Si hay algo característico de la Navidad, al margen del sentido religioso que, por cierto, viven millones de personas en todo el mundo, es que las fechas llevan a la reunión de familiares y amigos, al reencuentro generalmente alegre —no disimule, se que en el fondo hasta ese rato a cara de perro con el cuñado “listo” le gusta— de las personas. Y como no se trata de algo solamente familiar, aunque de esto había mucho, sino que tiene un carácter social, que el personal se haya “organizado” espontáneamente para hacer la gran quedada de la tarde previa a Nochebuena me parece, de entrada, algo excelente.
En sólo unas horas —ojo, el año que la climatología acompaña— ves a este y al otro que andan por el mundo dando tripazos y desarrollando trabajos y oportunidades que aquí no existen, saludas a aquella novieta de la que guardas tan buenos recuerdos y que ahora pasea con el tipo que le gustó más que tu pero al que estrechas la mano en modo tregua; te enteras de como le va al personal, por terceros o directamente y hasta repasas el obituario del año. Vamos, que te pones al día. Y encima todo es entre besos, abrazos y buenos deseos. Ni watsapp, ni “watsopp”: Trato directo entre segovianos. Los que aguantan aquí y los que se fueron pero no pueden evitar volver, que la tierra tira y su centro está en la plaza Mayor.
Las plazas mayores de pueblos y ciudades están concebidas para la reunión ciudadana y por tanto, que varios miles de personas se reúnan durante horas en la de Segovia parece indicado para ese espacio. Ya me llamaría la atención que el personal optase por juntarse masivamente en los barrios y me espeluznaría directamente que lo hiciera en un centro comercial. No. El sitio es la plaza Mayor, más cuando la cosa se desarrolla en ambiente de buen rollo, no se han recontado incidentes y además se desarrolla a la luz del día, cuando no se duerme, siguiendo, por cierto, la tendencia que indican los sociólogos de que a la gente le gusta ahora el vermut largo (“torero” se llaman por aquí) y los encuentros vespertinos prolongados en detrimento de las salidas nocturnas y de madrugada.
Por eso me ha sorprendido bastante la virulencia de las protestas de residentes en la zona, tanto en los medios de comunicación, como en redes sociales, con comentarios que reclaman prohibiciones y reducen la celebración de la “Tardebuena” —ya sabe que a los periodistas nos gusta crear palabros para que nos cuadren los titulares— a “reuniones de borrachuzos (sic)”; “bares llenando la caja a los que les importa un bledo todo” pero casado en el mismo discurso con “botellón consentido de niñatos”; y, sobre todo, una “fuente de orinas callejeras y suciedad”, sin olvidar la exigencia de que haya “más policía” y más control oficial.
Total, que al parecer lo que se busca es que el Ayuntamiento, “la autoridad”, meta mano en este desmán. Quizá sólo sea una treta, un intento de asegurarse el desapego paulatino de la gente a base de dejar que se cree un programa oficial que supongo que consistiría en un concierto de “Melodías de Navidad” a cargo de Cuco y Luisa, por ejemplo; un “consomé navideño” servido por la Asociación de Cocineros de Segovia en unos cuenquitos muy monos que te puedes llevar a casa y con recaudación solidaria, claro; y el reparto de vasos reciclables entre los más jóvenes a la vez que se les dice que eso del botellón no está bien ni es saludable pero que si quieren beber, que lo hagan. La versión actual de “dale un vinito al niño que es Navidad y no le va a pasar nada”. Pues me salen, a ojo de buen cubero, unos 40.000 euritos de la caja municipal a la vista de programas oficiales similares que se usan en otras fechas “regladas”. No merece la pena, se lo digo yo.
Porque de ahí parece que arrancan la mayoría de las quejas. De los centenares de jóvenes que aparecieron con sus “kit” de botellón al calor de la fiesta que se desarrollaba esencialmente en torno a los bares (y sus aseos). Este de la bebida en público es un problema al que, como tantos otros, se prefiere no atacar, aunque lo exigible sería que se acate la normativa en todos sus extremos o puestos a transigir, que se obvie directamente, pero en todos los casos. No tiene sentido que se acose a un bar porque sus clientes beban en las escaleras que hay enfrente de su puerta —ha habido casos recientes, ya lo sabe— mientras se permite a otros que hagan lo mismo con absoluta impunidad cada fin de semana en pleno centro histórico. No es de recibo que existan zonas donde el consumo de bebida al aire libre está más que tolerada y la intervención de las autoridades se ciñe sólo a enviar las ambulancias necesarias para recoger niños, y no tanto, en coma etílico semana tras semana y se ponga el grito en el cielo cuando la escena se traslada a lugares más visibles. Suena hipócrita, la verdad.
Que me pierdo. Si rizo el rizo, creo que los lamentos en realidad se producen por los efectos de esos botellones: que si suciedad en forma de residuos, que si riadas de orina en las calles adyacentes a las del jaleo… Y mire, con esa parte de las protestas vecinales si estoy de acuerdo: contenedores de basura, concienciación y cabinas de retretes de quita y pon sí parecen buenas opciones para justificar la intervención municipal en esto de la “Tardebuena”. Pero solo hasta ahí. El resto, mejor que fluya.













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