Los últimos datos de las temperaturas registrados en nuestro el planeta confirman que el pasado año 2024 ha sido el más cálido documentado. En este 2024 la temperatura media ha sido 1,5ºC más alta que la que venía registrándose en época preindustrial y es el valor que se había marcado como tope ‘admisible’ en la cumbre de Paris del año 2015 si queremos evitar un cambio de clima a nivel global con imprevisibles consecuencias.
Efecto invernadero
El calentamiento del planeta por la emisión de gases ‘efecto invernadero’ como el dióxido de carbono (CO2) o el metano (CH4) es algo que los científicos vienen anunciando desde los años 60 del siglo pasado. La quema de combustibles fósiles y ciertas actividades industriales, agrícolas y ganaderas (y ahora la progresiva desaparición del permafrost) están cambiando la composición química de la atmósfera. En concreto la concentración de CO2 en ella ha pasado de 320 ppm (partes por millón) que tenía en los años 60 (es el dato que aparece en mi libro de 4º de bachiller del año 1967) a las 422 ppm actuales. Eso supone un incremento del 32% y un consiguiente cambio en las propiedades de la atmósfera asociadas a la presencia de este gas.
El CO2 no es un gas venenoso, pero sí hace algo que no hacen los principales componentes de la atmósfera (el oxígeno y el nitrógeno) y es evitar que la radiación infrarroja (el calor) que emiten los cuerpos calentados por la radiación solar, escape al espacio. El ‘efecto invernadero’ que produce el CO2 es similar al que hacen los plásticos en un invernadero o los cristales en un coche: dejan pasar los fotones ‘visibles’ de la luz pero absorben los ‘infrarrojos’. La presencia de CO2 en la atmósfera produce el mismo efecto que el tener el planeta rodeado por una fina lámina de plástico llena de agujeros: cuanto más CO2, menos agujeros.
La modificación de la concentración de este gas en la atmósfera se cree que es una de las responsables de los cambios de clima que ha habido en el pasado. Unos cambios que se han producido a los largo de miles de años por causas ‘naturales’. A lo que asistimos ahora es totalmente diferente: somos nosotros los que de forma ‘muy rápida’, estamos subiendo esa concentración.
Petróleo y carbón
El petróleo y el carbón se forman por acumulación en profundidad de restos de materia orgánica, algas y vegetales en general. Procesos químicos van transformando lentamente esa materia orgánica, que acaba por formar bolsas de petróleo o minas de carbón. El proceso se inició en el periodo carbonífero, hace unos 300 millones de años. La materia orgánica que hoy es carbón y petróleo se formó en el pasado como lo hace hoy, a través de la función clorofílica. Es decir usando el CO2 atmosférico ‘de entonces’ para formar sus tejidos vegetales. Y esos tejidos vegetales, trasformados en carbón y petróleo, hoy los quemamos y devolvemos ‘de golpe’ a la atmósfera todo el CO2 que se había ido acumulando durante millones de años.
Llevamos varios años mandando del orden de 40.000 millones de toneladas (40 Gt) de CO2 a la atmósfera. Eso supone en torno al 1% de todo el CO2 que hay contenido en ella. Eso año tras año. Y no se ve la reducción. Estamos lejos del compromiso de hace 10 años de conseguir para el año 2050 emisiones 0 (cero). Y claro, la temperatura media planetaria sigue subiendo. Diría que está ‘desbocada’.
A lo largo del pasado año di a conocer a través de charlas y medios de comunicación mi último trabajo sobre el clima. El estudio climático lo inicié con mis alumnos del IES Giner de los Ríos hace 20 años. En este último estudio, que incluye datos de temperaturas y precipitaciones desde 1951 hasta 2023, se aprecia cómo la temperatura media, con datos del observatorio de Navacerrada, no ha dejado de subir, especialmente desde los años 80. Pero lo más preocupante es que el ritmo de incremento tampoco ha dejado de crecer y en la actualidad la temperatura media en nuestra zona crece 1º C por década. Si seguimos así, en 2050, tendríamos que trasladar la ciudad de Segovia al puerto de Navacerrada para tener las mismas condiciones climáticas que tenían los que vivían en Segovia en los años 50, 60 o 70 del siglo pasado.
El aviso del viejo
Mucha gente sigue tomando esto un poco a broma e incluso se alegra de que el ambiente se caldee un poco. Unos aparatos de aire acondicionado y… ¡ya está! Reflexionemos un poco. Todos tenemos una idea de lo que es la inercia: te pones a correr y luego… cuesta mucho frenar; se tiende a seguir con la velocidad que se ha alcanzado. Pues bien, recordarán que hace un par de veranos tuvimos muchos días tórridos en Segovia. En uno de ellos, estaba con mi bici en la fuente de El Cochero, en La Granja, refrescándome antes de las 10 de la mañana y se acercó un hombre mayor, con sudor en la frente. Se paró y me dijo: “Y ahora, a ver quién enfría esto”.
Me van a permitir que me sirva de un sencillo ejemplo para trasmitirles porqué lo que está pasando debe ser motivo de preocupación y que sea urgente actuar. Imagine que coloca un cubito de hielo encima de la mesa de la cocina. El hielo está -10º C (’10 grados bajo cero’) y… no pasa nada. Va usted al baño, vuelve y al hielo no le ha pasado nada. Sale otra vez de la cocina, se entretiene un poco más de la cuenta, y cuando vuelve a mirarlo ya hay unas gotas de agua encima de la mesa. La fusión ha comenzado y al cabo de unos minutos el hielo ha desaparecido y todo es agua líquida. Cálculos sencillos muestran que el calor que hay en el aire de una cocina basta para fundir un bloque de 2,5 kg de hielo que esté a -10º C.
Hemos comentado que la temperatura media de nuestro planeta ha subido 1,5 º C. Hace unos años calculé cuánto calor se acumula en el planeta por cada grado centígrado que suba la temperatura. El valor es del orden de 1 cuatrillón (1024 ) de julios y coincide con el calor extra acumulado en el aire y en el agua de mares y océanos a diferentes profundidades medido por los científicos climáticos.
Este calor ‘extra’ que se ha acumulado ya en nuestro planeta, no se puede retirar y ha ido a más, porque el incremento de la temperatura ya es de 1,5º C y seguirá yendo a más porque la acumulación de gases no cesará. Ese calor ‘extra’ es suficiente para fundir el 10% del hielo de nuestro planeta y elevaría el nivel del mar 6 m si todo el hielo fuera ‘continental’. Como le pasa al hielo de la cocina, tardará en fundirse pero acabará ocurriendo. Porque; ¿quién va a enfriar el planeta? ¿Cómo se retira el calor ‘extra’ acumulado? La inercia térmica acabará llevando el calor hacia el frío de los polos, que ya se calientan mucho más que el resto del planeta y al final tendremos un planetas sin hielo y un planeta sin playas.
Un Ártico navegable y una Groenlandia objeto de deseo son consecuencia visibles de este proceso. Y en el camino, un previsible cambio de clima. No sólo temperaturas medias de 1, 2 o 3 º C más, que causan fenómenos climáticos extremos que ya estamos sufriendo; también cambios más profundos, ligados a una modificación de las corrientes marinas o de aire actualmente existentes.
La más amenazante para nosotros es una rama de la corriente del Golfo que lleva agua cálida desde el Ecuador al Polo norte suavizando el clima de la costa occidental de Europa. Al llegar al Polo norte se hunde y como corriente de agua fría se dirige de nuevo hacia el Ecuador. La llamada bomba termohalina permite su funcionamiento. La bomba funciona por gradientes de temperatura y de salinidad: la corriente caliente del Ecuador, al acercarse al Polo se enfría, se hace más densa y se hunde. Por el fondo marino viaja de nuevo hacia el Ecuador. Pero el deshielo que se está produciendo vierte enormes cantidades de agua dulce al océano Ártico. Esto hace que el agua allí tenga menos concentración de sal y pese menos. Esta disminución de densidad hace que el agua deje de hundirse. El proceso ya se ha iniciado, el caudal de la corriente no deja de disminuir y ya hay estudios que vaticinan que incluso puede cortarse bruscamente en la próxima década.
Esto sí provocaría un cambio climático con consecuencias imprevisibles. Y está ‘a la vuelta de la esquina’.
Artículo de Rafael Calderón














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