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Año I DC (Después del Coronavirus)

El 28 de febrero de 2020 se declaraba oficialmente el primer positivo de coronavirus en Segovia, el del estudiante milanés de la residencia universitaria de San Lorenzo. Por increíble que ahora puede parecer, y como indicativo de lo mucho que desconocíamos la enfermedad, las autoridades sanitarias no confinaron a nadie, simplemente recomendaron a los jóvenes limitar movimientos.

Las crisis del Sars Cov-2 se iniciaba en la remota China, en Wuhan, probablemente en noviembre de 2019, pero no sería hasta finales de diciembre que las autoridades chinas informaban de una nueva epidemia, de una enorme capacidad infectiva y susceptible de inducir, entre otras, graves neumonías. La OMS declaraba la emergencia sanitaria el 30 de enero. Un mes después llegaba a Segovia.

Al principio solo las habituales Casandras y revistas paranormales vieron en el virus el tremendo enemigo que finalmente se ha demostrado ser. Y por supuesta nadie hizo caso al señor que llevaba media vida gritando “que viene el lobo”. Incomprensión total frente al férreo confinamiento decretado en Wuhan, capital de una de las principales áreas industriales chinas y que amenazaba con desabastecer algunas industrias. Incluso campando ya -el 31 de enero- el virus en Italia, seguíamos sin verlo venir. Y eso que para entonces los turistas chinos (¿se acuerdan de ellos, recorriendo en disciplinados pelotones el eje Calle Real-Alcázar?) se habían esfumado.

España e Italia son los países del continente Europeo con más interacción con China. Y España e Italia mantienen (mantenían) un intenso intercambio, de turistas, empresas, de estudiantes… Cuando a finales de febrero, ya con el covid entre nosotros, se confinaron algunas localidades de Lombardía seguíamos sin entenderlo: en aquel momento el virus mataba al 20% de los contagiados de más de 80 años, al 3% de los de 60 a 70. Colapsa el sistema sanitario… Y lo peor, no teníamos medicinas para pararlo.

La crisis de las mascarillas

Pero el confinamiento parecía, al principio, ciencia ficción. Un imposible. Pero pasó que no es no tuviéramos medicinas, tampoco mascarillas, ni EPIS, ni los médicos sabían gestionar la que se les venía encima. A partir del 10 de marzo el hospital se fue llenando de enfermos medio ahogados. Neumonía bilateral. Los que lo superaban hablaban de una “gripe chunga“, de no poder oler, de un cansancio que tarda semanas en irse. De repente, empezaron a caer los fallecimientos en los geriátricos.

El 17 de marzo España entraba en hibernación. Sin escuelas, sin empresas abiertas más allá de las proveedoras de “servicios esenciales”. Encerrados en casa y una cita a las 20:00 para aplaudir a los sanitarios que también caían como moscas enzarzados en un ataque sorpresa que nunca habían experimentado y del que habían oído hablar en las clases de historia, la epidemia de Gripe Española de 1918.

He visto políticos desesperados. La consejera Verónica Casado llorando en una rueda de prensa. No sabían qué hacer. Cogida por sorpresa, Europa no tenía stocks ni de mascarillas. La “deslocalización” había convertido este tipo de fábricas en anacronismos, en consecuencia las pocas a tiro había que comprarlas en China a precios de escándalo (hasta dos euros por una quirúrgica que semanas atrás valía 0.15). Fernando Simón hablaba de que “no está probada su efectividad fuera de los hospitales”, probablemente para no afrontar una demanda monstruosa que inflara más los precios. Desde las residencias, mientras los internos seguían cayendo como moscas, las épicas trabajadoras, porque las cosas hay que llamarlas por su nombre, se fotografiaban para las redes envueltas en EPIS confeccionados con bolsas de basura. Anónimos héroes confeccionando mascarillas caseras.

Residencia Asistida de Segovia, a mediados de marzo.

Segovia fue una de las provincias más asoladas por “el bicho”. La mortalidad alcanzó aquí récords nacionales. En mayo, cuando dispusimos de datos oficiales nos las dimos con que la mortalidad se había disparado en un 500% en marzo. 200 fallecidos en el hospital de Segovia y sobre 400 en las residencias geriátricas, donde nuestros padres, abuelos, tíos, morían en absoluta soledad. Toda una generación de “boomers” pasará a la historia como los huérfanos del covid.

Comprendimos así, a golpe de muertos, que, sin vacunas ni medicinas, la única manera de parar un virus tan contagioso y letal es restringiendo la movilidad. En mayo, los indicadores revelaban una sustancial mejora. En junio volvimos a la calle. En julio a la playa.

La segunda ola

Y yo pensé que allí quedaba todo, por más que los expertos advertían de una imparable segunda ola. Allá por agosto, una nueva variante del virus surgida en los campos de temporeros del Valle del Ebro me devolvió a una realidad que sigo sin digerir, esto costará años de superar. Al tiempo que se evidenciaba que, en paralelo a la crisis sanitarias, se preparaba un colapso económico que iba a dejar en tontería la crisis del ladrillo de 2008.

En Segovia, entre finales de agosto y finales de noviembre asistimos a la segunda ola, mucho menos letal y que no llegó a suponer un verdadero riesgo de colapso para el hospital, pero que nos familiarizó con términos como el “cierre perimetral” y “brotes de ámbito mixto”. Adiós turismo, y bares, y comercios, y gimnasios, y cines, que a fecha de hoy siguen sin levantar cabeza. Muchos no volverán a abrir nunca.

Y llegó una extraña Navidad, de quedar sin quedar, sin Reyes Magos, y de tristes celebraciones por Zoom, mientras la gente discutía si hay que salvar las fiestas, un pequeño balón de oxígeno para sectores enteros. También para la muerte.

La tercera ola

De modo que a mediados de enero el Hospital de Segovia volvía a mostrar preocupantes índices de ocupación. De repente la curva se convirtió en una recta que apuntaba al cielo. 10 meses lidiando con el virus y, ahora ya sí, Europa disponía de mascarillas, EPIs, fármacos algo más efectivos que el mero ensayo y error de los primeros días. Y sobre todo PCRS que permitían un diagnóstico rápido de los “sospechosos”. El 21 de enero llegamos a la pasmosa cifra de 300 contagios confirmados en apenas 24 horas. Armas más eficientes que no impidieron que enero cerrara con 57 fallecidos, casi tantos como en marzo.

En enero aprendí otra palabra: “cribados masivos“, gracias a los cuales infligimos al virus la primera andanada seria. Ese mismo mes empezaban a llegar las vacunas que, a fecha de hoy, siguen produciéndose a un ritmo extremadamente lento entorpecidas además por políticas de beneficio, ¿para qué venderlas a 10€ en Europa si en Israel, si en Dubai, si en los barrios ricos de los países sin sanidad pública las pueden colocar a 40? Una vez más Europa paga su dependencia industrial y tecnológica.

Sanitarios del hospital recuerdan a una compañera fallecida.

Lecciones aprendidas. Durante todo este año me he resistido a buscar otro culpable que el virus. Sé que las cosas podían haberse hecho mejor, mucho mejor (siempre se pueden hacer mejor). También sé que a posteriori todos acertamos. Pero la culpa de las pestes no es un enojo divino con el hombre, ni tener bastantes más patanes de los necesarios en determinados centros de decisión. La culpa es de un aminoácido que parasita células. Y de que somos seres sociales, nos necesitamos los unos a los otros y nos buscamos. Para lo bueno y para lo malo.

Me estresan  los políticos que se tiran los virus a la cara, los sectarios, y también los balconazis, que parádojicamente, habrán salvado bastante vidas. El otro día un balconazi denunciaba a un grupo de 4 chavales, dos se estaban dando un beso en un callejón, por supuesto sin mascarilla; vino la policía y les metió 300€ a cada uno. Esto es un sinvivir, la verdad, y cuento las horas para que la vacuna se afiance y volvamos a atestar los bares.

Atestar los bares los que hemos salido indemnes de esta, claro. 945 segovianos que no lo podrán contar. Otros tantos han mirado de cerca a la muerte, y algunos quedarán con graves secuelas. Hoy, 27 de febrero de 2021, al año de contactar con el virus, un 20% de los segovianos han caído contagiados. La economía está por los suelos y la sanidad afronta una derivada tan siniestra como el covid, todos esos tratamientos retrasados, esos cánceres tardiamente diagnosticados, insuficiencias que evolucionaron a peor, y posibles tormentas víricas en el horizonte. Esto está lejos de acabarse.

Quisiera pensar que tal vez sirva para unirnos y hacernos más fuertes. Pero lo dudo. Más bien lo contrario, nos distancia y debilita.  Pero aprendemos de los errores. Esa es mi única esperanza, que a veces aprendemos.


Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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5 Comments

  1. Y un año despues seguimos actuando mendiante un pcr que la persona que patento la pcr y gano el nobel ya dijo que no es un metodo de diagnostico pero sigue siendo el metodo de diagnostico curioso no?

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  2. Creo que estos casi 1000 segovianos fallecidos en soledad y miedo en Residencias y Hospitales merecen algún reconocimiento o una placa donde figuren sus nombres. No es caro y puede hacernos bien a todos para recordar a quienes se fueron con la enfermedad o la padecieron. Sólo es una petición.

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  3. Totalmente de acuerdo.

    Una generación, que paso por la guerra. “Los dos bandos lo pasaron igual”. Sufrieron la postguerra, trabajaron para poder comer, siguieron trabajando para darnos todo lo que podían a sus hijos. Cuidaron a los nietos, en muchos casos recogieron a los hijos por divorcios o por el paro y finalmente han muerto solos, abandonados y sin poder ni tan siquiera morir con su familia al lado.

    Les debemos mucho. Que menos que un homenaje publico para recordar lo que paso.

    Y para los sanitarios, cajeras y reponedores de supermercados,policías, camioneros.

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  4. Excelente artículo, Sr. Besa.
    Por supuesto que el culpable es el “bicho”. Pero espero que los responsables (que por supuesto los hay, y muchos) paguen como merecen. Desde los que permitieron y promovieron las manifestaciones del 8-M pasado, a los que siendo responsables no quisieron comprar los medios de protección, y como no, de los que aprovecharon la emergencia y caos para hacer unas compras de equipos dignas de república bananera.

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  5. Es peligroso por simple, decir que la culpa es de ‘el bicho’. Es,casi, una afirmación medieval, precientifica.

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