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Catetos

Isabel Ayuso y Aitor Esteban se han llamado catetos por lo del “Guernica”. Ella primero, por pedir el cuadro cedido y él, después, recordando lo de presumir de tomar cañas en terrazas. Son urbanitas con mundo que buscan votos entre sus devotos, porque los paisanos sin formación siguen yendo a la “biblio” local a culturizarse, como Miss Asturias. “Chuchú, el tren estropiáu” fue el libro ferroviario asturiano más prestado por prestoso el año en que los trenes y Jessica empezaron a tener retrasos. El año en que ya no lloraba viendo La Traviata con Richard Gere sino las fugas de la nevera.

Gil y Gil ya casó ignorancia y arrogancia. “No sé dónde está Moscú, pero sé que es una mierda” dijo. La universidad de la calle ahora vive en las redes y ve la intelectualidad como algo woke, un pedante viaje para acabar pensando que lo que parece mierda, lo es y no hace falta probarlo. Te puedes ir a Harvard para no ser chófer, pero estarás de acuerdo con el taxista que te lleva de vuelta a tu pueblo.

Yo tengo ignorancia funcional ¿o es disfuncional?, abro el borrador de la Renta como el capó de un cohete, pero de Picasso (y de las terrazas de Madrid) tengo conocimientos avanzados, por eso sé que estos dos se han hecho los catetos. Porque la ignorancia orgullosa es el material del nacionalismo. Vasco o madrileño.

El Guernica nunca fue vasco, ya nació universal, hizo famoso al pueblo y no al revés. Ese bombardeo le cayó a Picasso cuando la República le encargó un póster para pedir ayuda en los palacios europeos y acabó con chinchetas en los pisos de los Erasmus. Como cuando Camus leyó en un periódico argelino que un hombre mató a otro en la playa sin aparente motivo y escribió “El extranjero”. De un drama local, una metafísica universal. Dora Maar, artista, pareja del artista entonces, lo documentó a hostias en blanco y negro. La misma mano que denunciaba el terror, lo ejecutaba. El mejor trazo y el peor trato. Genio carcelero. El Guernica son todas las guerras, todas las víctimas de todos los totalitarismos, de los fascismos, de las violencias, incluida la propia.
No está en Madrid por expolio, como el claustro de Sacramenia en Miami, ni en una cesión sin devolución, como las pinturas de Maderuelo en El Prado, no está expuesto, está resguardado como un refugiado de guerra exiliado, con todo un museo guardándolo, con todo un viaje por la modernidad que termina en esa casa cerrada, para que nunca más tenga que salir. Picasso es todos los “ismos” y el Guernica, su paroxismo.

Si hay que llevar el arte a su nombre de origen estamos tardando en pedir que “Mujeres de Sepúlveda”, de Zuluaga salga corriendo del Ayuntamiento guipuzcoano de “I run” (“yo corro” en castellano) al pueblo segoviano.

El PNV lo pide para celebrar los 90 años de su gobierno y que se exponga en el Guggenheim. La obra de un comunista francés internacionalista invitado al cumple de un partido nacionalista en el museo de un judío suizo dueño de minas de plata. Exigen que les cedan la obra como reparación, como si en Madrid fuéramos la legión Condor y ellos unos románticos partisanos. Nunca la pidieron para reparar a las víctimas del terrorismo (vascas y no vascas al 50%) o para restaurar el exilio de los 180.000 vascos que salieron huyendo de ETA como el Guernica de Franco, o para el aniversario de los dos balazos que le pegaron por la espalda al columnista comunista Lacalle, porque el PNV nunca ha entendido que a Lacalle le mataron por ser antifascista pero, en cambio, entienden que a ellos les bombardearon por ser vascos.

Ayuso se hizo la cateta porque es un registro que domina. Dijo que Madrid es más grande y abierto y lo de la Fórmula 1. Ni siquiera habló de los 45 traslados del Guernica por el mundo porque el Lehendakari ya avisó que luego lo restauraban sus técnicos y que, de paso, le encontrarían un pasado vasco como a los jugadores franceses del Athletic. Ayuso me parece un peligro para Madrid, para Feijóo y para la convivencia, una apuesta local de chulería de churrería no universal fuera de Castilla, pero acertó apuntando lo cateto del PNV aunque falló haciéndolo de manera cateta, igual que acertó abriendo los bares en pandemia y falló cerrando hospitales y residencias.

Isabel Ayuso podría haber buscado argumentos en la asombrosa y mentirosa IA. En la vieja factoría todo es IA, IA, oh…tanto, que acabará dirigiendo la misión a la Luna. Lo único que no podrá hacer es arreglar el retrete del cohete. Tu IA es peor que la mía. Lo tendrá que hacer alguien que sepa que las cosas que parecen mierda lo son dependiendo de la gravedad.

Dejemos a Picasso en su arte, a el Guernica en su museo, al PNV en su ficción de patria y Dios y a Ayuso en su mal tono para tapar su entorno, porque como pongamos la lupa, todo va a salir ardiendo.

La fórmula 1 de la convivencia es que la suma de dos catetos puede cargársela. Y su paradoja es que se intenta convivir incluso con aquellos que la quieren destruir. El nacionalismo es tan egoísta que solo te cede la silla si es eléctrica.


 

Author: Gonzalo Vázquez

Periodista

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