free web stats

Política sin esencia

Basta seguir los medios de comunicación para darse cuenta de que gran parte de las acciones y declaraciones de los políticos no responden al interés general de la ciudadanía y a la resolución de sus problemas. Las descalificaciones del contrario, el autobombo de lo propio y el desprecio por lo ajeno, junto a una sarta de mentiras, constituyen, en muchos casos, señas de identidad. La política debiera ser otra cosa; y no siempre fue así, o al menos como se percibe ahora. La política conlleva la defensa del interés general con lealtad, anteponiendo a los intereses personales y del partido, el del ciudadano. La buena política tiene esencia y aporta valor sustentada en un proyecto; la mala es tóxica y genera resquemores, rechazo y agravios.

Para cada político, la gestión y resolución de los problemas que están en la agenda pública de su institución debieran constituir el leitmotiv en el quehacer diario. Sin embargo, no siempre es así. Son muchos los que se ponen de perfil y apuestan por una representación narcisista. Sólo para lo bueno, porque para lo malo ya están los funcionarios o técnicos, como algunos gustan llamarles. Hoy más que nunca se constata una perversión de la acción política.  La formación, experiencia y capacitación técnica para el desempeño de la función política que debieran constituir factores fundamentales para su incorporación a la vida pública están devaluadas frente a otros factores como su poder dentro del partido o la red de contactos de la que dispone.  Se da más importancia al pavoneo público que a la búsqueda de soluciones.

Estamos en la época del relato y la performance. Algunos políticos, cada vez muchos más, contemplan la política como el arte de seducción de la ciudadanía mediante una presentación amable y favorecedora de su interpretación ante un problema. Para ello la imagen y puesta en escena es esencial. Se valora más la comunicación pública a través de imágenes, videos en redes sociales y televisiones que el contenido sustantivo de la propuesta para la resolución del problema. Lo importante es visualizar que se está haciendo algo para que prevalezca en el recuerdo y retina de los votantes. Bajo este nuevo paradigma una imagen singular haciendo algo llamativo tiene más valor que las propuestas o dedicación en tiempo al estudio y prospección para la búsqueda de soluciones a los problemas de la ciudadanía.

En la nueva política hay que diferenciarse. Y para ello vale todo. Si hay que votar en contra de una propuesta objetiva y coherente cuya defensa se ha ejercido hasta ese momento, se vota; no sea que se les confunda con el contrario, y de esa forma se profundiza en la polarización y adhesión de los suyos, cual si fueran auténticos fans de un equipo de fútbol. La cuestión es estar conmigo o contra mí. Por otra parte, cuanto de forma más osada y recalcitrante se actúe mejor. La puesta en escena de cualquier exabrupto puede ser un importante activo para garantizar el recuerdo y notoriedad de quien la ha verbalizado, como hemos tenido la oportunidad de comprobar estos últimos días en materia de sexualidad. A ello se unen las manifestaciones a través de ruedas o notas de prensa y artículos de propaganda en las que todo su contenido se traduce en la demonización del contrario y unos cuantos mensajes populistas, sin propuestas realistas de acción. En esos mensajes suele haber mucho ruido que debilita la credibilidad no sólo de quien los transmite, sino de su propio partido; pero da igual, lo importante es vomitar. En este contexto, la ignorancia y falta de inteligencia política pueden llegar a constituir un gran activo, al menos para quien las profesa; y una rémora para el ciudadano común. Para conseguir el poder no vale todo, incluida la promiscuidad ideológica.

La política sin esencia es una de las amenazas más peligrosas que se ciernen sobre la democracia actual. Esta anti políticamina la capacidad de tomar decisiones colectivas y de resolver las diferencias de forma sosegada e institucional. Si a ello se une el uso estratégico de la confusión deliberada para que el común de los mortales no pueda distinguir lo que es verdad o mentira, sus efectos son letales. Una amenaza para la sociedad libre y el interés ciudadano, y todo ello por una causa: mantener o conseguir el poder a costa de lo que haga falta por personas con espíritu autocrático. Los ciudadanos no nos merecemos esto; y los que la practican es mejor que no se dediquen a la cosa pública. Necesitamos política con esencia, con lo que ello implica.

Author: Andrés Segovia

Política provincial, autonómica y nacional

Share This Post On