Tengo un sueño recurrente en el que fallo un gol a puerta vacía en el último minuto de un partido que, por lo visto, era muy importante. Me pasa por delante la pelota, el portero se queda vencido y ni la rozo. Después, me vuelvo con los brazos en jarra dándole patadas al césped, verdadero culpable de mi inoperancia y negando con la cabeza mirando al suelo, que en el idioma universal del fútbol significa que has hecho el ridículo. Si tuviera un terapeuta —como dicen los famosos—, creo que me diría que es normal y que vaya paquete que no meto gol ni en sueños. Al fin y al cabo, pertenezco a una generación a la que si le preguntaban qué quería ser de mayor respondía “futbolista” o no contestaba. Nada de bombero, médico, científico, profesor u otras milongas. Llevábamos el balón debajo del brazo incluso cuando no había partido y de cualquier espacio de cinco metros cuadrados construíamos el mejor estadio del mundo sin el título de arquitectura.
Cuando en la actualidad nos juntamos un grupo de cuarentones (me gusta más cuarentón que cuarentañero, suena más a viejo) y sacamos el tema del fútbol, a parte de que un verso suelto proteste porque hablamos de lo de siempre, empezamos analizando la jornada más reciente y en tres giros de guion ya estamos hablando de los años noventa. Si el tema es el Mundial que viene, afirmamos al unísono que ninguno como el de Estados Unidos en 1994. Si decimos que la forma física de los jugadores en la actualidad permite retirarse a los cuarenta años, ponemos el ejemplo del Tato Abadía, calvo y con bigote a los veinte años, o soltamos todo ceremoniosos que a Butragueño lo jubiló un joven Raúl González con apenas 30. Y si el partido de turno es aburrido, acabamos invocando a Pepe Domingo Castaño y aquellas tardes de domingo en las que, a las cinco de la tarde, simulábamos hacer los deberes escuchando todos los partidos a la vez porque era imposible que en ocho campos a la vez no pasase nada interesante.
Uno tiende a evocar el pasado cuando lo que ofrece el presente es gris. No se trata de echar de menos al entrenador en chándal fumando como un carretero sentado en el banquillo o los campos embarrados. Pero la evolución del fútbol la están marcando la tecnología, el big data y hablar de los árbitros. Celebrar un gol con cautela por si tres minutos después se anula, comprobar que un portero tiene más tiempo la posesión que el delantero o ver en el campo a diez mamotretos musculosos en vez de a un “tirillas” que se regatea a cuatro y chuta sin pensárselo, son ejemplos de cómo se le va despojando poco a poco de lo que lo hacía diferente. Sin regateadores, es un deporte del montón.
Pero es sin duda la cuestión arbitral la que más me está expulsando del fútbol. Se ha convertido en el único tema de debate en la prensa y en las redes sociales. Si uno escoge cuatro jornadas al azar encontrará declaraciones en al menos diez clubes alertando de que hay un plan maléfico contra ellos: «no interesa que ganemos la liga», «van a por nosotros porque somos humildes», «molesta que nuestro equipo llegue a Europa». Vivimos en una conspiración permanente rebozada de hipérboles, de fotogramas que valen más que un vídeo de la jugada… El objetivo es dar que hablar en las redes sociales y rendir cuentas a la plebe para que no se ofenda, demostrar a los míos que protesto más que nadie.
Quizás los síntomas más palpables de la decadencia de este deporte, a parte de que un chaval de doce años ya no quiera tragarse un partido completo, son ver cómo los exárbitros se han colado en las retransmisiones, la compra de clubes por ricachones árabes y que muchos programas deportivos en radio y televisión han copiado el formato de la prensa rosa y los debates se han convertido en gritos y luchas de egos entre los tertulianos, más ocupados en aparentar que saben más que nadie que de dar una opinión moderada.
Los precios ridículos de las entradas (fijados más para los turistas), las camisetas a 150 euros y las prohibitivas suscripciones televisivas para los bares son otras aristas de la decadencia de un deporte que antes tenía sus carencias, pero se percibía auténtico, y ahora tiene más de circo empresarial y mediático que de espectáculo deportivo.
Feliz domingo, queridos lectores.













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