Sí, me he preguntado muchas, muchas veces, por qué, pero el caso es que soy del Atlético. Comprenderá entonces que asista con deleite año tras año a cubrir la visita de la plantilla al restaurante José María, que es como rematar el trabajo en Los Ángeles de San Rafael. Me gusta ver fuera de contexto a esos jugadores que luego, seguro, me proporcionarán varias dosis de dolor y otras de éxtasis —este es un amor complicado, ya le digo— durante la temporada. Y si ya sale buena y en mayo uno sigue riéndose… Eso, créame, ya es la leche.
Pero bueno, soy un profesional y procuro no desatar mi emoción estando de servicio, que para eso ya estaban allí decenas de chiquillos con cuadernos, camisetas, rotuladores y cámaras en modo selfi.
Y los no tan pequeños, que ayer estaba de fotógrafo y sufrí en mis carnes los codazos de esa mujer de mediana edad que, a codazos, se abrió paso entre los profesionales hasta llegar al Cholo, tirar con fuerza de su brazo y forzar su foto mientras le agarraba fuerte por la cintura. Me pareció que era su marido ese señor que, tras el tumulto, miraba con cara divertida de sorpresa la audacia de su señora, tan correcta siempre…
La verdad es que los jugadores, en general, iban demasiado deprisa en su corto recorrido entre el autobús, en la Plaza de la Rubia, y el bar del restaurante, donde por cierto, los clientes rompieron en aplausos ante la invasión rojiblanca.
Una excepción en la apresurada carrera hacia el comedor fue Fernando Torres. Tranquilo y atendiendo uno a uno, se paraba, firmaba, posaba y hasta besaba. Destaco a esa mujer de pelo cano y ajada de modo natural temblando de emoción como una quinceañera ante el ídolo “de toda la vida” (la del futbolista) que, galante, la escuchaba y abrazaba una y otra vez…
Nos dio tiempo a meter el micrófono al presidente Cerezo que me llenó de alborozo con sus palabras: “La plantilla es mejor que la del año pasado porque lo que ha salido se compensa muchísimo con lo que ha entrado”, aseguraba mientras celebraba que Jackson ya esté en el equipo —la presentación oficial es el domingo, pero no faltó a la cita con el cochinillo, así para tomar contacto— y hacía votos por la pronta llegada de Filipe, una de las últimas piezas que le falta a Simeone (este dio pocas concesiones a los seguidores).
Jamón y bombones de morcilla.
¿Y qué comen las estrellas del fútbol? Pues José María preparó para la ocasión como entrantes una ensalada con aguacate, queso de rulo, pimientos asados y nueces de Castroserna; Espárragos verdes a la plancha con salmón curado, calabacín y sal Maldón; jamón y lomo ibéricos; bombón de morcilla segoviana con almendras —no se los pierda si tiene ocasión— y un sorbete de Pago de carraovejas con mandarina”.
Esa parte de la comida llevó su tiempo, tanto que al Mono Burgos le dio tiempo a salir un par de veces al patio a echar algún cigarrillo. “Has perdido peso —34 kilos, nada menos, que le dan un aspecto enormemente lozano— pero el tabaco no lo dejas”, le comenté mientras ambos hacíamos aros de humo. “Por partes, como dijo Jack el destripador”, me respondió aplazando la decisión el ayudante del Cholo, que poco antes le había dicho a otro plumilla que el secreto de su adelgazamiento era que “me he enamorado” y había llamado “gordo” a un tercero con el que comparó cuerpos. Reinaba el buen humor.
Vuelta al comedor, que en la sala olía a hierbas aromáticas y el restaurador llamaba a Jackson, Torres, Cerezo y Gil Marín para que trincharan el cochinillo a nuestra manera. A los directivos se les vio sueltos, que ya lo han hecho más veces y “El Niño” apoyaba en su timidez al nuevo, alucinado con la tradición y los platos rotos.
Era ya el día siguiente cuando todos salieron. Esta vez, los jugadores iban más receptivos a los seguidores que aún esperaban en la puerta —seguro que el vino del Pago de Carraovejas ayudó algo— y el camino al autobús tenía decenas de paradas entre flases y rúbricas.
“¡Qué simpáticos muchachuelos!” pensaba mientras regresaba a casa y me ponía a imaginar. “Mira que si este año la cosa fuera bien y les damos ‘pal’ pelo a todos… Me sorprendí a mi mismo entrando en mi casa cantando a Sabina: “Qué manera de subir y bajar de las nubes que viva mi atleeeeti… de Madrid”.


















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