En UPyD de Segovia (también en Madrid, pero siendo esta provincia una isla y con el goteo de militantes que está rompiendo el carné en toda España, esto es secundario) tratan de recolocar el cuerpo, revuelto tras el jarro de agua fría que ha significado la sorprendente espantada de su concejala, Luciana Miguel, referencia absoluta y casi única de los magenta, que abandona de un plumazo todo por lo que lleva luchando años, incluida un acta de concejal nueva a estrenar.
Es cierto que la derrota que sufrió en el congreso extraordinario a manos de los oficialistas fue un severo varapalo, pero Miguel lleva ya demasiado tiempo siendo belicosa con el aparato y, conocedora del juego, podría perfectamente haber seguido manteniendo ese rol durante mucho más tiempo, esperando acontecimientos.
Tampoco se le conocen discrepancias con sus compañeros en Segovia —la dimisionaria se reunió el miércoles con militantes para transmitirles su decisión directamente y aunque algunos trataron de convencerla de que rectificara, no hubo demasiada tensión— y además, su pasión por la política es un hecho probado.
Así que sólo quedan los socorridos “motivos personales” (¿Quién no los tiene?) como justificación final que además permite, si se quiere, dejar de pensar en las muchas piezas que no acaban de encajar. ¡Caray! Al final, la de UPyD se ha ido como otros tantos políticos clásicos. ¿Quién lo habría dicho?
Como sea, el roto es considerable. Miguel ha sido hasta ahora y durante los últimos cinco años la columna central de la arquitectura —precaria, inconclusa— política y estratégica de UPyD en Segovia, que si bien no vuelve al punto inicial gracias a la implicación que el personal tiene en su proyecto, sí se verá obligado a reinventarse a la búsqueda de un nuevo liderazgo.
Buena parte de ese trabajo le corresponde a Cosme Aranguren, de repente portavoz de su grupo, que a finales de mes, sin esperar más, debutará defendiendo la implicación del Ayuntamiento en los procesos judiciales de Caja Segovia, ese asunto que de manera tan eficaz (y personalista) dominaba la dimisionaria.
Aranguren dice que está preparado y se muestra dispuesto a asumir el reto, mientras en la formación se vuelve a subrayar, una y mil veces, la “gran unidad” del grupo como aval que garantizaría un resultado eficaz en la acción política. Veremos si el entusiasmo es suficiente.
Y todo esto en un partido en aparente descomposición en la que Rosa Díez, como el Saturno aquel, ha ido devorando uno a uno a sus hijos y en el que el congreso extraordinario de hace una semana, que ha dado la dirección nacional a sus clones, encabezados por Andrés Herzog, no parece haber logrado, ni mucho menos, devolver la tranquilidad a la organización.
Fíjese en esa frase que ya pronuncio hace tiempo Félix Ortiz para apoyar a los Renovadores: “por este camino [el oficialista], en las generales logramos menos votos que el Partido Animalista” y no parece desencaminado, que los analistas políticos andan poniendo fecha de caducidad al partido como tal, justo el día después de las elecciones. Algunos incluso reducen el plazo.
Siendo Segovia la provincia en la que UPyD ha logrado los mejores resultados de la formación en el país y la capacidad de los segovianos para funcionar de manera autónoma, todo apunta a que se inicia ahora un nuevo periodo de “tranquilidad” respecto al partido hasta fin de año, centrando el trabajo en los ayuntamientos y la Diputación.
Si no ocurriera, todos quietos. Pero si entonces llegara a producirse la debacle de la organización nacional, la idea que se maneja en este momento es que lo que ahora es “UPyD, Centrados en Segovia” se quedaría sólo con el apellido: “Centrados en Segovia”, como una fuerza de exclusiva trascendencia provincial.
Qué curioso. Las siglas de esa eventual formación serían CS.

















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