La puesta en marcha del proceso de regularización de inmigrantes aprobado por el Gobierno y la denominada “prioridad nacional” impulsada por VOX —que limita los derechos de los inmigrantes en favor de la ciudadanía nacional, inspirada en la doctrina lepenista francesa— sitúan la inmigración en el centro del debate político en España. La cuestión clave es cuántos inmigrantes necesita nuestro país a corto, medio y largo plazo en función de su modelo productivo para evitar el colapso de la economía, y cuántos puede acoger en esos mismos plazos para garantizar la sostenibilidad del Estado del bienestar sin erosionar su calidad.
Sin inmigración ordenada, España no tendrá ni crecimiento ni cohesión social.
España atraviesa una profunda crisis demográfica. La natalidad está en mínimos históricos y el envejecimiento de la población compromete, a medio plazo, el mercado laboral, la sostenibilidad del sistema de pensiones y el equilibrio territorial. En este contexto, la inmigración no solo es una realidad imparable, sino también una necesidad estructural, más aún si se mantiene el actual modelo productivo, basado en empleo de baja cualificación, estancamiento salarial y baja productividad. Con los flujos previstos, la población en edad de trabajar podría caer cerca de un 7 % hasta 2050. Según la AIReF, España necesitará entre 200.000 y 250.000 inmigrantes al año hasta esa fecha, o sea entre 5 y 7 millones en total. Esa cifra no cubre totalmente la población que se jubilará, pero permitiría sostener el crecimiento, evitar un colapso del sistema de pensiones y amortiguar el envejecimiento.
Desde esta perspectiva, la regularización impulsada por el Gobierno es necesaria y, en algunos casos, inevitable. Permite aflorar empleo y cotizaciones de cientos de miles de inmigrantes que ya residen en España sin situación regularizada —en torno a medio millón, o incluso cerca de 900.000 según otras estimaciones—. Sin embargo, también puede generar efectos indeseados, como una presión a la baja sobre los salarios en los sectores menos cualificados. En todo caso, esta medida evidencia el fracaso histórico de España a la hora de definir un modelo migratorio estable. No en vano, en democracia se han producido ya siete regularizaciones extraordinarias, muchas de ellas desvinculadas de las necesidades reales del mercado laboral y apoyadas fundamentalmente en la figura del arraigo, lo que ha condenado a muchos inmigrantes a largos periodos de inseguridad jurídica y a generar un efecto llamada.
España debe decidir qué modelo productivo quiere para las próximas décadas y subordinar a él su política migratoria y los derechos asociados. Esto exige una inmigración regulada y ordenada, compatible tanto con las necesidades económicas como con la capacidad real de acogida e integración. El Estado, en coordinación con las comunidades autónomas, debe articular mecanismos eficaces para conocer en todo momento el número de inmigrantes residentes, los flujos necesarios y su nivel de cualificación. Solo una planificación basada en datos reales del mercado de trabajo, alejada de planteamientos simplistas o eslóganes populistas, permitirá abordar esta cuestión con una auténtica visión de Estado, sustentada en el consenso político y la cooperación con las instituciones europeas.
Esta política debe ir acompañada de un modelo sólido de integración que garantice condiciones de vida dignas, igualdad de derechos y deberes, y respeto mutuo. La integración exige también el compromiso de quienes llegan con el marco legal, social y cultural del país de acogida. Asimismo, será imprescindible reforzar la oferta de vivienda, los servicios públicos y las infraestructuras para evitar tensiones entre la oferta y la demanda. Se trata de un proceso complejo que requiere planificación, recursos y una estrecha coordinación entre administraciones.
El fenómeno migratorio no está exento de tensiones. Estas no suelen manifestarse en las élites ni en las clases medias acomodadas, sino en los barrios populares, donde la convivencia es más directa y la competencia por recursos escasos —vivienda, empleo o ayudas sociales— es más intensa. Durante mi etapa como subdelegado del Gobierno, escuché con frecuencia a vecinos expresar su preocupación ante una convivencia percibida como forzada, marcada por diferencias culturales y por una sensación, en ocasiones fundada, de desprotección institucional. Al mismo tiempo, muchos empresarios reclamaban mayor flexibilidad en la normativa de extranjería ante la falta de mano de obra. Han transcurrido 20 años, pero la situación apenas ha cambiado.
La política migratoria debe asentarse en principios básicos: dignidad, libertad y convivencia. Para ello, el orden y el respeto son imprescindibles. Orden, para garantizar una inmigración legal y acorde con las necesidades del país. Respeto, tanto por parte de la sociedad de acogida hacia quienes llegan, como de estos hacia las leyes, costumbres e instituciones del país. Integrarse no significa renunciar a la propia identidad, pero sí aceptar el marco común que hace posible la convivencia.
España, como el conjunto de Europa, no puede permitirse ni una inmigración descontrolada ni una sociedad fracturada entre nacionales e inmigrantes. Se trata de un reto colectivo de enorme complejidad en el que el oportunismo político y el discurso del odio constituyen algunos de los principales obstáculos a superar. Ordenar la inmigración no es una opción: es una condición para el futuro de España.











2 mayo, 2026
Cómo se agradece un análisis sensato y racional sobre uno de los mayores retos que tiene España, lejos de las bufonadas de Zapatero, Sánchez o Montero que ya hemos comenzado a padecer desde ayer. Se nota que es usted economista más que político, mi enhorabuena; nos sobran los oportunistas.
3 mayo, 2026
Muy acertado, y compartido, el análisis que haces.
El efecto inmediato ya lo conocemos (polarización), pero el efecto a medio plazo lo sufriremos con la sanidad, educación y vivienda, por la falta de planificación.
5 mayo, 2026
Completamente de acuerdo con su artículo.
Es una cuestión que está suscitando controversia y un gran desencuentro social en la medida en que nos afecta a todos y en el que no se puede actuar a remolque de unas circunstancias previsibles y existentes desde hace mucho tiempo.
Por la misma razón, exige dejarse de oportunismos y decretazos e involucrar a todos los ciudadanos mediante un proyecto de ley debidamente estudiado, fundamentado y aprobado por aquellos que elegimos en su día y nos representan.
No se puede parchear, es imprescindible una política de estado.
2 mayo, 2026
O sea que “España no puede seguir improvisando con la inmigración” . España es un ente político que acoge a 45 millones de españoles. Que está gobernada por un tal Sanchez, como presidente, y que tiene la responsabilidad y el deber constitucional de ordenar la inmigración y tantas otros deberes como presentar los presupuestas.
El autor de esos comentarios sobrevuela las causas del mal que denuncia. Quiza no se atreva a denunciar lo que la gran mayoría de los ciudadanos y ciudadanas manifiesta en público y en privado. Lo que los medios libres, no subvencionados, proclaman. Lo que en sede judicial atestiguan: la corrupción institucional del gobierno desde la cabeza a los pies pasando por los más cercanos al presidente. ¿El autor, pese a su esfuerzo, no puede evitar el lastre socialista que le acompaña?
2 mayo, 2026
Necesitamos unas normas claras, sensatas y pensadas previamente y no el caos, la gente tirada en los ayuntamientos y consulados, la improvisación actual y la utilización política de la inmigración, como ocurre en todos los países civilizados que nos rodean. No dejan entrar a todo el que venga con un bañador, un bono bus de hace seis meses e incluso con antecedentes penales fuera de España o policiales aquí. Pero leyendo a Aceves en su homilía en otro de los comentarios que aquí le escriben… Se pierde toda esperanza en la especie humana.
2 mayo, 2026
No perdáis el tiempo leyendo a Aceves. Es el argumentario puro y duro de la sin razón del desnortado Psoe. La prueba del nueve es que no es capaz de replicar ni de soportar la crítica, por eso no admite argumentos, ni la razón democrática (sólo en su Facebook con la misma columna, para borrar el que no le gusta, y no dejar rastro). Van a lo suyo! A pillar y la inmigración, España y todo les importa un carajo.
3 mayo, 2026
Curiosamente todo lo que usted propugna es lo que plantea el PP: bienvenido a la cordura y al sentido común.
Resulta evidente que Sánchez ha reabierto el melón inmigratorio como maniobra política para atizar el tablero andaluz y de paso el nacional, pero generando un efecto contraproducente entre las capas más humildes de la sociedad, que están reaccionando cambiado radicalmente su voto. Este alumno aventajado de ZP va a arruinar lo que queda de España para mantenerse en el poder, su único objetivo.
3 mayo, 2026
La clase política no tiene los problemas del “común de los mortales”…
Sus abultados sueldos que salen de nuestros impuestos, les permiten vivir holgadamente y residir en los mejores barrios de las ciudades.
Las consecuencias de las nefastas políticas migratorias las viven las clases trabajadoras, que son quienes habitan los barrios más humildes.
3 mayo, 2026
El artículo plantea un tema de máxima actualidad y que es objeto de controversias y actitududes interesadas. El autor comenta certeramente la situación. Quiero añadir que la Conferencia Episcopal y las organizaciones empresariales han manifestado su acuerdo con la “regularizacion”, los primeros por motivos solidarios y los segundos porque no encuentran operarios para determinados trabajos como agrícolas, construcción y muchos servicios diversos
5 mayo, 2026
Efectivamente es un tema controvertido y complejo que viene de largo y por eso mismo no se puede ir resolviendo con evidente oportunismo y a remolque de la realidad preexistente, parcheando e improvisando, dado el alcance social y económico que supone la toma de medidas precipitadas.
Exige una política de estado (que no de partido) que no ignore nuestra realidad, pero que no hurte las decisiones que haya que tomar a quienes legalmente nos representan; es decir, las Cortes, teniendo en cuenta en qué medida compromete nuestro presente y nuestro futuro.