lo fuimos haciendo poco a poco durante los dos años que duró la asignatura. Y cómo no, representamos ante los compañeros de todos los cursos algunas obras, con desigual resultado, especialmente cuando hicimos una sátira de la política española y el que le tocó el papel de José María Aznar solo repetía en bucle «¡váyase, señor González, váyase». Mi actuación más estelar, aparte de moderador de aquel debate que homenajeaba al esperpento de Valle-Inclán, fue haciendo de Muerte con una túnica negra que me tapaba la cara y una guadaña con la que me cargué de una embestida a mis compañeros en el escenario y mi futuro como actor de prestigio.

Más allá de la familia, nadie tiene tanto poder para cambiar la mentalidad y la actitud de un estudiante como un buen profesor/a que, además de impartir un temario, es capaz de anticiparse a las carencias de su alumnado y sacarle lo mejor que lleva dentro, aunque a veces se lo pongan difícil. Brindo por ellos, por los docentes con vocación de los que uno, cuando pasan los años, se les sigue sacando en las conversaciones como ejemplos que influyeron decisivamente en nuestra educación y en nuestra personalidad.

Feliz domingo veraniego, queridos lectores/as.


 

Author: Alberto Martín

Profesor universitario y escritor

Share This Post On

3 Comments

  1. ¡Qué maravilla de historia! Mientras treinta y cinco eligieron Matemáticas y veinticinco Francés, uno solo tuvo el valor —o la inconsciencia adolescente— de apuntarse a Teatro. Y resulta que aquel “castigo” acabó siendo un regalo.
    También demuestra algo importante: los buenos profesores no solo enseñan asignaturas; descubren talentos que ni sus alumnos sabían que tenían. A veces basta una persona con vocación para cambiar una vida.
    Mi admiración para aquel valiente actor improvisado y, sobre todo, para esos docentes que convierten un aula en una fábrica de oportunidades. ¡Chapó por ellos!

    Post a Reply
    • Muchas gracias por sus palabras y por la lectura, querido lector.

      Totalmente, chapó más bien por el profesor que se anima a dar una asignatura tan aparentemente incompatible con unos adolescentes desubicados.

      Un saludo.

      Post a Reply
  2. Además de ser deliciosa está historia, con su moraleja incluida, vengo observando tu aguda ironía y tú desenfado para practicar la autocrítica. No te prodigas mucho; no estaría de más que nos regalaras tus colaboraciones con más frecuencia.
    Nos arrancas sonrisas y a veces hasta risas abiertas, en medio de la una actualidad que no está para muchas alegrías.

    Post a Reply

Submit a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *