La última etapa de la Vuelta a España debería haber sido una celebración: bicicletas rodando hacia Madrid, público aplaudiendo y un podio que coronara al ganador. Pero lo que se vivió fue otra cosa. El pelotón quedó detenido a 56 kilómetros de la meta, la carrera suspendida y la ceremonia final cancelada por la irrupción de protestas propalestinas que bloquearon el recorrido.
El escenario no podía ser más simbólico: un deporte que presume de resistencia interrumpido por un conflicto que desborda todas las fronteras. Lo que sucede en Gaza no admite indiferencia. Estoy en contra del genocidio, de la violencia sin freno, de la impunidad que convierte cada bombardeo en estadística. Protestar es legítimo y necesario. Pero el problema surge cuando esa protesta, justa en su origen, se mezcla con un evento deportivo hasta desfigurarlo.
El ciclismo, como otros deportes, no es inocente: en el pelotón participa un equipo con el nombre y la bandera de Israel. La tensión estaba servida. Y, sin embargo, es cuestionable que la solución pasara por paralizar la Vuelta, poner en riesgo la seguridad de corredores y público, y transformar un acontecimiento deportivo en un campo de batalla simbólico.
Porque lo ocurrido a mitad de la ronda fue también grave: ciclistas obligados a abandonar, como Javi Romo, lesionado, totalmente desolado y con un trabajo que poco o nada tiene que ver con Gaza. Meses de preparación y de esfuerzo tirados por la borda por un conflicto ajeno a ellos. Eso ya no es solo un fracaso organizativo: es un despropósito inconcebible que golpea directamente a los protagonistas de la Vuelta.
El presidente del Gobierno expresó su respeto y admiración hacia las protestas. Comprensible, en un contexto en el que Gaza clama contra el silencio internacional. Pero ese respaldo tiene consecuencias: si se anima la protesta en abstracto, ¿cómo se garantiza después el desarrollo seguro de un evento en el que participan cientos de personas? ¿Dónde queda la responsabilidad de proteger tanto el derecho a expresarse como el derecho a competir y disfrutar de un acontecimiento deportivo?
La contradicción se hizo aún más evidente en las calles de Madrid. Una protesta que clamaba “stop a la violencia” terminó con violencia: cargas de antidisturbios, tensión en el centro de la capital, enfrentamientos que añadieron más ruido y más pólvora a un conflicto que debería resolverse en despachos diplomáticos, no en el asfalto de la Gran Vía.
De todos modos, no olvidemos (yo no lo hago) que nada impide al equipo israelí participar en la Vuelta. A diferencia de lo ocurrido con Rusia, donde existe una ley que expulsa a sus deportistas del deporte europeo y mundial obligándoles a darse de baja de la federación rusa y competir como atletas independientes, en el caso de Israel se hace oídos sordos desde Europa y se le permite competir al máximo nivel. La Vuelta, por sí sola, no puede excluirles del pelotón: esa decisión corresponde a los responsables políticos y, en última instancia, a la Unión Ciclista Internacional.
Defender la causa palestina es un deber ético. Pero arrastrar a un evento deportivo a convertirse en escaparate improvisado de ese conflicto no hace justicia ni al fondo de la cuestión ni al deporte mismo. Porque el ciclismo, guste más o menos, sigue siendo un espacio de tregua: un lugar donde las diferencias se resuelven en montaña, en contrarreloj y en puntos al sprint. Y cuando esa tregua se rompe, lo que queda es un vacío que no llena ni el aplauso ni la pancarta.
La Vuelta terminó sin podio y sin aplauso final. Con un colosal Jonas Vingegaard que no pudo levantar los brazos y con un deporte que se marchó herido de Madrid. Y me temo que con una pregunta que seguirá abierta: si cada competición internacional se convierte en escenario de protesta, ¿qué quedará del deporte como ese raro espacio donde, aunque sea por unas horas, el mundo parece rodar en otra dirección?














Últimos comentarios