Esta interesante película nos cuenta, a grandes rasgos, la biografía de Whitey Bulger, un tipo que, la verdad, sólo con leer un par de párrafos acerca de su historia pone los pelos de punta. Se trata de un criminal que, gracias al amparo de agentes del FBI, campó a sus anchas cometiendo delitos sin que nadie pudiese probar nada contra él. Bulger se llegó a cargar por lo menos a un centenar de personas impunemente, no llegando a ser arrestado ¡ojo!, hasta 2011, con más de ochenta años encima. Centrándonos en el film, está claro que el director ha bebido claramente del cine de mafias tan característico de (sobre todo) Scorsese, y bueno, sin llegar al nivel de Uno de los nuestros o Infiltrados (a la cual me recordó bastante en ciertos detalles), la peli es muy ligera, muy fácilmente digerible, está muy correctamente ambientada y cumple con cada uno de los requisitos que se podría esperar de ella.
Hay que destacar por supuesto a un Johnny Depp en un papel que, no es de extrañar, como mínimo le suponga una nominación al Oscar. Siempre sostuve que Depp era uno de los mejores (por no decir, el mejor) actores del panorama actual en el celuloide. Un tipo muy polifacético y creíble en cada una de sus variadas performances y, aunque llevaba un tiempo sin atinar dejándose ver en algún que otro bodriete como esa horrenda Sombras tenebrosas de Tim Burton. Con Black Mass creo que ha vuelto a despuntar de verdad como hace un tiempo hacía, coronando exitazos de taquilla impresionantes. Su interpretación es fascinante, lo suficiente como para ensombrecer a cada uno de aquéllos que le secundan, convirtiéndose por ende en el ingrediente principal de un plato que si bien no es que mate, sí que se puede degustar con agrado. Mantiene la línea del cine de mafias a la perfección, con un protagonista (y villano) sobresaliente, un gran ritmo y los elementos precisos para entretener















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