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De campaña: el hombre lluvia

Más respeto con los políticos, después de todo la profesión más antigua del mundo, incluso más que los servicios sexuales de pago. Porque antes que el dinero estaba la lluvia. Y estaba quien, cuando la tierra cuarteaba, atendía nuestras súplicas: tú que sabes, haz que llueva.

Del hombre lluvia por tanto dependía la prosperidad del poblado, o al menos eso decía él, y la gente lo creía, especialmente cuando en plena sequía (eso sí, con las nubes bien negras a la vista) empezaba a bailar cual poseso y, a veces, hasta llovía. Eso le granjeó un trato preferencial; delante en la procesión, detrás en la batalla.

El oficio dio paso al sacerdocio. Las “mojadas” de Caballar, con el chamán sumergiendo en la fuente los cráneos sagrados, o aquel cura de montaña, Bruno Fierro cantado por la Ronda, que “esconjurando” una tormenta y viendo que no se hacía con ella gritó al monaguillo: “¡Rediós saca el Cristo gordo que este es chicorrón!”.

Para entonces el porvenir ya no solo dependía del clima y el hombre lluvia se lo montó para decirnos que el porvenir dependía mucho de cumplir mandamientos y pagar diezmos. Y como después de todo, también los pobres hemos de tener porvenir, el sacerdote, la iglesia asumió lo que hoy es la política social. La atención de ancianos, la educación (entendida como adoctrinamiento), la sanidad… Lo que viene siendo el Estado.

Hoy son los políticos los que ejercen el papel. Y en campaña puedes verlos en pleno esplendor, danzando alocadamente y jurando y perjurando que ellos traerán el porvenir a esta tierra, la lluvia. Pero como sea que hay competencia añaden: cuidado, ¡yo! soy el verdadero hombre lluvia, desconfíe de las imitaciones que solo traen desgracias.

Bien, puede parecerlo pero este no es ningún alegato nihilista. El hombre lluvia tiene su aquel. Si así se nos presenta es porque así lo quiere el feligrés. Ocurre que uno piensa, y en eso se me ve el latón conservador, que por debajo de las proezas sobre-humanas, el hombre lluvia es un mero administrador de la comunidad. En realidad, y no es poco, se encarga del ascensor, de evitar goteras y de que la casa se cargue de deudas, pagar jardineros y escoger a un pintor honesto para repintar la fachada… Qué algún vecino piensa que también trae la lluvia, pues bueno, no hay problema, tirando de un acervo milenario una vez más se pondrá el tocado de plumas y se pondrá a bailar. Y a veces llueve y a veces no llueve ni media gota.

Es cierto que el porvenir depende a menudo de inciertas circunstancias ajenas a los esfuerzos de uno. Que el gestor no haga bien su trabajo puede ser una de ellas. Pero, en rigor, el porvenir está más en nuestras manos que en las suyas. Por más que nos conforta pensar que según baile el hombre lluvia tendremos en nuestra mano la fortuna. Y esto es lo que he pensado en mi jornada de reflexión.

El premio Nobel Bob Dylan, en traducción de la versión de Kiko Veneno del brutal “Stuck Inside of Mobile with the Memphis Blues Again”, nos dice: “el hombre lluvia me dio dos remedios que aliviaran mi locura, el primero un remedio sureño, el segundo ginebra pura. Como un loco me hice una mezcla que me estranguló el cerebro. Ahora veo a la gente más fea y he perdido el sentido del tiempo”. Ojo con el hombre lluvia.


Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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