Los amantes de las tradiciones debemos agradecer a Clara Luquero que, un año más, renueve el voto a san Roque, ya saben, instituido por la ciudad en 1599 para obtener la intercesión del santo contra la peste. Antaño, el plato fuerte de unas celebraciones que eran las fiestas de verano de la ciudad, hasta que allá por los 60 San Juan y San Pedro tiraron de galones y…
Las tradiciones nos dicen de dónde venimos. Qué fuimos. Qué somos. También sirven a las veces de dotar a una colectividad de una identidad propia, lo cual es de agradecer, pues de otro modo y de China a Gorenlandia el mundo sería un estruendo chillón sin diversidad cultural y aliñado con comida basura. Normalmente, alrededor de las tradiciones se tejen interacciones sociales, fiestas, negocios… Usos y costumbres. Una sociedad sin tradición es una sociedad sin memoria.
Las tradiciones son útiles. Renovar el voto de San Roque encierra aún hoy el homenaje al esfuerzo de los antepasados. Sirve para entenderlos y entendernos. Es, también, un recordatorio. No hace tanto, el paludismo era endémico a orillas del Eresma. Hicieron falta décadas de esfuerzo, trabajo y sabiduría para librarnos de las plagas. Y miles de oraciones a San Roque.
Naturalmente, las tradiciones se empapan en los códigos morales de donde nacieron y servían (más que sirven) a las veces de inyectar valores en la sociedad para su preservación en el tiempo. Los curas antiguos lo sabían bien, de ahí su empeño por protagonizar los calendarios de los antepasados (como hoy los políticos se empeñan en monopolizar los nuestros).
Quizá este poso de la tradición, aparejado a toneladas de ignorancia, haya llevado al alcalde de Santiago de Compostela a saltarse el voto al apóstol, por primera vez desde que existen los alcaldes.
Batalla de Clavijo, sobre 844. Los moros daban hostias como panes a los castellanos, gallegos y leoneses. Santiago matamoros baja entonces de donde fuera montado a caballo y empieza a remontar el marcador destripando sarracenos. Entusiasmados, los locales nombran al apóstol patrón de Hispania. Un cuento chino que sirvió al fraile Cerebruno (¡gran nombre!) para organizar uno de los emporios más potentes de España (la Orden de Santiago). Lo que ya no es un cuento es que desde tiempos inmemoriales y hasta 1812 el voto a Santiago aparejaba que una parte de todo diezmo (ducados por millones) fuera para el obispado compostelano. La ciudad, su patrimonio, su camino de Santiago y lo que es en el mundo, se alzan sobre ese tributo. ¿No puede el ayuntamiento gallego mandar a alguien a la misa para ni que sea agradecer a los beatos el esfuerzo inversor de tantos siglos? ¿Tan cazurro es Martiño Noriega? Suele pasar que cuánto más nacionalista es uno, más ignora la propia historia de su “nación”, hipnotizado como está en su visión partidista del pasado.
Ada Colau se refugia en la laicidad del Estado para no enviar a nadie a la misa por la Mercè, en Barcelona. Tiene todo el derecho del mundo, claro. Al ayuntamiento catalán lo invita a la misa el obispado (no un juez por la vía de dos guardias civiles). Cumplir con la tradición, las más de las veces, es una cuestión de cortesía. Pero confundir cortesía con “laicidad” del Estado es sintomático de una cultura intelectual justa-justita. Prejuicios y bobadas.
Para mí, la culpa de todo es de los curas. Otra vez, se invita al ayuntamiento en términos de “sírvanse ustedes de indicarnos quién vendrá a representar a los paisanos, que si no se sirven (así, en cursiva y con subrayado), ya buscaremos nosotros concejal adecuado”. Menos paños calientes con esta tropa de políticos de pueblo (como toda, cuajada de importantes cantidades de retrasados mentales). A menudo se nos olvida que, pese al sueldazo, su utilidad real es garantizar el agua del botijo y recoger la basura.
La parte oscura de la tradición es cuando sirve de coartada para la costumbre. “¿Por qué doy de latigazos a la adúltera?, bueno, es la costumbre”. No hay que confundir tradición y costumbre. Lo sabía Vázquez de Mella, filósofo de la tradición y de los pocos pensadores españoles de primera aunque, por lo visto, no tanto como para tener plaza en Madrid. Es lo que opina su alcaldesa, que siguiendo la costumbre ha desahuciado al pensador de la plaza a su memoria dedicada para dársela a otro meritorio personaje, más de su gusto.
Como cabezonada (o directamente chulería) ha sido en Cantalejo mantener esas chirriantes calles a Mola, Franco y José Antonio, contra viento y marea, y para general vergüenza. Al ex-alcalde no le salía del florero. Esperemos que cunda la sensatez y Máximo San Macario restaure los nombres usurpados por tamaña cuadrilla.
La costumbre es obrar por inercia, sin pensar. La tradición es la raíz que nos nutre. La costumbre no evoluciona, la tradición sí. De la peste y de los malos, líbranos Roque, santo y peregrino… Amén.
















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