El pasado Viernes de las Dolencias -fecha nada casual para lo que aquí se relata- asistimos, una vez más, a una mala representación en el ya conocido teatrillo municipal. No hubo estreno, ni siquiera variación de guion: más bien un remake algo deslucido de la misma mala función representada hace justamente un año.
El Pleno del Ayuntamiento de Segovia ha rechazado los presupuestos municipales para 2026. Y no por capricho, ni por arrebato, ni por conjura, como se ha querido insinuar desde el banco azul, sino por razones tan elementales como reiteradas: el contenido de las cuentas y, sobre todo, las formas -esas formas que son, en democracia, casi tan importantes como el fondo-.
Porque conviene recordar -aunque algunos lo olviden con sospechosa frecuencia- que la democracia no es solo votar, sino también dialogar, negociar y respetar. Y nada de eso ha abundado.
Nuestro señor Alcalde, tras perder la votación en la Comisión informativa de Hacienda, decidió -en un ejercicio de voluntarismo político rayano en la temeridad- forzar la presentación de los presupuestos al Pleno del día 27, sabiendo que no se iban a aprobar. Todo ello, acompañado de una suerte de admonición preventiva: si no se aprobaban, todos los males presentes y futuros de Segovia serían responsabilidad exclusiva de la oposición. Y él y su equipo de gobierno, unas víctimas de la ‘Banda del No’, como llama a toda la oposición.
La estrategia no es nueva, pero sí que es cada vez menos eficaz.
Porque ni la apelación a unas supuestas cuentas ‘históricas’ por estupendas, ni el recurso al dramatismo político, ni siquiera el clásico trágala institucional, han logrado ocultar lo esencial: que no había ni mayoría, ni confianza, ni negociación real.
Y sin esas tres cosas, en política municipal -como en casi todo lo demás-, no hay presupuesto que prospere.
Resulta especialmente llamativo que el Alcalde se lamente ahora de la “deslealtad” o “irresponsabilidad” de quienes no han apoyado sus cuentas. Sobre todo, cuando algunos de esos mismos grupos justifican su rechazo precisamente en el incumplimiento de acuerdos previos y en la pérdida total de credibilidad del equipo de gobierno.
No es, por tanto, un problema ideológico. Es un problema de confianza.
Y la confianza, una vez perdida, no se recupera con ruedas de prensa airadas, ni con descalificaciones impropias del cargo. Porque lo cierto es que, en sus últimas comparecencias públicas, el Alcalde ha mostrado más ardor mitinesco que templanza institucional, incurriendo en reproches y excesos verbales poco compatibles con la dignidad que se le presupone.
Más que Alcalde, por momentos ha parecido un hooligan agarrado a una vara de mando.
Pero hay más.
Tampoco ha ayudado la inconsistencia del propio proyecto presupuestario. Porque no se trata solo de cifras -que también-, sino de la ausencia de un modelo claro de ciudad, de una planificación creíble y de una ejecución que respalde las promesas.
Se gasta más, sí. Pero no necesariamente mejor.
Se anuncian inversiones, pero muchas de ellas resultan insuficientes o meramente testimoniales. Y, mientras tanto, persisten problemas estructurales sin resolver, desde el mantenimiento urbano hasta la planificación económica.
En este contexto, pretender que la oposición le otorgue un cheque en blanco, resulta no ya ingenuo, sino directamente improcedente. Porque la oposición -conviene insistir- no está para aplaudir al Alcalde, sino para controlar sus actos de gobierno. Y controlar implica exigir, cuestionar y, llegado el caso, rechazar.
Y lo verdaderamente revelador de todo este episodio no es el rechazo de los presupuestos, sino la incapacidad del equipo de gobierno para anticiparlo, gestionarlo o evitarlo.
Porque opciones había. Incluso mecanismos formales -como la cuestión de confianza-, que el propio Alcalde ha preferido no activar.
Y eso nos lleva a la conclusión más incómoda: que quizá el problema no sea la oposición. Sino quien no ha querido -o no ha sabido- negociar con ella. El Alcalde, y no otro.
Al final, tras la votación, el Alcalde acusó el golpe, pero no pareció extraer de él enseñanza alguna, como el año pasado. Antes bien, optó por redoblar el tono, reprender a los discrepantes y lamentar una derrota que, en buena medida, él mismo había propiciado.
Dicen los italianos: “Chi è causa del suo male, pianga per sé stesso”. El que es causa de sus propios males, llore solo por sí mismo.
Tal, nuestro inefable Alcalde.













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