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Opinión: Me apunto a religión

Carta pastoral de César Franco, obispo de Segovia, encomiando a las familias con hijos en edad escolar a apuntar a sus hijos a las clases de religión, opción por la cual se decanta el 63% del alumnado español. El prelado segoviano defiende la formación en la asignatura tanto para los creyentes como para formarse en una corriente cultural y de pensamiento sin la cual resulta irreconocible España y Europa.

Hace unos días se lanzaba la campaña que invita a padres y alumnos a inscribirse en la asignatura de religión bajo el lema «Me apunto a religión». Es preciso apuntarse si se quiere recibir clase de religión, porque los centros están obligados, por ley, a ofertarla, pero los alumnos son libres de recibirla o no. Por eso, hay que apuntarse. El curso pasado recibió esta asignatura el 63% del alumnado en España.

En la página web de la Conferencia Episcopal Española están colgados los vídeos y la propaganda de la campaña que insiste en todo lo que aporta la enseñanza de religión. Como obispo de Segovia, invito a las familias con hijos en edad escolar, desde infantil a bachillerato, a apuntarse a esta asignatura que ayuda al desarrollo integral de la persona, tanto si es creyente como si no lo es. Toda formación ayuda a crecer en el saber y en la experiencia de la vida. La religión, aún más. En la campaña de marketing se insiste en muchos aspectos: la religión, en nuestro caso la católica, está en la base de nuestra cultura desde el siglo primero en que vinieron los primeros evangelizadores, entre ellos, dos apóstoles: Santiago el Mayor y san Pablo. El cristianismo se implanta en España con el primer latido de su expansión. No podemos entender España ni Europa sin el componente de la religión cristiana, que explica tantas manifestaciones de nuestra cultura y costumbres. La religión nos ayuda a entender el arte tan rico y variado de nuestro pueblo. La música y la literatura se han alimentado de él. Y hasta las fiestas giran en torno de misterios o hechos de fe, que la religión nos ayuda a entender.

La religión no queda relegada a lo que celebramos en el templo. Influye en la vida social porque el hombre, ser social por naturaleza, no puede prescindir de sus convicciones religiosas, y las expresa de muchas maneras: en la ayuda social y caritativa, en el empeño por hacer una sociedad más justa y solidaria, en el respeto a la naturaleza como creación de Dios, en la acogida del otro, especialmente del inmigrante y del necesitado. La religión nos enseña tolerancia, diálogo, reflexión sobre el sentido de la vida y de la muerte. Nos introduce en el misterio de Dios y del hombre.

En la práctica totalidad de los 27 países de la Unión europea, la clase de religión se considera normal y necesaria para que la educación de las nuevas generaciones sea completa. El Papa Benedicto XVI dice que «la dimensión religiosa es intrínseca al hecho cultural, contribuye a la formación global de la persona y permite transformar el conocimiento en sabiduría de vida». Y añade que «la formación religiosa hace al hombre más hombre». Por eso, animo a los padres a ejercer su derecho, como responsables natos de la educación de sus hijos, solicitando para ellos la asignatura de religión. El Papa Francisco ha recordado que «la educación integral de los hijos es “obligación gravísima”, a la vez que “derecho primario” de los padres… El Estado ofrece un servicio educativo de manera subsidiaria, acompañando la función indelegable de los padres que tienen derecho a poder elegir con libertad el tipo de educación —accesible y de calidad— que quieran dar a sus hijos según sus convicciones. La escuela no sustituye a los padres sino que los complementa» (Amotis Laetitia, 84).

La religión no es catequesis, aunque esté relacionada con ella. Ésta se recibe en las comunidades cristianas y ayuda a crecer en la experiencia de la vida según Cristo. En la escuela, la enseñanza religiosa pretende hacer comprender que la fe es «razonable», es decir, pertenece a la condición humana, y nos ayuda a entender nuestro destino en el mundo desde una perspectiva abierta al horizonte trascendente de Dios. Sin el estudio sistemático de la religión podemos caer en el fanatismo o en la ingenua credibilidad. No hay oposición entre fe y razón. Todo lo contrario, ambas se requieren mutuamente si el hombre está dispuesto a desarrollarse sin podar ninguna dimensión de su vida. ¡Cuántos científicos han sido hombres de profunda fe! Y ¡cuántos intelectuales han echado de menos poder creer!

Los obispos españoles hemos invitado en muchas ocasiones a que la familia, la escuela y la parroquia estén en íntima relación por el bien de los niños, adolescentes y jóvenes. La educación religiosa que empieza en la familia y continúa en la parroquia, tiene en la escuela un lugar privilegiado. Por ello, invito a padres, sacerdotes, profesores y catequistas a trabajar juntos en el desarrollo de la personalidad, humana y cristiana, de las nuevas generaciones. La formación religiosa les ayudará a crecer en libertad, a dialogar en una sociedad caracterizada por el pluralismo, incluido el religioso, y a defender sus propias convicciones con argumentos basados en el verdadero conocimiento y no en simples tópicos que desfiguran la realidad. Necesitamos hombres y mujeres libres, con la libertad de hijos de Dios, que hagan de este mundo la casa común donde el respeto a las convicciones religiosas propias y ajenas sea un signo de verdadero progreso social.

Animo a todos a implicarse en esta apasionante aventura de la educación para que no ocurra lo que decía nuestro gran escritor Baltasar Gracián: «hombre sin noticia, mundo a oscuras».

Artículo de César Franco, obispo de Segovia.

Author: Opinion

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