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La chica de las doce y media

Venía yo con la idea de hablar del juicio a Koldo y Ábalos, pero me he venido abajo. Cada vez que veo imágenes en la televisión solo me arrodillo ante la pantalla, aprieto los puños y exijo que paren esa pantomima. Solicito urgentemente que el juicio no sea contra el de las chistorras y el de las señoritas de pago a cuenta de nuestros bolsillos, sino contra quien le hizo el trasplante capilar al antiguo portero de discoteca y conductor del Peugeot que le ha hecho perder más dinero a los españoles. Si yo fuera el juez, le obligaría a ir con gorra toda la sesión; no se puede estar juzgando y que la atención se te esté yendo cada dos minutos hacia ese batiburrillo de pelos.

Así que a cambio hoy les contaré una de esas anécdotas por las que una vez una lectora me respondió que cómo me pagaban por escribir esas cosas, que si era cierto ella también quería.

Cuando estaba en el colegio finalizando la Secundaria y en los claustros de profesores cotizaba a la baja que acabaría repitiendo curso en Bachillerato, me gustaba una chica como tienen que gustar las chicas en la adolescencia: sin haber hablado con ella y desconociendo mi existencia, que es el camino más fácil a un inminente descalabro. Solo la veía en dos momentos durante la semana: en el Pedro Delgado cuando bailaba con sus compañeras en los tiempos muertos de los partidos del Caja Segovia, y a la salida de una discoteca en Las Rocas los sábados a las doce y media de la noche, un poco más tarde que la Cenicienta para no tener problemas de copyright.

En el pabellón la veía de lejos y pensaba que si yo fuera jugador estaría más pendiente de su baile que de lo que me decía en la pizarra Jesús Candelas, que era el entrenador por entonces. Asentiría con la cabeza repitiendo cada tres segundos “sí, míster, lo que usted diga” y miraría de reojo al centro de la pista con más ganas de sumarme a la coreografía del «Come into my life», de Gala Rizzatto, que de meter un gol desde el centro del campo.

Y los sábados por la noche, en el Johnny Menteré, que era la discoteca a la que íbamos los quinceañeros a jugar a ser veinteañeros, la chica bailaba un rato en la tarima con su gente y mi amigo Álvaro me decía que por qué no subía y hablaba con ella. Así de fácil veía él la vida. Las probabilidades de que me atreviera a acabar ahí arriba, mover los brazos y las piernas sin ningún criterio, sujetando la Coca Cola y decirle «hola», eran inferiores a que se produzca un eclipse de sol diario durante un año. Creo que me habrían empujado entre todas y hubiera aparecido el portero para echarme como en las películas: sujetándome del cuello de la camisa y del pantalón y lanzándome bien lejos.

A la hora señalada, la chica se marchaba a su casa y tracé un plan infalible: la esperaría fuera y la saludaría, así al menos ya me conocería. A Álvaro el plan le parecía perfecto, le valía con tal de tener una historia que contar el domingo por la tarde y convertir lo anecdótico en leyenda, que era el motivo fundamental por el que salíamos los sábados. La chica pasó delante de mí mirando el reloj, mi amigo me dio con el codo avisando de que era el momento y… no dije nada. «Mejor el fin de semana que viene, que lleva prisa» dije engañando a un total de cero personas, y nos fuimos a por un bocata radioactivo al Divine Boy, donde seguro que también cenaban los malogrados artistas del Club de los 27.

A medida que se acercaba el siguiente sábado veía más claro que ese sería el bueno, pero el optimismo solo es eficaz cuando está lejos el momento de aplicarlo. A un año vista crees que podrás correr un maratón y una semana antes no dudas de que una chica que no te conoce se parará delante de ti y de un saludo saldrá una pareja, pero siempre ocurría lo mismo: la chica salía de la discoteca, yo cerraba la boca y la veía alejarse. Lo aplazaba una semana más con alguna excusa peregrina y Álvaro se reía, creo que si me hubiera atrevido le habría fastidiado mi show semanal.

Quizás en eso consistía hacer planes en la juventud: en la inocencia de imaginar que los cumplirías porque a esa edad se resiste todo y nada a la vez; el verdadero modo de descubrir que a la hora de la verdad muchos de esos planes se te quedarían por el camino y no pasaba nada. A veces porque no eran el momento y otras porque vaticinabas el descalabro y, antes de que te dieran unas calabazas y soportar las bromas de los colegas, uno prefería ondear bandera blanca, rendirse y dar otro mordisco a aquellos bocadillos sentados a los pies del Acueducto, cuando la noche te rogaba que no la estiraras más, y acompañado de algún amigo al que asegurar, sin convicción, que el próximo sábado, sí o sí, te atreverías a saludar a la chica que bailaba mejor que ninguna otra en la ciudad.

Feliz domingo y feliz Día de la Madre, queridos lectores/as.


 

Author: Alberto Martín

Profesor universitario y escritor

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