Hace décadas, cuando las redes sociales no gobernaban nuestras vidas, cuando por menos de lo que ahora es un euro podías beberte una cerveza y la tapa no era una rebanada de pan con algo seco por encima, cuando podías separar el tapón de la botella o meter tu coche en la ciudad sin que te acusaran de ser un genocida ecológico, llegaba el final del verano en tu juventud y por algún lado se te partía el corazón sin saber que la vuelta a la realidad te lo arreglaría antes de lo previsto.
Despedirte del pueblo y de los abuelos hasta Navidad con la falsa seguridad de que los verías al menos una penúltima vez más, acordar con tu grupo de amigos ocasionales que durante el curso os reuniríais en alguna ciudad que pillara bien a todos sabiendo que eso no iba a suceder, llegar a casa y antes de deshacer la maleta escribir la primera carta a la chica que te había gustado en verano con la misma vehemencia con la que la olvidarías en otoño… eran situaciones que uno creía que sólo pasaban en su vida.
En cambio, ya de adultos entrados en años, llega septiembre y lo primero que recomiendan nueve de cada diez psicólogos es que no veas en la televisión los informativos y escuches noticias merecedoras de un Pulitzer del calado de «cinco consejos para acostumbrarte a la vuelta al trabajo», «cómo superar la depresión postvacacional» o la clásica intervención de un pedagogo avisando de que no metas en la cama al niño a las doce de la noche el día de antes de empezar el colegio. La DANA, la moda de turno en las redes sociales que importa más que cualquier aberración social, la subida de la cesta de la compra que la ministra Montero asociará al suceso internacional que se le ocurra en ese momento, la promesa de Sánchez de que acabará con los Lamborghini y a cambio pondrá más autobuses públicos para que subamos todos menos él… son contenidos con los que uno tiene que lidiar hasta que se le olvide que las vacaciones ya pasaron y empiece a mirar el calendario con melancolía, buscando un puente donde escaparse tres días para eso que hoy llaman «desconectar», aunque se siga mirando el teléfono cada diez minutos.
Y entre tanto ruido mediático, tanto clic a la caza del lector digital y de la publicidad, sobrevuela en el ambiente un silencio profundo. Al principio no lo notas, pero a medida que pasan los días sospechas que algo falta en los medios de comunicación. Piensas y piensas, le das vueltas, cierras los ojos intentando recordar qué es. Lo achacas a la edad, tu memoria ya no es la de siempre… hasta que por fin caes. Ese silencio es el de José Luis Rodríguez Zapatero, el expresidente que vio “brotes verdes” económicos cuando Occidente empezaba a desangrarse, el que congeló buena parte de las pensiones o el que bajó el sueldo de los funcionarios, entre otros triunfos. Zapatero, amante ideológico de Nicolás Maduro e invitado por el dictador para ser observador internacional, lleva exactamente un mes y medio callado ante las ya indudables muestras de corrupción en las elecciones venezolanas. Qué habrá observado para que se le empape su habitual verborrea y esté escondido en alguna cueva.
Que la vida da segundas oportunidades se ilustra con Rodríguez Zapatero, que pasó de defenestrado por el PSOE en 2011 a gurú, chamán e ídolo de los socialistas en las pasadas elecciones generales de 2023; el tiempo todo lo olvida y cuidado que viene la derecha como causa y consecuencia de todo. Fue él quien se paseó hace unos meses por las radios y las televisiones dándonos lecciones de democracia, esa misma que le niega al país americano. Los afiliados y simpatizantes de Ferraz lo escuchaban anonadados en los mítines, como si acabara de llegar de algún lejano planeta —Melmac, tal vez— y algunos hasta cogían apuntes para no perderse sus enseñanzas.
Fue Zapatero quien en el programa de Carlos Herrera afirmó sin un ápice de rubor, y demostrando que sus tragaderas juegan en otra liga, que él (*bajo su mandato) acabó con ETA desde su despacho, pisoteando el trabajo de tantos policías, militares, políticos de diferente signo, guardias civiles, jueces, funcionarios de prisiones y sociedad civil que habían luchado durante más de cuarenta años para derrotar a los asesinos y que no merecieron entonces ninguna mención por su parte.
En un mundo cada vez más huérfano de referentes en los que apoyarse, quienes salen ganando son aquellos que basan todo su mensaje en saber comunicar a un grupo determinado, aunque sea vacío de contenido. El cómo lo cuento por encima del qué hago lo vemos en el mundo de los youtubers, en la televisión y en la política. Por eso no es de extrañar que un tipo como Rodríguez Zapatero, cuya figura ilustra a la vez muchos de los males actuales de España, nos estuviera explicando hace un año en qué consistía la democracia y hoy sea el único que sigue apoyando con su silencio lo que ya es de facto una dictadura que ha traído la pobreza a Venezuela.
Feliz domingo de septiembre, queridos lectores/as.
PD: si los amantes de ZP me insultan a continuación, que sea con gracia y creatividad. Será más divertido.
*Matización del autor posterior a la publicación del artículo














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