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Perdiendo por la cara

Dar la cara presupone afrontar un problema, ponerle valor y determinación. Perderla -descararse- tiene en cambio dos significados en función si descaras tú o eres  el descarado. Por un lado pasarse de rosca, atrevimiento, falta de respeto.  Por el otro quedar descarado implica  quedarse con las vergüenzas al viento, abochornado pública y notoriamente.

Puras metáforas hasta que el año del covid nos ha enseñado lo que es perder la cara de verdad: llevar mascarilla, ir por el mundo enmascarado, privilegio hasta ese año de superhéroes, hoy triste recordatorio de la penosa situación en que nos hallamos.

De largo, lo peor de perder la cara acaece en la educación. Dar clases solo con los ojos es como jugar al fútbol rodillas. El lenguaje no es mero sonido, dependemos de la expresividad del rostro para connotarlo. Sin eso nuestra capacidad expresiva se reduce a la mitad. Y desde el otro lado del pupitre es aún peor. Un señor sin rostro que durante 50 minutos lanza una profusión de mensajes informativos. Es como escuchar a una pared parlante… ¿Se imaginan ustedes a sí mismos seis horas al día atendiendo a una pared que habla? Pues así de duro es para nuestros chavales, y sus maestros.

El cerebro, sin embargo, tiene trucos para mitigar este laminado de la expresividad que supone la mascarilla: Se las apaña para inventar el trozo de cara que falta. A partir de los ojos del interlocutor el cerebro imagina el resto del rostro -lo completa- y en función del tono de voz, de lo que escucha, le va dando expresividad a los mensajes que le llegan. Así de poderoso es nuestro cerebro. Y qué poco lo cuidamos.

Eso pasa especialmente cuando el interlocutor es un amigo o tipo sobradamente conocido. Aún con mascarilla, a partir de la inflexiones de voz y de lo que nos cuenta, podemos saber cuándo está de guasa, cuando triste, cuando sonríe detrás del embozo. Nuestro cerebro completa las mejillas, la boca, esa barba que a lo mejor ya no existe tras seis meses de mascarilla pero que imaginamos bajo las capas de tela sanitaria.

Con los desconocidos, en cambio, ya no cabe ese recurso y, en una de malas, nos imaginamos la cara. Que muchas veces no tiene nada que ver con la realidad.  Primer día de reapertura de bares y como tantos me fui a una terraza, necesitado de recuperar esas sensaciones perdidas. Veo a una joven que desde unas cuantas mesas más allá no para de saludarme. Como está tomando un refresco va con la cara al aire, pero no acierto a recordar. El caso es que la melena y los ojos me suenan. ¿Quién será? Primero pienso que se dirige al tipo que tengo atrás y no hago mucho caso. Ante la insistencia del saludo miro a mis espaldas, no será la primera vez que me meto en una de estas conversaciones a distancia y hago el papelón*, nadie. Caray, ya picado por la curiosidad me voy para allá. Ella se pone la careta y entonces, zas, la reconozco con nombres y apellidos, la alumna tal de la clase tal. Farfullo unos excusas poco convincentes. Me acaban de descarar con una cara que solo reconocí una vez tapada. Así de raro es todo esto. A ver si acaba.

*(Papelón. Años ha en las Cuevas de San Esteban, haciendo barra esperando a mi mujer, resultó que todo el bar mirando hacia donde estaba yo pero con descaro. Nada de soslayos ni disimulos; miradas largas y de arriba a abajo. ¿Tendré la bragueta bajada o algo peor? ¿Qué he hecho ahora?, iba pensando. Tras tentarme con discrección, -la bragueta en su sitio-  resultó que a mi lado tomaba cañas un cachas con pinta extranjera. Todo un hombretón que resultó ser el mismísimo rey Haakon Magnus de Noruega, como se encargó de ilustrarme en un aparte mi ojiplática mujer, una vez entró en el bar y me dirigió la mirada más rara que me ha dirigido nunca, o eso pensé, pues no era al plebeyo de su marido a quien miraba, sino al Magnus en cuestión, claro, o a los dos, entre horrorizada y asombrada al verlo hombro con hombro con el que suscribe. Cara de en qué lío monstruoso se ha metido ahora el tarambana del Besa… Mientras yo, ahora sí totalmente alarmado, di en pensar que me estaban creciendo las orejas, que se me hinchaba la cabeza como les pasa a los conejos con mixomatosis, que era cuestión de segundos ponerme a convulsionar y adiós Madrid. Para siempre). Recuerdos extraños de cuándo uno aún tenía cara.


Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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