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La noche que Clara me invitó a salir

La alcaldesa Luquero rodeada por los informadores en la foto de familia.

La alcaldesa Luquero rodeada por los informadores en la foto de familia.

Le prometo que yo iba de tranqui, que ya no estoy para trotes nocturnos y que, oiga, una cena con la alcaldesa, Clara Luquero y otros 32 compañeros ¡32! que al parecer nos ocupamos durante el año de dar cobertura informativa a la actividad de la regidora, pues da de sí lo que da: Unas risas, unas anécdotas, unas puyitas de menos de cuatro centímetros en todas las direcciones para celebrar la Navidad y a casa, que mañana es día de escuela.

Pues no, que la cosa se complicó. Luquero daba cumplimiento al trámite, entre compromiso y agradable reunión, que yo, que peino canas, he vivido antes con Pedro Arahuetes, José Antonio López Arranz y Ramón Escobar —llegué a pensar que esto también lo hizo Antonio Perteguer pero ahora creo que no, que el médico era poco amigo de estos saraos— que es eso de que el alcalde se junte con los periodistas a compartir mesa y mantel en fechas próximas a la Navidad.

Oiga, un lujo asiático para los informadores que, por fin, una noche, cenamos caliente con mantel y cubiertos. Como los hidalgos aquellos me llene la pechera de migas y lamparones para luego exhibirme como “bien cenao” en la calle de los bares…

Luquero y la hucha-cerdito que le regalaron los periodistas.

Luquero y la hucha-cerdito que le regalaron los periodistas.

Espere, que me estoy organizando mal y me salto capítulos. A los postres de la cena en cuestión llegaron los regalos para la alcaldesa de parte de los informadores —¡Maldita sea! Para que el personal no se queje de gastos innecesarios de la Alcaldía, la regidora no nos regaló a nosotros ni un boli— que siempre son muy ocurrentes. “Ahí tienes, Clara, un cerdito hucha de barro y de gran tamaño para que ahorres y tengas para pagar las sentencias”. Aguató bien la regidora, que incluso se llegó a imaginar en alto que si los jueces siguen vapuleando al Consistorio, “habrá que vender hasta el cerdito”. Bien encajado, Clara. Riámonos de las tristezas un día. También un chal, que Luquero es friolera y la prenda es parte habitual de su vestuario.

Todo bien, hasta que uno de los compañeros me tocó el hombro por la espalda para pedirme la parte alícuota del los gastos generados por los regalos. Pagué a regañadientes y claro, con el cabreo —gastar, mucho o poco, es algo que me molesta enormemente, aunque sea por una buena causa— me fui a fumar a la puerta del restaurante, solo, mascullando la terrible pérdida económica que sin duda dejará a algún sobrino sin su tradicional par de calcetines de Papá Noel.

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Y entonces se me apareció la noticia. Toda para mi, mientras el resto del gremio, a unos metros sorbía champán y estaba a uvas de lo que pasaba… ¡El paroxismo! Seguí como hipnotizado las luces naranjas que giraban sobre aquel camión de bomberos que cruzaba el Acueducto y sacaba sus anclajes en el Azoguejo para aupar a dos bomberos, en cesta de autoescala, a la hornacina de la virgen… “Van a quitar la bandera de los artilleros con nocturnidad, alevosía y escalo y les he pillado” pensaba yo con la malicia de Gargamel acariciando a su repelente gato mientras apretaba con furia la pantalla de mi móvil en modo foto… Uno, dos, cuatro, seis periodistas de esos que creía abobados ya estaban allí levantándome la exclusiva mundial… “¡Pena negra! Se han dado cuenta los muy cabritos”, mascullé revisando el material logrado, que encima era bastante deficiente.

La autoescuela baja con dos bomberos a bordo tras retirar la bandera.

La autoescala baja con dos bomberos a bordo tras retirar la bandera.

Bueno, fue una derrota a medias, que yo tenía la subida y ellos solo la bajada, me conformé como pude mientras todos volvíamos al redil en torno a Luquero que se despedía en la puerta del restaurante mientras algunos acordábamos tomar la penúltima en la calle de los bares —me gusta el Shout y allí fuimos los que fuimos— que ya que estamos…

Jóvenes haciendo botellón en los soportales de la plaza Mayor.

Jóvenes haciendo botellón en los soportales de la plaza Mayor.

Dos policías observan la masiva reunión de jóvenes en la plaza Mayor.

Dos policías observan la masiva reunión de jóvenes en la plaza Mayor.

¡Caray, qué noche! ¿No llego y aparco cerca de la plaza y cuando paso por allí me encuentro la celebración de la “Nochevieja universitaria” en pleno foro Mayor. A ver, que se lo explico: un par o tres de centenares de jóvenes en edad de ir a clase en la UVa o el Ie —¡Caramba con los guiris de la privada, se lo pasan como enanos en Segovia, que les he visto más veces— haciendo botellón tolerado en medio de la calle y delante del Consistorio con los polis como espectadores y a prudente distancia, allí, en la desembocadura de la calle San Frutos.

Más fotos con el famoso móvil —es que la cámara buena la saco poco y además es muy compleja para mi mente de plumilla— para evidenciar que lo de la Ordenanza que prohíbe beber en la calle es como el junco, muy flexible cuando se quiere, y a tomar con los compañeros la copita esa pendiente como dios manda: codo en barra de bar, vaso de cristal, música de la buena, la sonrisa de Vanesa y nada de salir a la calle con bebida, que “como te pillen los municipales, te multan”, me advirtieron ¿?

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Reconozco que los más jóvenes del gremio no tardaron más que una ronda en tumbarme así qué tiré del argumentario que ya he oído tras veces: “me duele la cabeza”, “mañana madrugo”, “las discotecas ya no me gustan”… Ya sabe.

Me habría quedado pero no me atreví, así qué acabé consumiendo mi ira con otro paseo por la plaza Mayor para gastar mi último diez por ciento de batería fotografiando el vertedero en el que había quedado convertido el foro, repleto de bolsas y botellas vacías. “Que esto lo denuncio yo. Vamos que lo denuncio, que una cosa es cenar a costa de la alcaldesa y otra hacer la vista gorda ante tamaño desatino. ¡No te digo!”

Y aquí me tiene. A las tantas de la mañana pagando con un dolor de cabeza de caballo los tragos consecutivos, no muchos, pero siempre demasiados para un señor de mi edad, de vino, champán y whisky de una noche en la que Clara Luquero me invitó a salir.

A ver si me recupero para la Navidad, que mi cuñado, el listo, amenaza con plantarse en la cena con una botella “muy buena” que compró en su último viaje a Glasgow… Pues a las que toquemos, cuñao. Majo.

Author: Fernando Sanjosé

Segovia (1967). Periodista.

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