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Mujeres que verdaderamente transforman el mundo

broolklyndestacadaDudaba si meter el presente artículo como reseña de Brooklyn, la excelente película de John Crowley nominada (sin suerte) a los Oscar, pero al final me he decantado por abrir el foco y considerando que hoy es el Día de la Mujer Trabajadora, trazar una suerte de homenaje a las mujeres que verdaderamente transformaron España, aquellas que como Ellis Lacey en la película (impecable Saoirse Ronan) , cambiaron el pueblo por la ciudad y, probablemente sin ser demasiado conscientes de ello, sentaron las bases del mayor cambio social que han visto los tiempos: la ruptura con el modelo patriarcal (que en tantos sitios aún impera y lo que te rondaré) que convertía a la mujer en un ciudadano tutelado, masculino-dependiente. Sin autonomía económica ni vital.

Realmente ellas cambiaron la historia.

Ciertamente viene de lejos. En todo tiempo podemos citar ejemplos de luchadoras. Quien esto escribe tiene bisabuelas trabajadoras, y dos en concreto, que lucharon con éxito contra el machismo de su época (no desde luego sin pagar grandes peajes vitales) ya en los primeros compases del siglo XX. Pero ellas solo fueron las precursoras. Tampoco fueron las mujeres progresistas de la República las artífices del cambio, ni las esforzadas falangistas de la Sección Femenina, ni las glamurosas sport-women de los años 20 o las casquivanas actrices de los treinta. Toda tuvieron su papel, cierto, pero realmente, ellas fueron el oropel de una historia mucho más profunda.

Nuestra protagonista se llama Sagrario, Josefa, María de las Virtudes… Nacida en un pequeño pueblo y criada peor que mejor en la dura posguerra. En los cincuenta, los hombres empezaron a marcharse a la ciudad. Ya no volvían terminado el servicio militar, sabían que siguiendo el asfalto había otros horizontes que los que rodean la Alcudia pastoreando rebaños por un jornal del que malvivir.

Faltaban hombres, y con ellos, el tradicional itinerario (novia-madre-abuela) que marcaba el horizonte vital de la mujer. Al tiempo, el deslumbramiento ante la trepidante vida urbana también arraigó en el espíritu de aquellas chicas. Así que un buen día, ante la falta de expectativas, nuestras Sagrarios, Josefas, etc… le dieron el gran disgusto a la abuela Petra, metieron sus cuatro cosas en una maleta de cartón que alguien ató al techo de un autobús Pegaso de La Puntual. Para las chicas de baja extracción, y aquellas lo eran, solo había un destino: el servicio, la fábrica o el comercio. El magisterio o la enfermería quedaba reservado a señoritas de familias pudientes, que podían costear estudios y vestidos a la page.

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Pero el servicio (o el taller de modista o la fábrica) eran puestos vinculados a la soltería. Incluso en los años 70, en una fábrica como la Dyc, las chicas, amén de cobrar bastante menos que los chicos, recibían el finiquito según se colgaban en la parroquia las amonestaciones matrimoniales. No se entendía que estuvieran quitando el puesto a su hermana menor, o peor, a un mozo con ganas de abrirse camino, cuando estaba claro que el destino las había elegido para traer hijos al mundo y llevar un hogar.  Por otro lado, ¿cómo podía conciliar una mujer dirigir la casa con un  turno nocturno de cada tres en la embotelladora, o de chacha en casa de los señores Ramírez y López-Remondo? Impensable.

Pero ya a en los 50 apareció un nuevo nicho laboral que demandaba mucha, pero que mucha mano de obra. Estoy hablando del secretariado. Estoy hablando de la máquina de escribir. Aquellos jefes de servicio, aquellos señores de sempiterna corbata fundida a la camisa, consideraban un desdoro “rebajarse” a una actividad manual y ponerse a teclear sus informes. ¡Ellos no habían estudiado para aporrear armatostes! Requerían una servil señorita que, a su dictado y sin saltarse una coma, traspusieran al papel sus sesudos razonamientos. La burocracia empresarial y administrativa había llegado para quedarse. El secretariado empezó a verse como un empleo “poco viril”. Y aquellas chicas listas supieron aprovechar la pequeña rendija que el sistema acababa de abrir.

Tras no poco pelear, consiguieron convencer a la tía Goyi que las hospedaba en Vallecas o a la hija progre de la familia a la que servían que no era mala idea tomarse una hora al día, por supuesto en su tiempo libre y pagándoselo ellas, y acudir a las clases de mecanografía y estenotipia de la Academia Hamburgo, allá en la esquina. La Academia Hamburgo era un oscuro entrepiso donde a todas horas reinaba el tableteo frenético de aquellas viejas Olivetti con una bandeja de fórmica cubriendo el teclado. “AAA ÑÑÑ”, aprendiendo a usar ese dedo tonto, el meñique, tan importante en el mundo de la estenotipia si el objetivo es llegar a las 200 pulsaciones por minuto, lo mínimo que piden en el Banco Hipano Americano para pasar la primera prueba, según comentaban las veteranas imponiéndose a la seca percusión de la barra espaciadora y al ring de la interlínea.

olivettiEn los ministerios, en los bancos, en los seguros… Una nueva tipología laboral se abría camino. Los sueldos eran notablemente mejores que en el taller de la tía Goyi, que en la fábrica de conservas y no digamos que de interna en casa de los Ramírez y López-Remondo. Pero además, había tiempo libre. Habitualmente a las seis de la tarde ya no quedaba nadie en la oficina. Y el tiempo es oro. Algunas lo invirtieron pescando novio. Un nuevo tipo de novio al que no le venía mal que la mujer mantuviera aquel cómodo trabajo bien pagado (la entrada para el piso era un escándalo, era eso o el 850). Otras  siguieron estudiando, solo que dejando atrás la Academía Hamburgo para matricularse en Contabilidad, Inglés o el bachillerato para adultos que permitía opositar ya a empleos estables de por vida.

De una manera natural, el masculino mundo laboral se acostumbró a depender de aquellas eficientes “secretarias”. Así que ya no eran solo chicas un tanto rebeldes de la buena sociedad las que se aferraban a su independencia económica. Cuando se quisieron dar cuenta, el mundo se había transformado “de verdad”. Había un importante colectivo femenino de extracción social variable realmente emancipado. Lo demás fue una peleada lucha para conseguir que lo que ya era normal en el día a día fuera normal en el ámbito legal.

Brooklyn nos habla de esa espectacular y silenciosa revolución. Una que deja en naderías el fenómeno de internet o la digitalización porque trastoca de cabo a rabo el orden social establecido, y lo hace en silencio, desde dentro. Ellis sale del micro-mundo de su pueblo irlandés para zambullirse en el frenesí de un barrio neoyorkino de clase media. Allí abre los ojos. Y cuando una tragedia la obliga a volver a Irlanda, y por más que el futuro se le pone de cara, sabe que hay precios que no está dispuesta a pagar.

Nuestra Sagrario, nuestra Josefa, volverá al pueblo, sí, pero será para la romería, para pelearse con madre y reñir al bruto del hermano por no atender más a la cuñada y pasarse las horas en la bodega. Y acaso en la romería coincida con un buen mozo famoso por venir en Vespa desde Bilbao. Caramba, pero si casi somos vecinos, se dirán. Esto hay que celebrarlo, ¿a que no te atreves a subir en moto? Nos vamos a Sepúlveda a comer un asado donde mi primo. Y el domingo a la pista. Donde ella le pondrá las cosas claras: está pensando en sacarse el carnet de conducir. Y él, que ha visto a las francesas comprando latas de sardinas y toallas en San Juan de Luz, mirando con curiosidad antropológica a las lavanderas de la ría y preguntando que est que c’est mientras señalan el fregadero,  sabe que el mundo está cambiando y que ya no valen los esquemas de sus padres. Enigmáticamente le dirá en la oreja: no se pueden poner puertas al campo, empiezo a estar mayor para ir en Vespa a todos lados.

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Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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