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Segovia y el monocultivo: la ciudad que no supo plantar cara al algodón

Pastores del Guadarrama.

Fue el algodón. Con una economía plenamente basada en la lana y derivados, la ciudad no soportó el cambio de paradigma y su economía colapsó. De 25.000 habitantes a principios del XVII, Segovia pasa a 8.000 al final de la centuria y a apenas 6.000 a mediados del XIX. 1850 marca el suelo, nunca estuvimos peor.

Enclavada en el centro neurálgico de la producción ovina, con acceso a madera y agua, la pujanza de Segovia fue de la mano de la lana y el cuero, que previo a la popularización del algodón, en el XVIII, era junto con el humilde lino, la hegemónica materia prima del textil. Hoy no lo podemos comprender, nuestro consumo abarca mil campos, pero hace dos siglos la gente consumía básicamente dos cosas: alimentos (que en gran medida autoproducía) y lana. El algodón era una producción artesanal y de élite, importada desde lejanos mercados, hasta que a mediados del XVIII se convierte en el gran negocio del colonialismo. Allá por 1750 Inglaterra consigue mecanizar, al principio con ruedas hidráulicas, el complejo proceso del hilado. Esta nueva tecnología disparó la oferta. Si los productores artesanales de Asia y México lograban hilar X usos en un año, con las máquinas la misma producción costaba una semana. Y la máquina de vapor y los telares industriales no hicieron sino ahondar el negocio.

Para colmo, Inglaterra y Francia, muy especialmente, consagraron sus feudos coloniales a la producción masiva del nuevo oro blanco, con territorios incautados a los aborígenes y trabajados por esclavos. De golpe, los mercados tenían a su disposición ingentes cantidades de algodón, que deparaban un tejido más suave, cómodo, más fácil de tintar. Imaginen agosto con una camisa y un pantalón de lana. Imaginen un jergón de sábanas de algodón comparado con una manta de lana. No había color.

Hubiera podido pasar que Segovia se sumara al carro. Como pasó en algunas zonas de Italia, en Cataluña, en Alemania. Pero no es tan sencillo. Para competir, en primer lugar, se precisaba una proletarización del productor. Los pañeros, encurtidores, cardadores, bataneros y toda la larga lista de oficios configuraban una red de lo que hoy llamaríamos pequeñas industrias en la que los trabajadores participaban de los medios de producción. Y además lo hacían desde un rígido reglamentarismo que, a priori, buscaba el mantenimiento del estatus de los productores. El algodón no. Al depender de costosas y tecnificadas hilaturas era el capitalista el que contrataba personal, y lo hacía al precio más ventajoso para él, tirando, al menos al principio de la revolución industrial, de niños y mujeres, para posteriormente sustituir la cadena de artesanos por proletarios. A los segovianos no les salía a cuenta trabajar así, preferían volver al campo.

Pastores de Prádena (ICT Miguel González Herrero).

Prexiste en Segovia la idea de la decadencia. De cómo la negligencia de las élites y el conservadurismo atávico del pueblo, tan anti-innovador, fueron socavando la economía local, dilapidando un legado industrial. Creo que son ideas románticas elevadas a paradigmas por los castizos noventayochistas, los Machado, Unamuno, Baroja… Topicazos que día que pasa resultan más insostenibles por más que es fácil encontrar hoy historiadores que aún los refrendan.

La realidad es que los portes de algodón y carbón suponían unos costes vitales para competir en un mercado mundial. Sin puerto de mar, sin minas, de estar en el corazón del textil Segovia pasó a la periferia más extrema. La ciudad no tenía nada que hacer, lo había apostado todo a un monocultivo lanero que la historia estaba dejando atrás al galope tendido.

Lo que no se puede olvidar, y aquí la moraleja, son los riesgos del monocultivo. Nunca poner los huevos en una misma cesta. En honor a la verdad, hay que reconocer que nuestros antepasados lo intentaron; trajeron una escuela de artillería, se intentó compensar el cataclismo de la lana con la corte de La Granja, sus cristales e industrias palaciegas. Surgieron nuevas industrias, la cerámica, la resina, la madera, que propiciaron un despegue industrial en el tercio final del XIX y principios del XX, y que, juntamente con las mejoras de las condiciones de vida, permitieron recuperar en 1910 esos 25.000 habitantes que tuvo Segovia en el XVI. La ciudad renació y así hasta 1990 en que empieza el actual declive demográfico, que no solo es una cuestión de falta de atractivo del mercado laboral, pero tiene mucha relación con el mercado laboral.

Segovia pagó caro el monocultivo. Siempre sale caro. Está muy bien ser una ciudad turística pero si algo enseña la historia son las bondades de diversificar. De reaccionar a tiempo ante la obsolescencia de los ciclos.

 

 


Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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1 Comment

  1. Pues aqui pusimos y ponemos todos los huevos en la misma cesta y la pandemia nos ha demostrado sus riesgos. No hay mas que ver los comercios cerrados de la Calle Real. Y los que abren son todas franquicias que quitan el encanto a esta ciudad. Pagaremos caro la escasa voluntad politica de finales del siglo pasado en atraer industrias y empresas.

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