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Libros: El hombre pez, de José Antonio Abella

José Antonio Abella me parece un excelentísimo escritor y que, además, publica novelas que casan con mi gusto. Especialmente las de trasunto histórico en los que prima el rigor y la prosa magnífica de este doctor burgalés, afincado en Segovia desde el año de la tana y según cuentan, brillante en todo lo que hace (desde escultura a ordenadores, explicaba una amiga).

Desde luego en su última novela, El hombre pez (Valnera Literaria, 2017), Abella está sembrado. Es una novela histórica, pero en lugar de las típicas tramas de thriller y aventurillas, encontrarán aquí una aventuraza de las grandes, épica pura y además… con visos de verdad.

Y es que todo apunta a que Francisco de la Vega existió. En 1679 le pescaron del mar en Cádiz nadando junto a un cardumen de delfines. Su cuerpo desnudo estaba escamado y curtido por la sal y el sol. Había perdido el uso de la palabra, lo único que se le entendía era Liérganes. En esta villa cántabra hay varios espacios dedicados a su memoria, pero poca gente de fuera conoce la historia. Francisco nació en el río, es decir, que su madre le alumbró literalmente en un río. Sería por eso que a los dos años ya era un excelente nadador. En 1674 una noche de San Juan en Bilbao, donde Francisco se ocupaba de aprendiz carpintero, se echó al Nervión. Y empezó a nadar y no volvió a la orilla. Se le dio por muerto pese a que a todo el mundo extrañaba, ¿cómo iba a ahogarse el mejor nadador del Cantábrico?

Liérganes, escultura al hombre pez.

Volvemos a 1679, tras pasar por un exorcismo que como pueden suponer nada aportó, y estando el Hombre pez recogido en un convento franciscano, una serie de casualidades permitieron a los frailes relacionarlo con un tal Francisco de la Vega, desaparecido cinco años antes. Acompañado de un fraile,  el hombre pez cruzó entonces España a pie, hasta Liérganes, donde todos, familia y vecinos, le reconocieron inequívocamente como el aprendiz de carpintero supuestamente ahogado en Bilbao. Francisco -no había otra explicación- había pasado un lustro en el mar. Y si no, ¿como es que un tío desaparece en el Nervión y aparece cinco años después nadando en Cádiz?

El suceso entró en la leyenda, a la altura de los tritones o de otros casos de nadadores legendarios. Pero no había pasado ni medio siglo cuando fray Benito Jerónimo Feijoo dedicó al hombre pez uno de sus discursos del Teatro Crítico Universal. Esta enciclopedia de ilustrado avant la letre tiene por objetivo desterrar las sandeces, superchería y mitos que corrían como verdades por la España del XVIII. Lo que hoy llamaríamos “post-verdades”. Discurso a discurso, el benedictino, enfrentándose a la Suprema incluso, tumba las sandeces apelando a la racionalidad para sustentar las creencias. Una obra magnífica. Pero he aquí que al analizar la leyenda del Hombre pez, Feijoo se encuentra con tantos datos por él contrastados que no le queda otra que dar por verídica la fábula y tratar de amontonar argumentos, ¿qué puede hacer un hombre para vivir cinco años apartado de la sociedad y en el mar? ¿Cómo llegó a Cádiz nadando desde Bilbao?

Para saber cómo, deberán leer la novela de Abella. Y es este terreno mixto, entre lo fabuloso y lo histórico, donde el buen novelista encuentra oro puro para emocionarnos con una novela que habla de la pureza y de las torres de marfil como baluartes contra la mediocridad y la corrupción del mundo. Lo hace Abella desde tres premisas, además de la argamasa que las junta, la imaginación. La primera premisa: un trabajo documental impecable que le ha llevado a descubrir testimonios perdidos sobre la gesta. La segunda, la perfección estilística. Abella domina el lenguaje, ni sobra ni falta. Tan sencillo como exacto, en suma, las virtudes del buen prosista. A lo que se añade -ocasionalmente- un muy buen pulso para el pastiche. La tercera y la que más me gusta, una soberbia reconstrucción de la época. El contexto.

Para mí eso es esencial. La novela histórica, para ser creíble, se escribe desde el respeto al contexto. Desde lo valores que configuran un tiempo y una época, tanto al menos, como desde los detalles históricos. Pongamos, como es el caso, que describes un exorcismo del siglo XVII. Pues los frailes deben pensar y reaccionar como frailes del XVII. Ni más ni menos. Abella lo hace tan bien que, limando dos o tres observaciones, el libro puede pasar por escrito por un fraile coetáneo. Un trabajo espléndido y difícil.

Los amantes de la novela histórica “de verdad” deben hacerme caso y comprar y deleitarse con esta novela y su alucinante historia.

Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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1 Comment

  1. Estoy leyendo “El Hombre Pez” precisamente a mi vuelta a Segovia y lo estoy disfrutando.
    Te transporta indiscutiblemente a un siglo XV tan oscuro y lleno de supersticiones como impregnado de cierto encanto, bosques frondosos y aguas limpias, tan lejos de nuevas tecnologías y desastres medioambientales.
    Narrativa sencilla que retrata a la perfección el mundo propio de un ser único, nacido en el ámbito (terrestre) equicodado y, de paso te incita a visitar rincones del Norte a los que probablemente nunca fuiste.

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