Bueno, ya está bien. Comienzan a cargarme hasta no sé que lugar de mi anatomía —sí lo sé, pero la educación me lleva a no decir lo primero que se me pasa por la cabeza en público— las ocurrencias y patochadas de los representantes de “la nueva política” que resulta que consiste en tirar de recursos fáciles, rancios y olvidados con ese tono de “ahora que tengo el poder, te vas a enterar” sin darse cuenta que llegan tarde, muy tarde.
Puede ser que hayan tardado demasiado en llegar a los sillones, tanto que no se han enterado de que en este país un tricornio, hace mucho, no es el tocado de un represor, sino de un colaborador imprescindible, eficaz y querido por la ciudadanía, que los policías nacionales cambiaron su vestuario y no van de gris aporreando y amedrentando a la gente, sino ayudándola en mil cuestiones o que el ejército no es el brazo ejecutor de ningún régimen, sino, además del garante de la defensa de este país que al parecer les gustaría atomizar, un elemento perfectamente incardinado en la sociedad (y en su sistema educativo) y garantía de pacificación y ayuda humanitaria dentro y fuera de España.
Estas tres instituciones figuran hace mucho tiempo —después del 75, cuando la alcaldesa de Barcelona tenía un año de edad, han pasado muchas cosas en este país— entre las más valoradas por los españoles, precisamente por su actividad a favor de la ciudadanía.
Pero no. La moderna y progresista alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, no tiene otra idea —una más, ahora le hago un somero listado— que dirigirse a dos militares para decirles que mejor se marchen de una feria de empleo —el salón de la Enseñanza, en Barcelona—, que a ella no le gustan los uniformes, ignorante al parecer de los miles de jóvenes que cada año encuentran en el ejército una salida laboral que no tendrían de otro modo y un canal para lograr una alta formación y cualificación que les valdrá para toda la vida, la militar y la civil. Eso por no hablar de sus enseñanzas superiores, reconocidas en el mundo entero por su alta calidad. Cerca de nosotros, la Academia de Artillería es un claro ejemplo.
Los militares —claro, esta si es gente educada, que está en el mundo y que ha leído algo más que pasquines— aguantaron el tirón y mostraron su respeto a quien les faltaba gratuitamente al respeto en su misma cara. Quizá Colau no lo hará cuando quiera recurrir a la UME (Unidad Militar de Emergencias), cuando los militares se vea obligados a solucionar una emergencia en el momento en la que esta desborde a los servicios civiles, por ejemplo.
La ignorancia es atrevida y Colau y buena parte de los representantes de la “nueva política” dan muestra de su osadía a cada paso, aplicando a su vida pública conceptos rancios, viejos y trasnochados que encima tratan de vender como modernidades progresistas pero que la hacen viejos, muy viejos.
Como viejo es retirar porque sí el busto de un rey de un ayuntamiento o menospreciar los símbolos del Estado; como faltón para el que paga es que con dinero público se pague la luz a los ocupas; como incongruente es criticar con dureza una huelga de trabajadores del metro quien sólo unos meses antes clamaba en las calles por los derechos de los trabajadores y la radicalización de las protestas laborales; como insultante para una gran parte de la población es permitir la blasfemia (o parecido) en un auditorio público mediante una estúpida poesía que habla de ovarios, coños, vaginas e hijos de puta bajo la estructura del Padre Nuestro. “Ji,ji,ji, que se jodan los cristianos”, debió pensar la superprogresista que también tiene puesto en ese colectivo su viejuno objetivo.
Si. Me cansa tanta tontería. Me irrita ver al alcalde de Ferrol recibiendo en vaqueros y con el pelo grasiento a mandos militares de la Otan perfectamente uniformados y en visita de cortesía a la Alcaldía que le han prestado los ciudadanos; me cabrea que en Madrid se piquen monumentos que nada tienen que ver con el franquismo porque el nombre que pone en la piedra le suena a alguien que es el de un franquista; me cabrea sobre manera que el líder de todos ellos cahafardee en el congreso con bobadas de líos entre hombres y mujeres u hombres y hombres en pleno debate de investidura… Y más cosas.
Mire, el pueblo es soberano y pone y quita el poder, pero a veces me parece que nos hemos ido a buscar algunos representantes a la salida excitada de un concierto de Def Con Dos o a una manifa radical del instituto, eligiendo a los que más gritan entre ellos, aunque lo que digan no tenga sentido. Un poco de seriedad, hombre.


















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