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La decepción más grande del mundo

Cuando tenía diez años vino a Segovia el circo. Instalaron la carpa en el barrio de la Nueva Segovia, donde hoy están los juzgados, el parque de bomberos y AFA (La Asociación de Familiares de enfermos de Alzhéimer).

Aquel circo se jugó todo a una carta para que fuéramos los niños: «¡El primer circo del mundo con un hipopótamo!» repetían una y otra vez en la radio y por un coche con megafonía que pasaba provocador por las entradas de los colegios. De aquel anuncio no sé si nos llamó más la atención la palabra «primer» o «hipopótamo». Nunca resolveré esta duda. Quizás si en vez de pronunciar hipopótamo, en el anuncio a todo trapo por el altavoz del coche hubieran gritado «¡El primer circo con sistema de calefacción central!», también nos hubiera ilusionado, porque durante la infancia lo único que buscas en la vida es que todo sea nuevo o que alguien te engañe y lo disfrace como tal.

Mi grupo de amigos y yo pusimos en marcha el plan para que en casa nuestros padres actuaran como el Banco Central Europeo y nos rescataran de ser los únicos de la clase que no irían a ver a ese dichoso mamífero. Con diez años quedarte fuera de la conversación era un drama que costaba remontar, aunque el tema de conversación fuera que a uno de tu grupo el pepito de chocolate y crema de la panadería le había venido sin crema. La de barbaridades que iba a acometer ese hipopótamo, y ni pensar la posibilidad de que el domador metiera la cabeza en su boca, se la aplastara sin esfuerzo como a una sandía y no estar para verlo. El drama (el del niño, no el del domador) sería tal que veinte años después, en los viajes a la nostalgia, uno acabaría creyendo que también estuvo ahí después de todas las veces que se lo habrían contado sus amigos en dos décadas de tortura.

Apoyados en la estrategia grupal y en el chantaje de que el resto va y “no puedes convertirme en un paria”, conseguimos el permiso además para ir solos y solventamos el pequeño inconveniente de que caía en miércoles y había clase al día siguiente. En los noventa la calle era de los niños. Recorrimos el camino imaginando, porque la imaginación también era el terreno infantil donde uno más jugaba en casa y ahí solo podían pasar cosas increíbles. Cuando uno se pasaba de frenada, que era la misma que el resto, se le llamaba flipado y por dentro deseábamos que se hubiera quedado corto.

La función empezó y todo lo anterior al animal nos sobraba. Uno con un monociclo y uno de mis amigos gritando que eso lo hacía él igual de bien, un malabarista, un lanzafuegos del que ya sí dudamos de que no estaba a nuestro alcance abrasarnos la boca… Así fueron pasando las actuaciones hasta que por fin se anunció por megafonía el gran momento: «¡el primer circo del mundo con un hipopótamo!», ese animal simpaticón en los dibujos animados y un poco más travieso en la vida salvaje. Nos relamimos, era el momento de que se cumpliera todo aquello que habíamos vaticinado. Tragamos las palomitas de diez en diez para controlar los nervios y allí apareció el animal con su cuidador. A ritmo pausado, excesivamente pausado, dio una vueltas al escenario —para qué dar dos si la segunda iba a ser igual—, el tipo le metió cuatro patatas en la boca sin molestarse ni siquiera en pelárselas y el hipopótamo, con menos ganas de fiesta que un conserje a punto de la jubilación en un colegio, se metió para adentro sin despedirse. Aunque nunca lo vi, estoy seguro de que se tumbó en su jaula todo pachorra y se fumó un cigarro contando billetes pensando que ya había cumplido, que había sido un día duro de trabajo.

Volvimos a casa sin parar de reírnos, no tanto del hipopótamo como sí de nosotros mismos, como tienen que acabar las mejores historias. Aprendimos tantas lecciones a la vez que se nos olvidaron todas a la mañana siguiente, cuando en el patio era el momento de poner orden y relato a lo que había pasado. Lejos de hacerlo, el debate más sesudo que tuvimos fue que cuántas patatas le cabrían a la vez en la boca, y dijéramos el número que dijéramos los demás lo acusábamos de exagerado, como lo éramos siempre que engordábamos las expectativas cuando la realidad era bastante más aburrida, como quizás he hecho yo eligiendo ese titular para que ustedes me leyeran hoy.

Feliz domingo, queridos lectores/as.

Author: Alberto Martín

Profesor universitario y escritor

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