Hace ya algunos años, en 2012, mi llorado amigo José María de Montells, gran poeta y escritor, tuvo la feliz idea de escribir un Diccionario del Diablo, en cuyas páginas recogió las andanzas de Satanás (el adversario de Dios, el Enemigo), de Lucifer (el portador de la Luz, primer ángel caído y gobernador de los infiernos), de Belcebú (el príncipe de los Demonios, maestre de la Orden de la Mosca Dorada), de Bafomet (el Gran Cabrón, encargado de los siete infiernos), y de otras decenas de diablos menores como Asmodeo (el que tentó a Eva con la manzana y uno de los cuatro reyes infernales, tan activo en El Diablo Cojuelo, de Luis Vélez de Guevara). Tuve el honor de ser el presentador del libro de Pepe Montells, junto a Juan Van Halen y Luis Alberto de Cuenca, en la Torre de los Lujanes madrileña, en una tarde divertidísima y memorable. Y es que la atracción de las distintas encarnaciones de Satanás y sus secuaces ha sido siempre grande para buena parte de los hombres, abducidos a manera de ‘agujero negro’ por la visión enloquecedora del Mal absoluto.
Me viene lo que antecede a la memoria, al contemplar la figura, por demás estéticamente simpática y aparentemente inane, del diablejo que, salido de las mientes y las manos del escultor José Antonio Abella, colocó en 2019 nuestro Ayuntamiento, entonces gobernado por los prodiabólicos socialistas y comunistas, en lo alto de la calle de San Juan. Con la insólita oposición de más de 12.500 segovianos que, escandalizados por ese homenaje al Malo, firmaron en contra y acudieron al Juzgado -y, poco más tarde, votaron contra aquel equipo municipal, que perdió el control del municipio-. Y es que yo creo que, en esta tierra de tradición cristiana, solamente Madrid -en el Parque del Retiro- y Segovia, han osado levantar monumentos en homenaje a Satanás, pisoteando de paso todos los valores de la Civilización Occidental -con mayúscula-. Porque, aunque algunos lo quieren rebajar al rango de simple fauno de la mitología romana, la leyenda del Acueducto bien nos dice que el protagonista era una encarnación del Diablo, y no un inocente fauno.
Al hilo de aquellos sucesos de hace un quinquenio, VOX Segovia se manifestó alegando que era una medida que desagradaba a muchísimos ciudadanos, que hirió los sentimientos religiosos de doce mil vecinos, que creó crispación vecinal, y que un demonio desnudo, al lado de un colegio religioso infantil y de una imagen de la Santísima Virgen del siglo XIII, ni era ni es estético, sino un acto de mal gusto y provocador. VOX Segovia creía entonces y cree ahora que una Alcaldía no está para crear discordias entre ciudadanos, y que Segovia debe ser un modelo de concordia y respeto, y, también, de buen arte.

Es importante tener muy en cuenta, y hay que decirlo, que el monumento está incompleto: para representar la leyenda del Acueducto, recogida por los autores desde antiguo, y últimamente glosada e ilustrada por María Albarrán, le falta la figura de la Aguadora, la moza que encarna al Bien triunfante. Sin la moza es un monumento satánico, con la moza es una tradición segoviana. Esta omisión de la moza segoviana delata muy a las claras las malas intenciones de las idems, e, inexplicablemente, las de sus sucesores los ediles ‘peperos’. Porque nuestro alcalde Mazarías, que a instancias de VOX Segovia destinó 15.000 euros en los Presupuestos de 2024 para la escultura de la Aguadora y al traslado del monumento, recientemente ha manifestado que ni le preocupa su peligrosa situación -que había reconocido públicamente-, ni tiene el traslado entre sus prioridades ¡pero qué chiquillada!
Llegados a esta situación, resulta que, dejando aparte las consideraciones religiosas (tan importantes para una mayoría de nuestros convecinos), y de juicios morales (pero recordando que el pecado no es más que la ausencia de amor: Lucifer es incapaz de amar), no parece muy racional levantar monumentos a la encarnación del delincuente y del delito, como no lo sería poner estatuas de asesinos ni de ladrones, aunque de estas hay muchas por toda España. Prescindamos incluso de valoraciones artísticas: para gustos, los colores.
El caso es que este pequeño monumento ofrece un gran peligro al viandante, y muy en particular a los turistas distraídos por la contemplación del monumento, los que por conseguir una buena fotografía se aventuran a caerse desde el pretil de San Juan. También se han dado ya algunos casos de accidentes de automóviles, porque esos turistas atolondrados invaden la calzada en una curva cerrada, y tan transitada que requiere de especial atención.
El problema del diablejo Claudio, llamado así dizque por el imponente e indecente ‘ciruelo’ que arma (o porque su promotora fue la entonces concejal socialista Claudia de Santos), es, por lo tanto, un problema de seguridad pública.
Y lo es porque no hay que ser agorero para estimar que, más temprano que tarde, vamos a tener allí una desgracia mayor. Que no solamente dará pesadumbre a la víctima -si sobrevive- o a sus familiares y amigos, sino que dará una pésima imagen a nuestra ciudad, eminentemente turística, no lo olvidemos. Sin entrar a considerar las posibles indemnizaciones que un mal suceso puede acarrear al municipio, como responsable de la seguridad vial.












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