No soy taurino. No entiendo la Fiesta, aunque también me pasa con buena parte del arte contemporáneo, el fútbol americano o la devoción de mi suegra y sus amigas hacia los gritones de Sálvame. Quizá es que no entiendo la parte artística, ni las reglas y sé que no sé por qué alguien arriesga su vida delante de un animal muy superior en fuerza e instinto, pero tampoco el evidente sufrimiento de los animales que intervienen en una corrida, un encierro o un toro embolado.
Es un debate enormemente polarizado y radicalizado en el que, la verdad, no me meto, quizá porque no soy capaz de comprender que una discusión entre defensores y opositores a este tipo de festejos acaben a pedradas o puñetazos, curiosamente provocados en buena parte de las ocasiones por aquellos que, supuestamente, tienen una sensibilidad especial, tanta que me hace imaginar que llegarían a instalar un toro en su garaje, o hasta en su salón, o al menos, por como hablan, a criar —supongo que a costa de su bolsillo— manadas enteras de este ganado para que ocien en las dehesas hasta que tengan una muerte feliz por vejez.
Estoy muy triste. Son muchos de esos activistas supersensibles los que no perdieron un segundo desde que se conoció la muerte del segoviano, Víctor Barrio, en Teruel, para llenar las redes sociales de comentarios que sólo puedo calificar como asquerosos y de los que no pienso reproducir uno solo. Como será la cosa, que en acueducto2.com, en tres años escasos de vida, hemos dejado sin publicar, por inadecuados, sólo media docena escasa de comentarios y ayer tuvimos que hacerlo con algunas “aportaciones” realmente desafortunadas a las noticias de la tragedia de Teruel que no sé si podrían llegar incluso a interesar a un fiscal, como los centenares que circulan por las redes sociales.
¿Cómo puede alguien que se declara defensor de la vida alegrarse abiertamente de la muerte de un hombre? ¿Qué lleva a alguien a pensar que una cornada mortal a un joven de 29 años es un acto de justicia? ¿Qué tiene en la cabeza una mujer que parece dirigirse directamente a la viuda de Barrio por twitter para escribir en ese momento su criterio de que con el fatal derrote “se ha parado una injusticia” con el animal?
Me preocupa, sobre todo, el radicalismo de esos comentaristas —buena parte de ellos escudados en el anonimato que ofrece la red, supongo que son los mismos que van embozados a enfrentarse con los mozos de un pueblo en fiestas— su forma de celebrar una cogida y el contenido de sus mensajes, lo más parecido que conozco a un comunicado talibán tras una explosión, y su forma de plantear su cruzada, como una especie de guerra en la que parece valer todo y en la que muestran una continua incapacidad para razonar sus argumentos en una posición de “conmigo o contra mi”, que no llega más allá de otorgar a los animales cualidades de las que carecen y que son únicamente humanas.
Me desquicia, precisamente, la falta de humanidad que demuestra quien, cuando se tiene que dar un pésame, como hacen las personas, suelta sonriente un “se lo merecía”. ¡Leche! Me imagino sus caras con ojos desorbitados e iracundos, inyectados de sangre, delante de la pantalla del ordenador mientras teclean sus hirientes mensajes de victoria. Y la verdad, me repugna, como espero que les ocurra a esos animalistas que sí aplican el raciocinio a sus reivindicaciones que, subrayo, son legítimas, como todas.
Ha muerto un hombre haciendo su trabajo. Un trabajo legal al que se dedicaba por vocación y con devoción y del que se ganaba la vida él, su cuadrilla, su apoderado y una legión de beneficiarios indirectos, tal como permiten las leyes españolas, que quizá pudieran cambiarse, siempre que una mayoría lo consiga democráticamente, nunca a pedradas.
Ha fallecido un hombre muy joven, con la vida por delante, que deja esposa, familiares y amigos. Creo que cabe pedir un respeto, algo de humanidad y no comportamientos animales.















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