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Morir en Nochevieja, diligencia 1/2015

Luicnaira2015

En el número cuatro de la plaza del Azoguejo hay unos cinco portales por planta. Pisos de alquiler, modestos, pero con buen aspecto. Paredes limpias, baldosas recién lavadas y un ligero aroma a lejía. En la entreplanta y la primera hay animación. Es mediodía del 2 de enero. Puertas abiertas y gente que entra y sale con normalidad. Solo en la cuarta planta se atisban señales del drama. Pisadas de polvo con horma de bota de trabajo y un aviso fijado con cinta serigrafiada en la madera de la puerta del piso A. “Precinto policial”.

Allí vivía Lucinaira Oliveira, trabajadora brasileña de 36 años y madre de cuatro niños. Primera fallecida en Segovia en 2015. El nuevo año tenía apenas dos horas. La policía sospecha que fue una sobrecarga eléctrica. Hacía mucho frío así que Lucinaira enchufó los calentadores. Luego se durmió. El plástico no aguantó y empezo a combustionar. Humo espeso y llama azul y amarilla que se propagó por las bolsas de ropa del dormitorio. “Lucinaira vivía sola allí, decía que la casa estaba mal. Llevaba tiempo en España, unos cinco o seis años. Hemos visto la noticia en internet y hemos pensando, ¿a ver si será ella? ¿Cómo ha sido? ¿De verdad ha muerto?”, pregunta una señora con un poco de acento portugués y la voz entrecortada por la pena. Ella y un joven, tal vez su hijo, llevan varios minutos de pie ante la puerta sin saber muy bien qué hacer. Parecen ser los únicos que conocían a Lucinaira o Lucinai, no está claro. “Trabajaba en Cabañas de Polendos, acompañaba a una señora. Todo lo que ganaba lo enviaba al Brasil, para sus cuatro hijos. ¿Sabes si la han enterrado?”, sigue preguntando la señora, aún bajo el shock. “No puede ser, un amigo vino a verla para fin de año desde Salamanca, nos ha dicho que la dejó en casa después de medianoche. Que estaba bien”.

Los bomberos encontraron el cuerpo de la fallecida en el pasillo, junto a la puerta. Unos metros más y Lucinaira hubiera abierto el pestillo, salido el exterior y seguiría viva. No lo consiguió. Los bomberos especulan que se despertó en medio del incendio, pero había respirado ya tanto monóxido que apenas pudo dar unos pocos pasos. Luego se desmayó. Fueron en vano 45 minutos de reanimación a la desesperada. Pasadas las tres de la mañana el 112 sacaba un cuerpo envuelto en una lona del número 4.

En el inmueble, mayoritariamente habitado por trabajadores latinoamericanos, no sueltan prenda. Hay dos peluquerías latinas. “Apenas la conocemos”, explican, “pregunta en el locutorio”. Hay un locutorio y un Money Gramm. Mostramos una foto extraída del Facebook. “No, no es ella”, aseguran. ¿Llevaba mucho tiempo aquí? La encargada se encoge de hombros, no está cómoda hablando con la prensa; sabe que es mejor callar, así no se mete la pata. Tras un largo silencio dice: “No, no llevaba mucho. Vivía sola”. ¿Meses? ¿Años? Pero esta vez la única respuesta es un definitivo encogimiento de hombros. La pareja que preguntaba por la muerta frente a la puerta precintada desaparece rápidamente entre el bullicio del Azoguejo.

Lo poco que se sabe apunta a que Lucinaira llegó a Segovia hace unos meses, para su trabajo en Cabañas. No se sabe de dónde, sin apenas conocidos en la ciudad. Su cadáver está en el depósito a la espera de que los familiares contacten y dispongan el entierro. Si nadie llama, si nadie se interesa, el entierro irá con cargo al ayuntamiento. Entre tanto la policía sigue con la rutina. Con las fotos y los informes periciales se armará un legajo para que un juez dictamine si la instalación estaba correcta y si realmente todo se limita a una muerte accidental, una fatalidad. Es la diligencia 1/2015.

Author: Redacción

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