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Estás igual que siempre

Venía todo emocionado a hablarles de Venezuela con la misma clarividencia con la que podría hacerlo de Palestina, Ucrania o la peste porcina africana, pero les privo de tal desastre para escribir sobre un tema mucho más importante para el devenir del mundo: los comentarios que recibe un cuarentón cuando se encuentra a otros cuarentones, cincuentones y demás especies terrenales.

En la treintena el hit parade no tiene rival. La sentencia de vida es aquello de «¿y tú cuándo te casas?» y su versión extendida para coleccionistas de «¿no te animas a tener hijos?», que si se pone fea la cosa se cerrará con un «¡que se te pasa el arroz!». Estas frases se complicaban al recibirlas si lo pillaban a uno en la Plaza Mayor dándole un sorbo a una bebida espirituosa bien fresquita, ya que con echarle un vistazo al vaso y dar otro buchito se podía contestar con un «me pillas en mal momento». Cuando me decían eso —acompañado de una palmadita en el hombro— siempre recurría a frases que querían parecer graciosas y lo eran menos que los chistes de Arévalo sobre los gangosos. «Es que nadie me quiere, ja,ja» o «Se me da mejor ser tío que padre, jua jua» mientras pasaba una bola de paja rodante de esas de las películas, que acabo de descubrir que se denomina estepicursor.

En cambio, si se llega a los cuarenta igual que se acaban los treinta, pero ya sin el vaso en la mano, el foco deja de estar en la boda y en los bebés (se desvanece la broma de quién nos pagará las pensiones) y pasa a estar en el aspecto físico. Y ahí uno se la juega a cara o cruz, a que te casquen sentencias del tipo «estás igual que hace veinte años», aunque no te quede una célula del cuerpo de aquella época, un «estás mucho más delgado» o más rechoncho. Si te toca estar pasadete de kilos —estado por el que casi todos pasamos por mil motivos—, es probable que encima te den un toque en los michelines para palpar la certeza; si estás en tu peso y antes no es seguro que previamente habrán hecho mil comentarios en privado sobre esos kilos de más, y si en todo este juicio físico se le añade que todavía tienes pelo, no es descartable que alguno te toque la cabeza, como si fueras un schnauzer, para comprobar que no llevas peluca o que no te has dado una vuelta por la clínica de Cristiano Ronaldo o has hecho un viaje turístico a Estambul.

“Hijo del hombre”, R. Magritte.

Partiendo de que entiendo que no hay malicia en estos chascarrillos envueltos en topicazos, debe prevalecer la prudencia y es un error hacerlos, sobre todo si proceden de conocidos a los que te encuentras dos veces al año y la confianza que había en el pasado se ha esfumado, porque las razones por las que uno cambia físicamente son muy diversas y no todas responden a la voluntad del individuo ni se reducen al deporte y la salud. Sacar esos temas puede ser incómodo para quienes reciben los comentarios, y más en lo referente a la paternidad y a la salud.

Los años pasan para todos, cada uno va abriendo y cerrando heridas como buenamente puede y es absurdo aspirar a estar «igual que siempre» por muchas trampas y trucos que hagamos. Arrugas, calvicie, michelines, ojeras, enfermedades… van apareciendo de forma natural y tan importante es aceptarlo sin ningún drama como aspirar a que nadie venga a narrar tu evolución física como si fuera Pepe Domingo Castaño una tarde de domingo. Espejos ya hay muchos y opiniones innecesarias demasiadas.

Espero que hayan empezado bien el año, queridos lectores/as, y que les traigan muchas cosas los Reyes Magos.


 

Author: Alberto Martín

Profesor universitario y escritor

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2 Comments

  1. Bonita reflexión, hay que saber envejecer con dignidad, cuidándose eso sí pero sin querer aparentar una edad que no se tiene. Feliz año Alberto.

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  2. Independientemente de los motivos que te aporte el interlocutor para valorar su aspecto físico y su situación de pareja o paternidad, existen dos cosas que se llaman vergüenza y educación, ambas se deben utilizar para decir según que cosas y no atrevernos a tocar según que temas.
    En mi caso recurro a una máxima que suelo emplear en todos los casos en los que coincido con alguien que veo de tarde en tarde, y no es otra que si no tienes motivos para decirle algo agradable, al menos no le abrumes resaltando sus aspectos,que en tu opinión, son a mejorar,en el caso de que no estén,debido al paso del tiempo, definitivamente consolidados, por eso es mejor mantener un educado silencio, hablar del tiempo, o resguardarse en una sonrisa de cortesía.

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