free web stats

La última llamada

Después de la catástrofe humana provocada en una parte de España por lo que ahora debemos llamar DANA, uno se sienta ante el teclado a escribir su columna quincenal y lo primero que piensa, al fin con acierto, es que no tiene nada que aportar a las noticias, imágenes y relatos que han narrado el peor horror de todos, ese que no se ve llegar ni concede la mínima oportunidad para plantarle cara creyendo que hay una posibilidad de vencer.

Me gustaría detenerme en lo puntual, creo que es donde se esconden las historias que desde la distancia mejor hablan de nosotros. Perdónenme si me tocaba usar esta columna para hablar de los políticos y de su gestión de la crisis, probablemente tendría más visitas y comentarios, pero sinceramente no sabría qué contarles. Digo que me quedo en algo puntual al referirme a algunos audios y llamadas que se han compartido en las redes sociales, llamadas que hicieron supervivientes y fallecidos por las inundaciones en el momento en el que creían que ya no podían más y morirían.

¿A quién llamaríamos sabiendo que nos queda un suspiro para que la corriente se lleve el coche que nos aprisiona o el árbol que nos salva momentáneamente de una muerte inminente? Hay en esas comunicaciones un manifiesto de la parte de la vida que importa y de aquello que se quiere dejar como legado ante la ausencia. Escucho todos esos mensajes y de repente junto a la tragedia nos llega —sin pretenderlo— lo mejor de cada uno: un te quiero, un gracias, un has sido lo mejor que me ha pasado, un dile a mis padres que los quiero, un cuida de los niños y que sepan que… Queda un resquicio que precede al final para pensar en el futuro, ese donde ya no van a estar, y se hace como un acto de generosidad que ayude a sobrellevar una pérdida que se produce en directo, como si ese audio fuera un cuaderno de bitácora con el que guiar en la tormenta a quienes van a quedarse mucho más solos a partir de ahora.

También escucho el audio de una madre valenciana que finalmente se salvó y cómo en un minuto menciona a toda la gente que quiere, dando la responsabilidad al marido de que no se olvide de nadie. Lo ha elegido como el interlocutor más fiel, sabe que no la va a fallar. Esa es su preocupación, agarrada a la nada que le proporciona una rama a punto de partirse, que nadie dude que se acordó de los que la hicieron feliz. Es ahí, cara a cara frente a estos testimonios, cuando la vida te vuelve a recordar qué es lo realmente importante, qué es lo que queda cuando barres lo que no te aporta: un mal día en el trabajo, la insatisfacción por un viaje no cumplido, tres kilos de más, un imbécil que te critica por detrás, una carencia física…

Hace cuatro años hicimos un simulacro fallido con la pandemia y en cuanto se pasó nos olvidamos del cuento ese de volvernos mejores, bastante tenemos con no retroceder, porque solo recurrimos a todo nuestro potencial cuando nos movemos en la debilidad impuesta desde fuera. A la tranquilidad y al éxito nos acostumbramos y creemos que son estados normales, que los hemos ganado por derecho propio y van a estar siempre, y sin embargo es cuando más nos despistamos y volvemos a perder el tiempo en lo banal, en el ruido y el estiércol que esparcen quienes no estarán nunca cerca cuando vengan mal dadas, que vendrán, de eso no hay duda. Mejor mirar hacia adentro, identificar a esas personas a las que llamaríamos en el último minuto y pensar si están donde tienen que estar o las hemos dejado algo olvidadas bajo excusas que nunca serán tales como la falta de tiempo o la mala definición de qué es una prioridad.

Feliz domingo, queridos lectores/as.


Author: Alberto Martín

Profesor universitario y escritor

Share This Post On