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Refrescando la memoria

He llegado a compartir el criterio de esos que opinan que 80 años desde la Guerra Civil son más que suficiente para el olvido, para enterrar aquel horror en el que ambos bandos se explayaron en la orgía de sufrimiento y muertes gratuitas, e incluso olvidar que los que vencieron ejercieran su triunfo echando sal en las tierras de los perdedores, erigiendo en héroes a sus muertos y vilipendiando hasta la extenuación a los que ellos causaron…

El argumento me ha servido hasta ahora para apoyar mi teoría de que la Ley de Memoria Histórica, quizá necesaria, encierra multitud de exageraciones que aparentan, más que justicia, una venganza pendiente y en la que el legislador —me encanta la palabra, me evoca una silueta trabajadora en una sala iluminada con quinqué y repleta de libros de derecho— se ha pasado de frenada en más de una ocasión. De varias decenas de ellas, diría yo.

Claro, que me cuesta mantener mi teoría cuando me encuentro hechos intolerables como el del pasado viernes, cuando un ciudadano se dirigió al concejal de IU, Ángel Galindo —lógicamente, exultante por el triunfo que supuso para él el acuerdo que elimina los nombres franquistas de nuestras calles que la formación lleva reclamando lustros— para llamarle “rojo de mierda” y achacarle el asesinato de un abuelo, este, del bando rebelde.

De repente me topé con esa realidad que subyace en la sociedad segoviana (supongo que en otras también, pero yo vivo en mi pueblo), rancia y provinciana, en la que la derecha habla de “komunistas” (la “k” aparece claramente en la pronunciación que hacen, así, como para remarcar lo malos que son) y los de la izquierda unen sin recato y con injusticia consentida, las siglas del PP con la palabra “franquista”.

En mitad de la Casa consistorial, el desatado insultón —espero castigo, proporcionado, para él— llama “rojo de mierda” al concejal y este dice que no denuncia… salvo que se compruebe que es militante del PP: “Si es del PP, si le denuncio”, dijo en caliente el portavoz. La escena me deja claro que aquí, por ninguno de los dos lados, ni se olvida, ni se perdona y que, 40 años después de morirse el régimen, de viejo, los bandos, aunque desarmados, siguen mostrándose los dientes. No hemos aprendido nada.

No me voy a meter en el charco del cambio de nombres de calles, que está en la Ley y debe aplicarse, por mucho que piense que la historia no desaparece a base de damnatio o de picar escudos y que si nos ponemos a repasar la conciencia democrática de figuras más antiguas en nuestra historia que hoy ocupan plazas, jardines y calles nos iba a salir bronce para dotar de campanas nuevecitas a todas las iglesias de la provincia.

Lo que sí me hace preocuparme más es ese tono de revancha lanzado desde una superioridad moral que nadie ha otorgado que me parece respirar en cada aplicación de la famosa Ley y que lejos de conciliar, hace supurar heridas y encrespar nervios. El que muestra desacuerdo con su contenido, un facha; el que defiende a sus propios antepasados cuando ven caer su nombre de las placas, un represaliado justo, que se lo tiene ganado; el que no entiende propuestas, cuando menos excesivas, como la de montar un centro de la memoria histórica en un edificio como el de la antigua biblioteca construido como cárcel hace cuatro siglos pero sólo para recordar a los que estuvieron encerrados allí durante nueve años, alguien “necesitado de lecciones de historia”; el que no asume la mezcla forzada y falsa de cultura y progresismo que se hace en nuestro ayuntamiento, un ignorante…

Si, ya sé. La teoría, como en otras tantas cosas que me sacan de quicio cómo se plantean y ejecutan, es que para corregir desigualdades —y en este asunto de las dos Españas ha habido una que se pasó docenas de pueblos— hay que inclinarse desaforadamente hacia el bando oprimido llenando excesivamente su plato de la balanza para luego, ya si eso, ir equilibrando el fiel y mientras, que “los otros” saboreen algo del cianuro que antes administraban.

Pues mire, no encuentro ningún libro de cocina o tutorial de internet que me diga que para acabar bien una tortilla quemada por uno de sus lados lo conveniente sea darla la vuelta y requemar el lado contrario. Claro, que yo no soy cocinero.

Author: Redacción

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2 Comments

  1. Completamente de acuerdo. Creo que se han de rescatar de las cunetas todos los asesinados en la guerra civil y que sus familias les den la despedida y homenaje que consideren. Y despues a superar de una vez la guerra civil

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  2. Buen refresco señor Sanjosé. Sin meterme en la reparación de placas de calles, de las que no tocan un milímetro del desastroso pavimento (por reivindicar algo de lo que más vale que también les preocupara a nuestros políticos), así nos va en todo el país: sin gobierno por falta de acuerdos. O tienen mayoría los ‘unos’ o los ‘otros’ o no saben gobernar. Se denominará políticos, pero del arte de su arte (el de la política) tienen poco conocimiento.

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