En deportes como el fútbol o el baloncesto llaman “los minutos de la basura” a ese tiempo de los partidos en el que “todo el pescado está vendido, se utilizan para foguear a novatos y algunos aprovechan para engrosar sus números”, según he leído. Eso sí, hay alto riesgo de que el partido se convierta en una pesadilla para el espectador.
Pues aquí me tiene, tras once horas de sesión plenaria —puñetas, no recordaba un castigo similar en sede municipal desde aquella vez que se tiraron tres días leyendo decretos por un cabreo con reacción infantil— en las que el Gobierno municipal ha metido sus penúltimas posibilidades de elevar la estadística de “compromisos cumplidos” con los que acudir a las elecciones; la oposición popular encuentra éxitos inesperados tirando de un concejal que no es suyo y echa al tiempo a rodar, con mimo, la figura de la candidata Raquel Fernández; Peñalosa marcando su huella coherente consigo mismo en el barro en sus últimos días como concejal y Javier Arranz… Bueno, reconozco que este no sé exactamente qué está haciendo.
La verdad, me van sobrando sesiones como la de este lunes y también las disputas, alentadas por la alteración en la relación de fuerzas provocada por la deriva de Arranz, que el castizo definiría como una competición para ver quien la tiene más larga (espero que me disculpe, es que me vuelvo soez cuando estoy cansado). Lo cierto es que he hablado con concejales que “rajan” con dureza de otros concejales sin demasiado decoro ni precaución para no ser oídos por terceros.
La sesión empezó con el no adscrito pidiendo la suspensión de plenos y acuerdos, aunque esta vez, en lugar de ponerse faltón con todos optó por pretender ser exquisito exigiendo precisamente corrección a todos los de su alrededor y con la abstención como voto casi fijo.
Mire el espectáculo: cada vez que se sentía ofendido —normalmente cuando Peñalosa le llamaba trásfuga— el concejal se colocaba bajo el dintel de la puerta del hemiciclo para volver a su sitio poco después. Lo hizo varias veces y disculpará que no las contara.
Peñalosa no perdió tiempo para ponerse a la altura y dijo varia veces no tener los conocimientos adecuados de psiquiatría para poder entender la forma de actuar y las intervenciones de su inmediato compañero de escaño, que aguantó contenido el castigo.
Hombre… Si se tiene en cuenta que llevó al pleno una moción contra la Ley de seguridad ciudadana que ya había sido aprobada, a instancia suya, en un pleno anterior pero que esta vez se quería rechazar por todo el mundo (¿?) y para ello hubo que improvisar una salida airosa para todos aún escuchando a Postigo recreándose en tachar la cosa de “esquizofrenia” mientras todos los grupos opinaban al tiempo sobre la forma de improvisar el texto definitivo y coveniente.
Pero la excitación se contagia. Sólo así puede explicarse que el debate en torno al dinero que cobran los concejales cuando “casan” —ojo, que se ha pasado de 30 a 60 euros por cada enlace— acabara desembocando en el cruce de acusaciones entre el socialista Reguera y el popular Folgado sobre las actividades del uno como trabajador en una sucursal bancaria en la época en la que allí se vendían preferentes o la presencia del otro en la lista de directivos de Caja Segovia cuyas remuneraciones y prejubilaciones investigan los jueces…
Me pareció además que la alcaldesa, Clara Luquero, no estaba cómoda en la Presidencia. Volvió a discutir con Postigo por el turno de palabra, se vio obligada en múltiples ocasiones a requerir la opinión o la mera interpretación de los acontecimientos por la secretaria general —paciente, muy paciente la funcionaria, que la sesión no fue fácil— y cerró menos debates de lo habitual.
Más tranquilidad aparentaba Raquel Fernández. Eso sí, leyendo la mayoría de sus intervenciones —digo yo que para no improvisar más de lo debido— y arropada por los suyos: Vázquez compartía sus puntos de vista; Postigo susurraba consejos; Folgado asentía satisfecho y exagerado tras cada intervención; Garvía le pasaba chuletas sobre la marcha…
Aguantó con cierto gesto de dolor los golpes al hígado de Reguera cuando ironizó sobre la campaña de la candidata del PP con los autobuses urbanos como soporte y la acusó de buscar “minutos de gloria” forzando debates como el del Peahis en el próximo pleno.
Que sí, que en estos días a nadie le disgusta una foto si hay oportunidad para ello. Verá. Peñalosa llevaba al pleno una moción para que el Ayuntamiento se declarara opuesto al Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión (TTIP en siglas del inglés) que en realidad había presentado en nombre de “colectivos de izquierdas”, de los que acudieron a la grada del hemiciclo (vacío normalmente) algo más que una decena de representantes.
El problema es que no midieron bien los tiempos y el grupo se plantó allí a las once de la mañana, aunque la moción se debatió ¡pasadas las siete de la tarde! que fue cuando pudieron levantarse y mostrar por unos segundos sus carteles caseros contra el Acuerdo.
Para colmo, el grupo no parecía haber comprendido siquiera su victoria en la votación —la iniciativa prosperó con 23 abstenciones y dos votos favorables, los de Peñalosa y Arranz (como lo lee)— que de salida uno de ellos confesaba “no saber cómo va esto” para concluir tras recontar el abultado número de abstenciones: “estos no lo aprueban”. Así andan los “emergentes”.
Bueno, pues esto es lo que se ve desde la grada del hemiciclo del Consistorio en un pleno cualquiera desde hace unos meses. En el próximo, más novedades, que el PP será el grupo mayoritario, con 12 sobre un total de 24 ediles, que ya no estará Giráldez ni hay tiempo de sustituirle.
Lo que le decía. Los minutos de la basura.

















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