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Por la legalización de las servilletas

No es que yo sea sucio, más bien es que las manchas sienten una cierta atracción por mi persona, como tantas veces intenté hacerle entender a mi madre (sin el menor éxito). Digo esto porque está siendo un suplicio esto de no disponer de servilletas en los bares. Realmente, ¿es necesario? Tampoco soy especialmente hábil y, criado en la España sin pincho, se me da fatal comer a una mano. Recuerdo  con envidia esos castizos de San Millán, impólutos como tenores, pie en barra sosteniendo en una mano copa y cigarrillo, en la otra el pincho de untuoso morro, y voila-hop, el pincho ya no está. ¿Cómo lo hacen? Algunos hasta logran hacer barquitos con la rebanada de pan. Todo a una mano. Magia pura para mí, que póluto por naturaleza necesito una completa infraestructura  y por supuesto, servilleta(s).

Y Sanidad sigue sin dar su brazo a torcer. Ya se puede ir a la discoteca (eso sí, a sentarse) pero lo de las servilletas todavía no… Como si esto formara parte de alguna conspiración impulsada por Pañuelos Guasch en su empeño de rescatar el moquero de nuestros ancestros. Tan útil, que lo mismo valía de recogedor de lágrimas, que de sombrero o, en el colmo de la utilidad, para despedir a los seres queridos en los andenes ferroviarios. Es cierto que, informalmente, en algunos bares han vuelto a aparecer los servilleteros (de donde se sigue que no debo ser yo el único cochinete por estos lares), pero lo normal es que no los hay, y tienes que solicitarlos ex-profeso al pobre camarero, otra más que le ha caído con esto del covid, el desplazamiento por la servilleta. No los hay porque en su día se dijo que el virus se contagiaba por contacto con superficies viralizadas, imponiéndonos toda esta profusión de geles, hidroalcoholes, desinfectantes…  Y así andamos, con berretes y manchones a la espera de que Igea recapacite y el BOCyL legalice el servilletero.

En fin, elevo este ruego de legalización de las servilletas en vísperas de la recuperación del concurso de tapas de Decalles, que volverá por fiestas, señor Igea, legalice las servilletas, o Segovia corre el riesgo de ser un muestrario de lamparones, como la carretera de Palazuelos es un escaparate de lorzas.

Que esta es otra. Entiendo a la generación ya vacunada a ciclo completo en su necesidad de practicar paseos… ¿pero realmente es necesario hacerlo a barriga descubierta con todo el lorzamen a exposición pública? Un poco de compasión, ¡que somos Patrimonio de la Humanidad! Al menos las señoras van con su camiseta del cáncer, de la marcha Apadefym. Pero por aquí la SG6122 se ven ejemplares dignos de museo. ¡Morsas sin colmillos!, con la gorra de Caja Rural o firma de piensos que procede desmantecándose sobre la marcha, rojos como tomates resoplando como fraguas. ¡No puede ser sano!

Es curioso que el personal se pone la camiseta según entra en el casco urbano, como si el cartel de principio de vía urbana delimitara una suerte de frontera entre el mundo civilizado, donde se imponen las normas del decoro, y la jungla, donde impera la llamada de lo salvaje. Sí, es aquello de cruzar Urbanismo y como que lo notas en el aire: el campo, espacio para la transgresión.

Una suerte de Benidorm, con sus ocho filas de lorzas entre malecón y orilla, y que también activa en nosotros una cierta pulsión nihilista: gente que jamás se permite arrojar una papel al suelo allá en su barrio, una vez en el campo no para mientes en deshacerse de este envase de zumo y este plástico de barrita energética. De otro modo no entiendo qué pinta tanto biofrutas vacío en las cunetas. En buena lógica, debería ser justo al revés pues un papel sobre la acera canta menos que en un prado. Pero es lo que hay: al personal no le importa cargar con una bolsa de Cheetos llena, pero como está vacía va y la tira, y eso que pesa menos…

La parte buena es que tanta “basuraleza” ha activado un sano movimiento cívico, el de los batallones de limpieza. Gente que pasa unas horas de asueto recogiendo mierda de los prados. Una especie de hacendera para tiempos modernos que espero que se consolide. Se necesita, especialmente en los cauces de los ríos, que es donde termina toda esta estela de estupidez que llamamos basura.


Author: Redacción

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