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Mascarillas, ni contigo ni sin ti

Y de un día para otro el mundo se ha dividido en dos bandos, los “cara vista” y los “desenmascarados“. Tras un año de embozo tocaba salir a la calle previa deliberación interna trascendental: ¿con mascarilla o sin mascarilla? Importante dilema que como filósofo (titulado) me permito analizar para ilustración de la ciudadanía.

Verán, yo he optado por el “cara vista” tras un análisis exhaustivo de pros y contras. A favor de la mascarilla: soy un tanto escéptico sobre sus ventajas a campo abierto  pero los hechos objetivos son que tras un año pañal en boca no solo me he salvado del covid, sino también de los dos o tres catarros que, de media, venía padeciendo al año. Y faringítis, gripes y ronqueras de fumador… Conozco amigos que, visto lo visto, han optado por incorporar la mascarilla a su vida diaria como en tiempos hicimos con bragas y calzones.

En contra, que yo necesito mi cara. Además de que (para mi edad) estoy de buen ver, necesito ese 80% de expresividad facial que te resta la mascarilla. Y más importante si cabe, necesito la cara de los demás. No entiendo al prójimo sin su expresividad facial. Conozco quien se apaña con los ojos, pero yo no. Mi abuelo (según él, un ligón legendario) me decía: Luis, se seduce con los ojos. Consejo que siempre me ha deparado los más funestos resultados. Ni rosco.

Tiro por otro camino. A falta de datos, mi mente reconstruye esa cara que no veo y le asigna una por defecto, se la inventa, y lo hace conforme al rostro que más conoce, o sea al mío. A la gente le pongo mis mofletes, mi boca y mi mentón. He “besificado” por tanto a una parte nada desdeñable de la humanidad. Resultado: estoy perdiendo el sentido de la realidad.

Y luego el coñazo del calor. En invierno hasta se agradece ese vaho calentito que se te queda en los pliegues internos del bozal, pero ahora recalienta y falta el aire. Y las gafas… Y las orejas desbrochadas… Hala, ¡al carajo, la mascarilla!

Tomada la decisión salgo a la calle a cara descubierta y para mi sorpresa constato que en estas primeras horas parece que ganan los sin mascarilla. Al menos en los principales ejes.  Otra cosa es en las afueras y en el pueblo, donde las cosas van parejas.

Pero me pasa otra cosa todavía más fuerte. Tras andar unos metros me he sorprendido etiquetando al personal como buenos y malos. Buenos, los que van a cara vista como yo; malos, el resto. Y pienso que a la otra parte del mundo le pasará igual pero al revés. Como sea que, de momento, ganan los con mascarilla, hay en mí una fuerte pulsión a no señalarme, a militar en el bando mayoritario. Pero nada, me recuerdo a mi mismo que he tomado una decisión razonada y objetiva, un impecable imperativo categórico, no voy a dejarme llevar, a mis años, por esas tontas veleidades. Además ¿desde cuando me importa llevar la contraria a los demás? Siempre he sido un nota de cuidado, no va uno a cambiar a lo tonto… Por otro lado y como ya les dije, soy incapaz de una lectura emocional de un rostro enmascarado. He optado por presuponer que me miran con admiración y a otra cosa… Mira el Luis qué grande, ¡sin mascarilla! (siempre hay que presuponer bondad en el otro).

Hasta ahí el plano teórico. Pasando a la práctica  veo que, en general y a diferencia de Ortega Smith, me es fácil cumplir  con la distancia de seguridad. La cosa cambia cuando me zambullo en la Calle Real en hora punta. Aunque intento situarme a 1,5 metros del personal y evitar los grupitos me las veo con la molesta costumbre del necio vulgo de no circular a mi misma y señorial velocidad de 2,5km/h. No hay disciplina peatonal, no señor, y aquí cada uno va a su bola. Para mayor mortificación, este se para en seco, el otro acelera, hay quien anda asíncrono, diez pasos lentos diez rápidos… Un sindiós imputable, sin duda, al sistema educativo.

Apunto en mi cuaderno de investigaciones filosóficas: “imposibilidad de deambular con distancia de seguridad en zonas frecuentadas. Mejorar el sistema educativo”. Y mi mente se pone al punto a alumbrar soluciones. Descarto de primeras comprarme un miriñaque de 3,5 metros de diámetro, es un miriñaque demasiado miriñaque hasta para la mismísima Chata (aunque tapa tripa, las cosas como son). Valoro como solución a medio plazo colgarme un cartel a la espalda con el aviso: “atención, peatón sin mascarilla, guarde la distancia de seguridad”. Supongo que a estas alturas la industria de la camiseta ya estará en ello.  Y apunto en el cuaderno: “comprar camiseta admonitoria en el Carrefour”. Buenos argumentos pero no me sirven para salir del paso, de donde procedo a modo de solución salomónica a calzarme la mascarilla en modo babero: que hay mucha gente, me subo la mascarilla, que hay poca, me la bajo. Observo con satisfacción que no pocos ciudadanos (sin duda gente agradable de talante filósofico) han optado por esta solución.

Pero surge un problema que desafía la lógica del principio de tercio excluso. Ahora ya la sociedad está dividida en tres: cara vista, enmascarados y portababeros. Y concluyo que tanto para los primeros y segundos los terceros nos acabamos de convertir en el típico tontorrón que ni asume los valores higiénicos de la mascarilla ni tiene la valentía de circular a cara descubierta (como Ortega Smith). ¡Otra vez en el bando de la derechita cobarde! Qué cruz la mía. El principio de tercio excluso dice que o A o B. C es siempre una herejía y en consecuencia comporta, automáticamente, la animadversión de A y B. Mal rollo.

Y sigo elucubrando. ¿Qué pasa en las afueras -y el pueblo- cuando me las vea con un sujeto B con mascarilla circulando en rumbo de invasión de mi distancia de seguridad. ¿Es mi distancia de seguridad? ¿Es la suya? ¿Quién debe apartarse? Supongo que con el tiempo llegaremos a un consenso del tipo cada cual recalcula la trayectoria para situarse a 87 centímetros de la colisión. Son el género de protocolos que instintivamente usan las bandadas y rigen cuando subimos la Calle Real por la derecha y la bajamos por la izquierda (sentido ascendente), sin menester de ordenanzas municipales. Simplemente es más eficiente. De momento sin embargo opto por desviarme yo, no vaya a ser que me endosen una multa

No sé donde leí que cuando se popularizó el paraguas en la Inglaterra del XVIII alguien escribió un mamotrético ensayo a modo de manual de instrucciones, en el mismo se solucionaban cuestiones como facilitar la circulación cuando van tres de frente con el paraguas abierto contra otros tres, también con paraguas. El manual recomendaba a cada viandante en qué dirección inclinar el paraguas (al del centro le bastaba elevarlo) a fin de no salir alguno con el ojo malparado. Se añadían condicionantes de cortesía del tipo qué pasa cuando dos de los seis implicados son mujeres, que pasa cuando lo son cinco de los seis, y así hasta cubrir los 720 casos posibles (si hay un matemático en la sala, se ruega validar el dato)… Fue un exitazo.

Y con este pensamiento me vuelvo a casa donde permaneceré encerrado lo que queda del verano enfrascado en la redacción del Manual definitivo para el uso y no uso de la mascarilla en espacio público. De  esta me forro.


Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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2 Comments

  1. Querido Luis:
    La libertad bien entendida empieza por uno mismo..
    pues eso had bien y no mires a quien.
    Mi Libertad termina donde empieza la de los demás.
    Pero si está todo inventado.
    Ande , ande camine y disfrute.

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  2. Con la “confianza” que genera Pedro Sanchez, lógico que pocos se quiten la mascarilla porque lo diga el buen señor.

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