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Historias de la lotería, no hay quinto malo

En muchas facetas de la vida soy el ser más envidioso del mundo. Curiosamente, no en lo tocante a la Lotería de Navidad; ahí rozo la santidad. No solo no me importa ni los más mínimo que a mi vecino le toque el gordo (mientras yo, por variar, me como  las ñañas) sino que me alegro sinceramente. No son mala gente mis vecinos, y el dinero mejor cerca que lejos, que nunca sabe uno.

Como carezco del come-come de mira si le va a tocar a este y a mí no, compro lo mínimo. Los compromisos ineludibles. Hay años que salvo el trámite con 20€, por lo que si multiplican ya una pila de años de “compromisos ineludibles” por los 130€ del segoviano medio deduzco que ya me ha tocado por omisión al menos un quinto premio. A fecha de hoy andaré por 6.000 pavos.

Hay gente que se mortifica severamente con eso… Mira que lo sabía, pasé por Alcobendas y me dije, compra lotería, compra lotería, total que lo dejo y ¿mira dónde toca el Gordo? En Alcobendas, soy un desgraciado, soy lo peor… Luego se ponen malos si le toca a un conocido. Sus ojos llorosos parecen decir, Señor Jehová, ¿por qué a él? (que es un pringado cornudo y además le sobra) ¿por qué no a mí?

En la lotería de Navidad confluyen dos factores, egoísmo y fraternidad. El loco deseo de todos de, voila-hop, ser rico al punto y abandonar esta miserable vida de proletas. Hay del orden de 170 millones de décimos en juego de los que se premian unos pocos miles. Los cálculos dicen que hay una probabilidad entre cien mil de que caiga el gordo. Es decir una cada mil siglos de sorteos.  En esta frenética lucha contra lo improbable, diversificamos: Diez boletos reducen la espera a 100 siglos, 100 a 10 años.

Vestimos de gesto fraternal el compartir participaciones; en realidad es estrategia. Matar dos pájaros de un tiro. Aumentamos la infinitésima probabilidad y nos vacunamos contra la envidia, ya que yo no, tú tampoco (y a la recíproca). Lo curioso es que lo convertimos en un ritual de camaradería, bueno en sí mismo. En realidad, en Navidad los españoles compartimos mala suerte y la convertimos en un Potosí para el Estado. Solo por esta genialidad mereceríamos un descuento del 50% en todos los restaurantes del mundo.

Pero a veces pasan cosas bonitas. Segovia se llevó un quinto premio enterito el pasado 22. Casi la mitad distribuido desde la residencia de mayores San Fernando de La Granja. De los niños de San Ildefonso a los abuelos de San Ildefonso (hasta parece un tongo). Hay 118 internos allí. El nieto de una de ellas vive en la capital y no tiene coche, así que cuando va a verla se hace llevar por los amigos. Tras la visita, el nieto y sus colegas se quedan de cañas por el Real Sitio. Total que la abuela, agradecida con los colegas del nieto, va y les regala una participación de 10€. Que son mil euros por barba. Estaban más contentos los colegas que el nieto, a su vez beneficiado por otra participación para él solo. Porque eso sí que no es estrategia colaborativa, es una buena acción por fin recompensada. Justo lo que la abuela pretendía.

Agraciadas de la lotería.

Así debería ser siempre, piensa uno. La lotería, un premio a la bondad. Y me alegré un montón de la alegría de los currantes e internos cuando fui allí para la típica foto. Trabajadores. Cocineros, auxiliares, limpiadoras, abuelos… Quién mejor, quién más digno de la suerte que el que arrastra poca. A modo de broma voy y les pido 50€ “para una urgencia”, que ya luego si eso… Reímos la gracia pero creo que si me pongo pesado 20 si me dan. Que lo disfruten con salud.

Y me alegro también que le toque a un bar de búlgaros. Alguno me criticaba en redes por titular así, “bar de búlgaros”, y yo digo: a mucha honra, “chestito tovarich”. También parece que se lleva un pellizco majo Aniceto, este inclasificlable segoviano, el Elvis serrano del guachi-guachi. Especie de “sereno” -no sé si es la palabra adecuada-  del triángulo de las Bermudas que forman el bar Talgo, el Chaplin y el Gallego. Una vez que quedé para entrevistarle me dieron el teléfono de allí. Aniceto compartía su piso con otros dos, uno de los cuales era un borracho de muy mal carácter. En agosto le dio la ventolera y se llevó por delante al compañero de Aniceto de modo que cuando este volvió a casa se encontró la puerta del piso precintada con cinta adhesiva de la Policía Nacional y al compañero de cuerpo presente.

Giacomo Casanova.

La lotería es una historia molona en sí misma. En el siglo XVIII la decadente Venecia era el puticlub de Europa. Casinos y cortesanas trataban de emular las riquezas antaño proveídas por el comercio de Oriente. Como había que ordeñar al turisteo, en Venecia triunfaba una lotería similar a la actual bono loto. El mismísimo Giacomo Casanova se vino a España a introducir el invento. Casanova era un europeo espectacular; conocía más cárceles que nadie, más palacios que un príncipe. Un trilero seductor que donde ponía el ojo ponía la bala (hablo así, que si el ojo y que si la bala, por desconocer si esto se lee en horario infantil). Sus memorias son un prodigio, y al parecer, la mitad de lo que cuenta en ellas es hasta cierto. Tras saltar de cama en cama, estafar a condes y obispos, visitar cárceles y cortes, tratar con Federico de Prusia, Catalina la Grande, Mozart,  Goethe y Cagliostro, a Casanova le dio por ponerse a novelista. No le salió bien. Sus obras eran plúmbeas. En cambio, Casanova era un maestro relatando episodios de su increíble nomadeo por media Europa. Según tomaba la palabra, el salón (le gustaba el juego, de hecho vívia de eso)  enmudecía explotando en carcajadas al albur de las anécdotas del veneciano. En el crepúsculo de la vida su amigo el príncipe de Ligne le convenció para que dejara tres tomos de su autobiografía. Lo mejor que he leído. Envidio a Giacomo Casanova, y no saben cuánto… Pero él está muerto y yo no, lo que ayuda sobremanera a superar la envidia.

Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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