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Batalla campal en la Segovia dorada (Antioquía)

Venezuela, Venezuela… No carecen de razón quienes critican que en España no paramos de denostar los desafueros y el caudillismo golpista de Nicolás Maduro y nos hacemos los longuis con lo que pasa en otras partes de América Latina.

Segovia, sin ir más lejos. Y es que estos días de agosto, con poco que echarse al teclado, los periodistas de la Segovia castellana, buscando afanosos por Google noticias que dar,  vivimos con el ay en el cuerpo. Ayer, un estudiante fallecido, anteayer declaración de zona militarizada, asaltos a los comercios; de fondo, un muy enquistado conflicto minero que vive estos días un estallido violento.

Es el municipio de Segovia, sí, Departamento de Antioquía (capital Medellín). Estamos en la Cordillera Central Colombiana, a 650 metros de altura. Calor tropical y vegetación exuberante. En tiempos del vierreinato esto era apenas una aldea de indios, dependiente del cercano municipio de Remedios, suerte de asentamiento colonial para asegurar vías de paso. Pero en el subsuelo había oro a patadas. Arenas auríferas. En 1852 nuestros tocayos vivieron una suerte de “fiebre del oro”, la minera inglesa Frontino Gold Company se hizo con “derechos a perpetuidad” para explotar los yacimientos. Azuzados por el oro, “japoneses, alemanes, españoles, mexicanos, franceses e italianos también llegaron a la región”, escribe Fabrizio Purita en un fenomenal reportaje que encontré en Colombia Informa.

Hoy Segovia cuenta con 40.000 habitantes, la gran mayoría vive del oro, y no mal, si consideramos las rentas per cápitas, de las más altas del país. A finales de los 70 la Frontino cerró, los precios del oro llegaron a su suelo histórico, por debajo de 100 dólares la onza, inviable para la minería industrial. Ya por entonces, cabe pensar, abundaba lo que los segovianos llaman “minería ancestral”. Frente a las explotaciónes auríferas “modernas”, conocidas hoy por los bio-shows de Geo sobre barbotas de Alaska, basadas en maquinaria que extrae metros cúbicos de arena que una planta procesa, está la “tradicional”. A pico y pala se extrae la tierra, se baña en mercurio que amalgama con el oro. Luego se calienta el mercurio hasta su evaporación y, voilá, pepita al canto. Algo más inocuo es el proceso de la cianurización. Algo.

La cuestión es que cerrada la Frontino, el oro por los suelos, los segovianos trataron de salir adelante probando en la “minería ancestral”  en plena guerra civil. Eran tiempos duros. La Masacre de Segovia ocurrió el 11 de noviembre 1988. Zona farqueña de pro (en Segovia nació el Partido Comunista de Antioquía), un escuadrón paramilitar tomó la localidad y acabó con 48 vecinos en represalia por la victoria electoral de la UP.

En 2008, de la mano de la crisis, el precio del oro empieza a subir. De 200 dólares a más de 1.500 la onza, en tres años. En 2010 la candiense Gran Colombia Gold se hace con “los derechos a perpetuidad” de Frontino. 1.400 ilegales pierden su empleo, se suceden asesinatos de líderes sindicalistas y empiezan los pleitos para recuperar zonas ocupadas por cooperativas de “mineros ancestrales”, “ilegales”, según el gobierno y la compañía canadiense.

Escribe Colombia Informa que de 148 explotaciones mineras solo 4 son legales. En paralelo, la cianurización y la acumulación de mercurio han convertido Segovia en uno de los puntos más contaminados del planeta. Si no lo he entendido mal, la precariedad de las explotaciones no ayuda. Cuando a alguien le echan del entable (o ingenio para extraer arena) no tarda en empezar a cavar en el subsuelo de su casa, de hecho, toda Segovia se erige sobre arenas doradas empapadas en veneno.

Y así llegamos a julio de 2017, durante meses los “mineros ancestrales” y la multinacional canadiense negocian para convertir en asalariados de la empresa a los “ancestrales”. Gran Colombia ofrece dar al minero un 20-30% del valor del oro que se le lleve, pero la propia web de la empresa dice que las extracciones reguladas deberán cesar. La Mesa Minera de Segovia y Remedios pide el doble y en el fondo ven que su modus vivendi de “ancestrales” se termina, acechado por el desastre ambiental y una legislación que beneficia a los grandes, porque realmente llevar a cabo actividades mineras sin millones de inversión por delante no está al alcance de los ancestrales. Y estallan las huelgas y las protestas, con el acompañamiento habitual de abusos: lumpen que aprovecha para saquear comercios, listas negras de sindicalistas, vandalismo, abusos policiales… Esto claro, como relato de urgencia basado en las cuatro premisas simplistas que uno se lleva ojeando internet.

De momento la ESMAD (Escuadrón Móvil Anti Disturbios) ha tomado Segovia y Remedios. Mucha suerte paisanos.

Fotos. Arriba, explotación “ancestral” en Segovia. Paro minero en las calles de la localidad antioqueña. Disturbios en Segovia. Imágenes de El Colombiano y Agencia de Prensa del Instituto para la Cooperación (Colombia).

Autor: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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