El próximo día 15 de marzo se celebrarán elecciones en Castilla y León. El ruido de la precampaña está presente en el día a día, siguiendo el cauce del escenario de confrontación de los últimos procesos electorales de nuestro país, como muy bien lo definía en su último artículo dominical en un diario regional el antiguo secretario general del PSOE de Castilla y León, Jesús Quijano.
Hasta el momento, lo que se constata es “mucho ruido y pocas nueces”, o más de lo mismo: acusaciones hacia la otra parte, mensajes victimistas, el “vótame a mí si quieres que esto cambie” como máxima explicación de fondo, con discursos superficiales y mucha foto sin más, que transforma la participación en la vida pública en un ritual insustancial para los fines a los que se orienta. Lo cierto es que Castilla y León necesita algo más: un proyecto político sólido que dé respuesta, en el corto, medio y largo plazo, a los graves problemas que la acechan.
Castilla y León arrastra desde hace décadas déficits estructurales que nadie puede negar sin faltar a la realidad: despoblación creciente en amplias comarcas rurales; envejecimiento acusado; bajo desarrollo industrial y, además, territorialmente asimétrico; éxodo juvenil constante; insuficiente impulso empresarial en sectores estratégicos; carencias en infraestructuras y en servicios básicos que garanticen un adecuado nivel de vida en igualdad con otras comunidades; y obsolescencia de los sistemas administrativos de soporte.
Esta situación no es fruto de una sola legislatura ni de un solo color político —la oposición también tiene su papel y responsabilidad en el impulso y control de la gobernanza—. Es consecuencia de un devenir histórico en el que no se abordaron a tiempo las grandes reformas estructurales que requería la Comunidad. Lamentarse ya no tiene sentido. Lo que sí lo tiene es asumir el diagnóstico con serenidad y mirar al futuro con determinación. Si de verdad queremos dar un horizonte a quienes viven aquí —y a quienes podrían venir—, debemos ordenar el porvenir con ambición y método.
Castilla y León no necesita palabras huecas ni declaraciones grandilocuentes, a las que nos tienen acostumbrados, vacías de contenido y sin la garantía de estudios y memorias económicas que respalden su viabilidad. En nuestra Comunidad se requiere un proyecto transformador de desarrollo, reformista, evaluado y con horizonte temporal suficiente, que dé respuesta a los graves problemas ya enunciados e incorpore indicadores de evaluación y mecanismos de seguimiento; no una suma de ocurrencias ni un catálogo de anuncios.
Ese proyecto debería sustentarse en acuerdos amplios. Castilla y León necesita un auténtico Pacto por la Comunidad, con participación del Gobierno y de la oposición, de los agentes sociales, de las universidades, del tejido empresarial y de la sociedad civil organizada. Sin cultura del acuerdo no hay reformas estructurales viables, y Castilla y León las está pidiendo como agua de mayo. Sin estabilidad política no hay inversión sostenida.
La transición energética, la modernización industrial, la digitalización del medio rural, la innovación agroalimentaria o el impulso logístico no se financian con discursos, sino con planificación financiera, captación de fondos europeos y movilización de ahorro privado hacia proyectos productivos. Se requiere capital y, para ello, es precisa no solo una inversión pública inteligente, sino también colaboración público-privada, con reglas claras, seguridad jurídica y retorno social.
A ello se une la imprescindible implicación de la sociedad civil como complemento al poder institucional, así como la transparencia y la ejemplaridad en la acción política. La evaluación de políticas públicas, la rendición de cuentas y la claridad presupuestaria deben ser normas éticas de obligado cumplimiento. Cada euro invertido debe justificar su impacto real.
Mirando al futuro no podemos olvidar el importante papel que deben desempeñar los jóvenes en nuestra Comunidad. El éxodo juvenil convierte este objetivo en especialmente difícil, pero es necesario un equilibrio intergeneracional en la actividad económica y participativa. Sin jóvenes no hay futuro y, para ello, se ha de facilitar el emprendimiento, la vivienda asequible, el empleo cualificado y la presencia en los órganos decisorios.
Lo que no necesita Castilla y León son proyectos vacíos orientados a la galería mediática y sustentados en relatos vacuos. Ni políticos oportunistas que conviertan la vida pública en un modo estable de subsistencia. La política debe ser servicio temporal, no profesión perpetua desconectada de la realidad productiva; para ello precisamos personas que aporten a la vida pública solvencia técnica e ideas, no argumentarios que se limiten a demonizar al oponente, convirtiéndolo en enemigo a muerte.
Para que la oposición pueda convertirse en una opción real de gobierno se requiere que sea constructiva, capaz de corregir los errores del equipo de Gobierno y de aportar valor. La concordia y la altura de miras son esenciales para la implicación en la gestión de lo que es de todos, así como para entender y respetar sus tradiciones y costumbres históricas.
Tampoco necesita empresarios acomodados al amparo exclusivo de la subvención pública, reacios al riesgo y a la innovación. La ayuda pública debe impulsar la competitividad, no consolidar dependencias. Y es preciso eliminar la esclerosis institucional y las duplicidades administrativas que ralentizan decisiones estratégicas: menos burocracia y más eficiencia.
Es muy probable que las próximas elecciones en Castilla y León discurran, una vez más, por los cauces emocionales por los que surca la mal denominada política en estos últimos tiempos, con unos resultados previsibles: mayoría amplia de las fuerzas políticas catalogadas como de derechas, con ligera subida o estancamiento del PP y fuerte subida de VOX; bajada del PSOE —no me atrevo a asegurar el porcentaje, pero inferior al de las aragonesas y extremeñas—; y estancamiento del resto. Pero la cuestión de fondo no es esa, aunque una mayoría de la ciudadanía vote con esa inercia emocional: la cuestión es planificar y desarrollar líneas políticas que den respuesta a los endémicos problemas estructurales de la Comunidad.
Castilla y León dispone de recursos naturales, patrimonio cultural, capacidad agroalimentaria, universidades, posición geoestratégica y calidad de vida. Pero el futuro no surge por inercia: debe ordenarse conforme a las necesidades reales de su sociedad civil, no según los ritmos electorales ni los intereses coyunturales. Se trata de apostar por el futuro y no por lo inmediato; y quien lo haga ganará el futuro, porque es la única forma de que salgamos ganando todos los castellanos y leoneses.













Últimos comentarios