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El cura secretario de Durruti

Jesús Arnal. Abajo, Buenaventura Durruti.

Me acaba de pasar algo tremendo. En el cruce de la carreterina de Palazuelos me ha parecido ver a Francisco Franco. Conducía un BMW blanco, pero era él. Al menos, tal como lo recuerdo de cuando yo era crío, un reviejo calvo con cuello de pollo, de cara gris y poquita cosa. Hasta me ha parecido oír una vocecita emergiendo de la ventanilla: “Aparta masón…” Conmocionado me he parado en el arcén hiperventilando mientras el BMW desaparecía.

Que reaparezca en las proximidades de La Granja y por estas fechas, tiene sentido. Ahí celebraba los dieciochos de julio; cuentan que el día de autos centenares de niños de la OJE se disponían en la CL-601 con sus camisas azul-mahón para saludar brazo en alto al “caudillo” de camino a los jardines de palacio. “Vale quien sirve”.

Luego he caído que justamente la víspera el Congreso aprobaba la nueva-nueva Ley de Memoria Histórica. La anterior ha durado 13 años. Qué duda cabe que son leyes de una gran utilidad para recordar la popularidad que, sino por las buenas por las malas, tenía aquella dictadura de inspiración fascista.

Pero parece que no va por ahí la memoria histórica. Tenemos un ministerio de la Presidencia al que se le añadió a modo de muletilla y de “Memoria democrática“. Esta es otra cosa que no me cansaré de criticar del gobierno de Pedro Sánchez, que amplia los nombres de los ministerios hasta hacerlos inmanejables para los pobres periodistas. Pero tiene otro efecto más sistémico. Por ejemplo, hay otro ministerio que añadió a su nombre el atributo de “reto demográfico”. No siendo premios de natalidad, importación masiva de personal no carpetovetónico, y cuatro cosas más, la idea es que la tal atribución se saldará con una ley al respecto. Y ahí queda la cosa. Luego que lo arregle Vargas, pero la ley hecha está. Ya podemos respirar con la satisfacción del deber cumplido y ya podemos ponernos a buscar huesos de abuelos por las fosas comunes (por ejemplo al mío, aunque yo no estoy muy por la labor, creo que está bien dónde está).

Ya que me pongo les voy a contar una de la Guerra Civil. Acabo de terminar las memorias del cura de Candasnos Jesús Arnal, las ha traducido al catalán Editorial Pagés, pero el original en castellano también está disponible. El título ya lo dice todo: “Por qué fui el secretario de Durruti“… La historia narra los recuerdos en primera persona de un cura que en plena persecución religiosa por el este de Huesca -lo que los de allí nativos llamamos la Franja- terminó personándose ante el mismísimo Durruti. Provisto de un “aval” suscrito asambleariamente por los vecinos del ya “colectivizado” Candasnos, Arnal le pedía protección al líder de las fuerzas, precisamente, punta de lanza del asesinato de curas, frailes, monjas y quema de iglesias. Por poner un dato, en el hoy obispado de Barbastro, en el que oficiaba Arnal,  123 de los 140 curas de que constaba la diócesis fueron ejecutados.

Y así fue como el cura obtuvo la protección de Durruti, que le preguntó:  “¿sabes escribir a máquina? ¿sabes de números?” El gran mito del anarquismo puso a aquel cura perseguido implacablemente desde los Pirineos a los Monegros en su cuartel general. Allí sirvió Arnal de furriel, desempeñándose tan inmejorablemente (eso dice él) que, muerto Durruti (noviembre de 1936), y obligada la milicia a militarizarse (1937) rechazó el grado de oficial “porque yo no era de los suyos”, sostiene el cura (fallecido en 1971), y también porque lo que Arnal deseaba era no destacar, salvar el pellejo, pues siempre tuvo la convicción que el caos organizativo que era la República terminaría con la victoria de “los suyos”, o sea Franco, o sea el bando contra el cual combatía por causa mayor y por agradecimiento y lealtad personal con Durruti. La memoria histórica, cuando es buena, es así: refractaria a instrumentalizaciones desde el presente, contradictoria, poliédrica… Le gusta escapar de los planteamientos a priori y burlarse de las ideologías.

Arnal publicó sus memorias en 1969. No ahorra detalles, pero tampoco se recrea, de la represión salvaje en las retaguardias republicanas durante los primeros meses de la contienda, si bien las achaca a grupúsculos pseudo-criminales enrolados en el anarquismo que actuaban por su cuenta, a menudo concertados por comités populares que querían ajustar cuentas (de toda índole, no sólo políticas) y no se atrevían a perpetrarlas ellos mismos en sus feudos. Confronta esta actuación con la honestidad y humanidad de Durruti, de quien traza un cuadro cuasi hagiográfico. Nos lo pinta como un líder idealista de gran humanidad, que intentaba minimizar, y en buena medida lo consiguió, la barbarie de la guerra, Y no solo de Durruti, también el cura habla de un modo conmovedor de otros mandos de la columna, luego la 26 División, ateos fervientes con los que terminada la guerra siguió manteniendo una gran camaradería y amistad, al menos con los que quedaron vivos.

Y tiene mérito que lo haga así, considerando que hundido el frente de Cataluña, Arnal se reintegró como cura en pueblos donde la guerra había dejado una sarta de huérfanos y viudas (de todos los bandos, e incluso, de los que no eran de ninguno).  Evidentemente, su testimonio no dibuja ninguna visión global de la guerra, son los recuerdos (interesados) de un furriel, pero respira más verdad que todos estos cuentos chinos que hoy nos llegan de todos lados en un patético intento de justificar/demonizar no sé muy bien qué. En definitiva, que si tienen ustedes interés por la memoria histórica, les recomiendo, lo primero, olvidarse de nada que venga de un ministerio y empezar por los testimonios de a pie, los hay a porrones y de todos los colores: soldados, viudas, condenados, asesinos… Por cierto, testimonios los más de ellos incomparablemente menos sectarios que tantas y tantas y tantas memeces que uno oye estos días.


Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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1 Comment

  1. Muy bien. Conozco alguna otra historia de “arnales”, lastima que no las tengan en cuenta para hacer su historia oficial.

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