La noticia de las supuestas agresiones sexuales de Julio Iglesias a dos mujeres del servicio doméstico —además de servir para aplaudir que la izquierda española (la política y la social) vuelva a interesarse y a indignarse por este tipo de delitos, después del descanso vacacional que se tomaron con los también supuestos casos de los socialistas Francisco Salazar, Antonio Navarro, José Tomé o Iago Negueruela, y por descontado con el del inmaculado Iñigo Errejón—, nos recuerda que la literatura siempre va a ser víctima de un daño colateral simplemente porque pasaba por ahí.
No habíamos terminado de asimilar la publicación en eldiario.es basados en dos testimonios de las chicas afectadas, y la editorial Asteroide y el escritor Ignacio Peyró ya habían emitido un comunicado en Instagram afirmando que «”El español que enamoró al mundo” fue una obra concebida a partir de la información pública disponible antes de que esta investigación periodística saliera a la luz, por lo que en el momento de su publicación no se conocían estas acusaciones ni existían referencias públicas que permitieran abordarlas en el texto».
Esta autoflagelación vino acompañada de decenas de mensajes de seguidores de la editorial (un gran editorial, por cierto) apoyando la rapidez y la contundencia con la que actuaban. Además, Asteroide añadía para rematar el despropósito que «Ante esta nueva y relevante información, tanto la editorial como el autor consideramos necesario ofrecer en cuanto sea posible una nueva edición revisada y actualizada».
En un ejercicio informativo que hubiera servido a un alienígena para diferenciar un ensayo de un panfleto, Asteroide y Peyró corrieron a suplicar a las hordas digitales su perdón antes de que se produjera una revolución y los líderes espirituales, esos que encienden las hogueras en el camino que va del sofá al váter, berrearan contra Asteroide al grito de “¡Boicot, boicot!” por haber cometido el infame delito de publicar un libro sobre una figura pública y obviara estos hechos tan graves por el pecado de desconocerlos. Como cuando de pequeños rompíamos algo y en vez de esperar a que lo descubrieran nuestros padres, íbamos a chivarnos de nosotros mismos, con la diferencia de que la editorial lo único que hizo fue editar un libro sobre Julio Iglesias hace ya un año.
Pero incluso se hace más llamativa, y por extensión ridícula, la decisión de revisar el libro “cuanto antes” y cambiarle el sentido por el que fue creado. Los libros no tienen culpa de nada y cuando se editan lo hacen en contextos temporales y sociales sujetos a cambio, y no por ello hay que estar justificándose, pidiendo clemencia y modificando su contenido. Si Asteroide y Peyró creen que este escándalo da para otro libro que por ejemplo cuente la doble cara de Julio Iglesias, que lo hagan y venderán mucho, pero volver atrás a practicar el revisionismo tiene mucho más de miedo social y de pánico a caer en la rueda del mencionado boicot que de convencimiento de que un libro, ya editado, tiene que evolucionar a la misma velocidad que lo hagan los nuevos acontecimientos que se produzcan en el futuro.
Si las masas buscan culpables en el entorno digital, hay un punto de no retorno cuando apuntan hacia las editoriales y estas se asustan. Pasó cuando Woody Allen quiso publicar sus memorias o cuando Luisgé Martín escribió un libro en el que en vez de buscar la información a través de tertulianos en Telecinco o de una serie en Netflix, lo hizo mediante el acceso a la fuente primaria, el asesino José Bretón. Hablar con Bretón se interpretó como una muestra de apoyo y comprensión y no como el hecho noticioso que sí era.
Las masas enfervorecidas ponen sus manazas inquisidoras en la literatura, el formato cultural e informativo más reposado que hay, el que permite detenerse y mirar con perspectiva hacia atrás y hacia adelante y dedicar tiempo a contar una historia. Hacerla cómplice de los delitos que cometen otros y acusarla porque su contenido incomoda, no deja de ser un síntoma de lo poco que importan la verdad, los diferentes puntos de vista y la libertad de expresión.
Feliz domingo, queridos lectores/as.













18 enero, 2026
Querido amigo Alberto, el mal del siglo XXI es la ausencia de lectura. Nadie lee. Y tampoco leerán tu artículo más allá del titular. Tampoco leerán estas frases. Por eso, me limitaré al titular más escueto que define tu artículo al estilo lector siglo XXI: PEC