Hay que cambiar el chip. Dejar de percibir el purín como un contaminante y apostar por lo que aporta de abonos y energía renovable. En Pinarejos, la empresa Carbonzero proyecta una planta de biometano (no confundir con el biogas), alta tecnología y tercer proyecto de este tipo que se pone en marcha en España. Pero una vez más la idea se enfrenta a la hostilidad vecinal (o por mejor decir, de una parte del vecindario) apelando a la mala fama de los residuos ganaderos. Lo más contradictorio del caso es que, otra vez, se combate el proyecto en base a supuestos daños ecológicos cuando es al revés. Claramente, el biometano es una apuesta por la energía renovable, la minimización de contaminantes y la maximización de beneficios ambientales. Es decir, aquí y una vez más, los ecologistas son la empresa y los negacionistas los vecinos.
Partamos de la base que el futuro de la agroalimentación -que en buena medida es el futuro de esa España vacía, que tanta indignación (de postureo) causa- pasa por ir hacia soluciones tecnológicas que reduzcan sus impactos ambientales y entren en dinámicas de cero emisiones, y máximo grado de reciclaje. Aprovechar, por ejemplo, las ventajas del abono orgánico frente al mineral, que no solo y bien empleado evita la nitrificación sino que, a diferencia del fosfato mineral, restaura el suelo. El combustible basado en el biometano va en esa dirección.
¿Qué ocurre realmente? Los contrarios a estas soluciones tecnológicos suelen ahondar en supuestos daños ambientales, fáciles de desmontar. Por ejemplo, en el comunicado de queja contra la planta puede leerse que los vecinos reconocen estar preocupados por los problemas de la nitrificación en la comarca, cuando precisamente estas plantas y la modernización de la ganadería son la herramienta de lucha contra la nitrificación. Me da que no va por ahí, y realmente, el temor de los vecinos es, como ellos mismos reconocen, el incremento del tráfico pesado y, sobre todo, los malos olores. De lo primero no vale la pena ni entrar al trapo. Lo segundo, el olor, es realmente el quid de la cuestión.
Nadie quiere que el entorno ideal campestre en el que con esfuerzo uno se ha construido su retiro o segunda vivienda se convierta en una suerte de leonera maloliente. Y esto mismo es lo que se nos viene a la cabeza cuando hablamos de purín. Sí, es fácil (o debería serlo) reconocer que el abono y las energías basadas en el metano son avances en la lucha contra la contaminación, al tiempo que una fuente de empleos y prosperidad para el medio rural. Lo que da mala espina es el hedor, resultado de décadas de prácticas que, serán muy ecológicas, pero dan asco. Es la guerra entre granjeros y residentes de segunda vivienda. Los primeros obtienen beneficio de la actividad, los segundos, solo ven los perjuicios. Ojo, y esto es importante, los demás, los que no somos ni granjeros ni turistas, tampoco debemos ser neutrales, debemos ser conscientes de lo que hay en juego, que luchar contra el cambio climático, pasa, por ejemplo, por planta de biometano. En otras palabras, nuestro egoísta interés está en el lado de los granjeros que hacen bien las cosas. Eso la sociedad, y la segoviana muy especialmente, debe empezar a tenerlo claro.
Pero hay que entender también al vecino y trabajar por conciliar progreso y calidad de vida. Vaya por delante que se ha avanzado mucho en conciliar ambos mundos. Por ejemplo, la relativamente reciente legislación que obliga a inyectar el purín bajo tierra (frente al esparcido aéreo) está teniendo un resultado francamente alentador. Los “valles del olor” están desapareciendo. Al final, es una cuestión de filtros y depuración. De donde para ambas partes será siempre más constructivo dejarse de chorradas y trabajar juntos en evitar los verdaderos conflictos, que son sociales, no ambientales, y centrarse en las problemáticas reales.
Nuestra mente funciona en dos direcciones. Un análisis inicial que busca un posicionamiento rápido y otro analítico, más razonable y preciso, pero también más lento. El primero se basa en sesgos, el segundo en la racionalidad científica. Buena parte del ecologismo de trinchera se mueve solo por sesgos, básicamente, el sesgo ideológico y el naturalista, según el cual, solo lo natural es sano. Eso les lleva a, finalmente, auspiciar posiciones negacionistas que en lugar de solucionar problemas, los agravan. En Pinarejos tenemos la ocasión de luchar contra eso.














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