free web stats

Inmigración: fronteras abiertas para entrar… y para salir

La inmigración ilegal es ejemplo de cómo la politización de los problemas sociales conlleva el agravamiento de la situación. En lugar de mitigar las consecuencias del problema, la política los expande.

Desde la derecha y especialmente desde Vox se pone el énfasis en la equiparación de inmigración con inseguridad ciudadana. Criminalizan abiertamente al inmigrante y  contra toda razón, pues hasta el más cazurro de Vox sabe que la correlación no es entre extranjero y delincuencia, sino entre pobreza y delincuencia. Desde la izquierda la respuesta no puede ser tampoco más desacertada: se destaca la naturaleza claramente racista de la equiparación inmigrante/delincuente, que es verdad; que a pesar de ser España uno de los países más receptivos en materia de inmigración es también de los más seguros del mundo -que también es verdad. Por último, y no menos cierto, ponen el énfasis en la absoluta necesidad que tiene España de captar población foránea para mantener su estatus económico entre los países desarrollados.

Siendo los tres argumentos ciertos -y falso de toda falsedad el discurso antiinmigración- ¿por qué la respuesta de la izquierda es desacertada? Porque de algún modo limitarse a decir que todo es un discurso racista soslaya la verdad y el no hacer nada de nada, argumentando que hacerlo es fascismo agrava problemáticas que van mucho más allá del fenómeno inmigratorio.

El primer problema y más evidente es que la estructura de acogida de inmigrantes ilegales está completamente colapsada. Pregunten en Ceuta o Canarias donde, con el buen tiempo, no para de llegar gente en situación calamitosa. Pregunten en Barajas o en los centros de refugiados. En segundo lugar, al no hacer nada, las mafias intensifican su actividad ante una demanda infinita, hay millones de africanos al otro lado del Estrecho dispuestos a pagar lo que no tienen y jugarse la vida en pos del sueño europeo. En tercer lugar, la incapacidad de Europa para dar una respuesta a estos refugiados económicos genera una población fantasma que malvive en la UE (y no en todos los países, los hay tremendamente restrictivos) mientras tramita sus permisos de trabajo.

Más personas malviviendo, más conflictos. Más conflictos, más xenofobia. Más xenofobia, más conflictos. Es un círculo vicioso para cuya ruptura no queda otra que dejar de negar el problema, dejar de buscar víctimas y culpables.

La vía de arreglo tiene dos frentes. Por un lado el positivo, hay que movilizar becas educativas para que los jóvenes africanos puedan venir a estudiar y luego trabajar en Europa. Los necesitamos. En un país que precisa mano de obra hay que contar con una política de puertas abiertas. Pero esta política de puertas abiertas solo puede ponerse en marcha si nos dotamos de herramientas regulatorias. Y es evidente también que regular implica establecer criterios para decir “así sí, así no” (excuso decir, que abandonados en alta mar nunca). Se impone asumir que el “así no” pasa por medidas de profundo calado inhumano como el retorno en caliente del que salta la valla.

El único frente viable para afrontar este reto es el diplomático. Hay que presionar a los países limítrofes para que cumplan a rajatabla los protocolos internacionales. Si yo intento eludir un control fronterizo para colarme en Andorra, el gobierno del coprincipado lo que hará será ponerme de patitas en la frontera española, y el Estado español debe asumir y facilitar el retorno, sea o no natural del país, del individuo en cuestión. Si un menor extranjero procedente de Francia aparece pululando por La Seu d’Urgell, rápidamente se pone al chaval a disposición de las autoridades francesas. Legalmente la cosa esta bastante clara, es responsabilidad del país vecino vigilar que nadie se salte su valla, que para algo es su valla.

Hay que regular también la apelación a la condición de refugiado, por ejemplo, y tal como propone Bruselas, que ésta se tramite antes de entrar en Europa y avalada por una ONG del sector. Y hay que ayudar a los países fronterizos a gestionar el flujo humano que se le acumula.

La sociedad española debe comprender que poner en marcha políticas necesarias de acogida como simplificación de visados para acceder a la UE, procesos regulatorios de ilegales, facilitar la concentración familiar, políticas que liquidarían las mafias y mejorarían la integración de los inmigrantes, pasa forzosamente también  por ponerse serios con figuras como la condición de refugiado, el retorno inmediato al país de salida del que se cuela, incluidos menores no acompañados, y en general el cumplimiento de las leyes internacionales que regulan los trasiegos fronterizos. A la vez superar los chantajes a que algunos países –Turquía o Marruecos– someten a Europa pasa por políticas conjuntas de inmovilización de activos o embargos comerciales (también proactivas, como más fondos para la atención de migrantes en origen).

Es desde luego una tarea compleja pero factible que si se hace correctamente redunda en un beneficio conjunto. Hay que poner el énfasis tanto en las  facilidades de entrada para todo aquel que quiera ganarse el pan en Europa, como en la salida de todo aquel que tan solo quiera medrar. Ante todo hay que cambiar la inercia actual, según la cual tomar medidas es fascismo, y no hacerlo es entregar Europa a los delincuentes. Hay que superar este enfoque, despolitizar fronteras tanto para la entrada como para la salida. Sacar el tema de la política. De otro modo la xenofobia seguirá en aumento. Y el peligro que ello conlleva: la expansión del odio, la política del chivo expiatorio, el racismo…


Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

Share This Post On