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La parte de atrás de la política

La popularidad de la democracia española no pasa por su mejor momento. Casi cuatro de cada diez españoles cree que funciona regular y uno de cada tres, directamente mal. Y es por semanas como esta que acaba, semanas en las que vemos cómo al mago se le caen las cartas de la manga, en las que evidenciamos las debilidades de los liderazgos fuertes y en las que las frases de las barras de los bares de la Fiesta Nacional barren al lenguaje de madera de la política.

A partir de cierta edad, para seguir creyendo en las cosas que nos gustan, no es bueno conocer su parte de atrás. La fe se desvanece cuando pasamos a la trastienda. No conviene ir una feria a plena luz del día si no quieres ver desayunando a la mujer pantera, visitar una fábrica de salchichas cuando llega el proveedor de despojos o intimar con el maestro o el cirujano que confiesa odiar su trabajo.

La credibilidad en las instituciones democráticas descansa en su apariencia de virtuosismo, en la ensoñación de que están gobernadas por personas ajenas a las ambiciones y flaquezas humanas. Padres y madres de de la patria y matria que anteponen su vocación de servicio público a su propia existencia. Su tratamiento (Excelentísimo, Ilustrísimo, Majestad) reta incluso a la humana realidad de que no se puede ser mas que solo un hombre o mujer como cualquiera.

La política española nos ha enseñado esta semana su parte de atrás cruda y obscena, llena de huesos y espinas. Nos ha confirmado que el Rey era un aprovechado protegido por la prensa, que hay corruptos también en este Gobierno, que los diputados no se leen las leyes que votan y que los partidos colocan a sus amigos en las listas regionales desde Madrid. Cuatro verdades como cuatro multas de tráfico, con foto incluida, que han pasado de ser calentones de redes y desahogos de vagones a las páginas de los diarios escritos y los informativos televisivos.

El Emérito se pasó su corona haciendo paellas, ghosting y comprando silencios de alcoba entre refrendo y desfile. Pero pagábamos a otra “Rey”. Lo de que trajo la democracia y nos salvó del Golpe empieza a envejecer mal. Que nos librara de los fachas no justifica su desfachatez. “Si los periodistas taparon esto, ¿qué no taparan ahora?, yo me informo en el insta” se oye decir en La Sureña. Sería mejor seguir “desmemoriados” si no quiere que su hijo herede sus errores.

El gobierno de Sánchez, que llegó al poder por una moción de censura a la insoportable corrupcion del PP, se acaba de encontrar otra vez con los chaletes, los visitadores y los apodos de pantallazo. Los que piensan que este gobierno es incompatible con la corrupción se quedan en minoria. Solo queda reaccionar de manera distinta, colaborando, haciendo desaparecer al corrupto y no a las pruebas. De esa reacción dependerá la que tengan sus socios de investidura que han construido el muro contra la derecha de un material llamado “no somos como vosotros”.

Abalos, en el José María.

El PP, por su parte, ha construido buena parte de su edificio sobre la dignidad de las víctimas de ETA, el compromiso de no hablar con Bildu y la determinación a mantener a los asesinos encerrados el mayor tiempo posible, pero esta semana se ha sabido que votaron la convalidación de las condenas en países europeos en varias instancias porque no se leyeron lo que votaban. Mejor harían en reconocerlo sin buscar excusas ni culpables y sin enseñar las fotos de las víctimas a las que quieren dignificar.

También hemos sabido que los partidos ponen a dedo a los líderes autonómicos y los quitan cuando son críticos o antipáticos sin respetar ni las reglas del juego ni el trabajo hecho durante el tiempo de oposición. Acaba de denunciarlo el Secretario del PSOE en Castilla y León. Vino a decir que hay un señor en Ferraz, al que no ha votado nadie, que no habla en los mítines ni en las agrupaciones de la zona pero que organiza las listas. Los partidos, que gestionan la democracia, no tienen democracia interna.

A Alvise, que recoge desencantados y enfadados, le han pillado vendiendo sus votos a un empresario, pero claro, en la “criptopolítica del odio” se puede defraudar a Hacienda y no defraudar a los votantes. De hecho, ha aumentado sus apoyos después de confesar que va a intentar seguir sin pagar impuestos. ¿Por qué? Porque uno de cada cuatro jóvenes de entre 18 y 26 años vería justificado un régimen autoritario en determinadas circunstancias. Ahí tiene a su cantera.

Cuando la política enseña su parte de atrás, la única salida es ir de frente y dar la cara para no acabar como el culo.


Author: Gonzalo Vázquez

Periodista

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