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Opinión: Artesanía, realidad más allá de las palabras

Una melodía resuena en el silencio de la casa, va tomando cuerpo hasta que finalmente alguien despierta y con un ademán detiene la música. Los ojos aun transitan entre el sueño y la vigilia, cuando se incorpora para comprobar los mensajes en el mismo artefacto y con un movimiento semiautomático, responde al reclamo de un punto rojo numerado en el anagrama de facebook….

Esta podría ser una descripción novelada de los despertares de miles y miles; de millones de personas, que nos hemos habituado en muy poco tiempo, al omnipresente bucle de las tecnologías de la comunicación, que en nuestros días lo invaden todo. En contraste con esa absorbente virtualidad, pretendo hablar en este artículo de algo totalmente contrario, de algo viejo, de algo que no se realiza mediante una pantalla; que hunde sus raíces a través de los siglos; pretendo hablar de artesanía; de esos trabajos que obligan a las manos a convertirse en entes pensantes.

En el relato normalizado, los oficios artesanos siempre despiertan el interés y la simpatía del mundo político y más allá de este, de la mayor parte del público que tiene la oportunidad de contemplarlos, en cualquier evento ferial en el que se hacen presentes. Ceramistas, herreros, tejedores, plateros, curtidores, guarnicioneros, ebanistas, cereros, tallistas, carpinteros, orfebres, marroquineros… un sin fin de palabras, que en más de un caso no consiguen descifrar su significado en el entendimiento de la mayoría de la gente; porque poco a poco los afanes y saberes de los que las daban sentido, se han ido perdiendo en el tiempo. Quizás por eso, al mundo artesano le envuelve un alo a medias nostálgico y a medias romántico, que dibuja sonrisas de beneplácito entre los observadores, consiguiendo un instante de complicidad entre el posible cliente y el artesano de turno. Y he dicho “un instante”, porque tras unos pocos segundos la cruda realidad se hace presente y el paseante sigue su curso, devolviendo al sueño de los justos, lo que antes le captó la atención.

El mundo de los oficios artesanos vive inserto en una dinámica económica y social, que le es absolutamente ajena y que a penas le deja espacio para la supervivencia; como tantas otras cosas que basan su razón de ser en la aportación personal; en el amor por los trabajos bien hechos; la artesanía no encuentra su norte, en una realidad que solo entiende de números, de maximización de beneficios, de rentabilidad inmediata. Así, cualquiera de los insensatos que dedicamos nuestras horas a estos oficios, vivimos en un constante dilema existencial, preguntándonos un día si y otro también, si no seremos una panda de gañanes fuera de sitio. Después con la vuelta al trabajo, las manos van dando forma a nuevas piezas y todo se recompone para cobrar sentido una vez más.

Y ya insertos en requiebros emocionales, podemos empezar por reivindicar la valía y la dignidad de estos oficios, que asientan su derecho a existir, en cuestiones tan importantes como el acervo cultural; el freno a la vorágine consumista; el cultivo por las cosas bien hechas y duraderas; la libertad de cada cual para elegir su modo de vida, más allá de la servidumbre obligada a las grandes corporaciones, que nos dibujan los profetas del sistema; la preservación de un enorme bagaje de conocimiento humano, que raya en muchos casos la extinción;…

En el escenario dibujado, se esboza ya el primer y principal cáncer, que afecta al mundo de la artesanía (y a muchos otros campos igualmente) y no es otro que la estructura económica neoliberal que nos envuelve y que pone en manos del gran capital, los hilos directores y los instrumentos para gobernar la mayor parte del movimiento económico, dejando muy poco cacho a la iniciativa individual y convirtiendo a esos que ahora llaman emprendedores, en una especie de Quijotes, que en la mayor parte de las ocasiones, terminan estampándose contra molinos (quien dice molinos, dice bancos, dice eléctricas, dice agencia tributaria, dice grandes cadenas de distribución,…); aunque en los programas que en estos días aparecen como setas en televisión, cuenten cuentos de color de rosa, cuando hablan de estos temas.

En esta tesitura podría decirse que la línea más importante a seguir, para afrontar los problemas de los artesanos (y por contagio los del resto de la gente que se gana la vida “trabajando”), tienen que ver con generar un marco económico y social, en el que los conceptos que se manejen sean la sostenibilidad en el uso de los recursos, la calidad en el trabajo, la integración social, la economía de proximidad y la eficacia en el manejo de estas ideas; porque mucho más eficiente que las pequeñas ayudas económicas, que en ocasiones pueden ofrecer los estamentos públicos; es procurar que los que emprenden una actividad, en este caso en el sector artesanal, tengan un espacio en el que sobrevivir, es decir, una clientela a la que puedan acceder.

Una buena manera de empezar este camino, sería ejercer un control sobre las importaciones, que tenga que ver con las condiciones en las que se producen multitud de artículos en otros países; exigiendo que tales condiciones incorporen ideas como el derecho a la sindicación; la limitación de jornadas; el acceso a un sueldo digno; la garantía de derechos fundamentales como la salud o la educación; la conciliación familiar y laboral; la igualdad de género;… Una serie de medidas encaminadas a que no sea la norma, que aparezcan en nuestro mercado productos a precios irrisorios, sin que nadie se pregunte cuantas lágrimas derramadas y cuanta injusticia hay detrás de cada uno.

Pasando del ámbito macro económico a un nivel más terrenal; podemos afrontar cuestiones de carácter práctico, que están poco desarrolladas y que inciden en la generación de un marco más favorable hacia los oficios artesanos:
Uno de estos perfiles es el de la educación; resultaría imprescindible desarrollar nuevos espacios e incentivar los ya existentes; que se dediquen a la formación en el terreno de los oficios artesanos; facilitando la incorporación de gente nueva a estos gremios y ofreciendo lugares donde la preparación y la mejora en las técnicas de cada rama, sea viable y asequible. Precisamente este tipo de iniciativas, resultan perfectamente idóneas para establecerse en el medio rural y huir de esta manera de la tendencia centralizadora instalada casi por sistema en la política.

Otro aspecto interesante, tiene que ver con el otro extremo de la cadena, es decir, con ir estableciendo mercados artesanos, perfectamente combinables con sectores como el de la agricultura y la ganadería ecológica; que de manera regular se vayan instalando a lo largo y ancho de la geografía y a lo largo y ancho del calendario y no como un evento pintoresco de seres extravagantes, que más bien es lo que ocurre ahora. De esta manera se conseguiría visibilidad para estos espacios económicos y se facilitaría que los consumidores, cuenten con una alternativa a la vorágine envolvente del camino de lineales de supermercado; o en otras palabras, es necesario recuperar hábitos perdidos, en los que el movimiento económico tenía raíces cercanas y no era necesario llevar a largos viajes a los productos, antes de echarlos a la bolsa de la compra.

Los dos puntos tratados en los párrafos anteriores, implican al estamento político, en el sentido de generar espacios e infraestructuras, que posibiliten marcos favorables al desarrollo de las actividades artesanales; pero igualmente es un elemento de importancia vital, el hecho de hacer virar 180 grados el funcionamiento de las administraciones públicas; que hoy en día se conciben en buena parte como una especie de curia inquisitorial, que va dando de gorrazos a los sufridos ciudadanos, en base a unas normativas tan rígidas y tan poco adaptadas a la realidad de la gente; que son fuente continua de dificultades injustificadas. En este sentido, es necesario que estructuras como la agencia tributaria, la seguridad social u otras muchas, tengan un papel de apoyo mucho más intenso en la actividad de cualquiera y especialmente en la de los que apuestan por poner en marcha un proyecto.

Igualmente interesantes, aunque ya más contempladas, son iniciativas que tienen que ver con la preparación en el ámbito de la gestión de negocio o en la comercialización a través de internet y redes sociales; vehículos estos últimos que aunque cansinos, resultan ahora mismo ineludibles y que pueden cumplir una función clara de difusión del trabajo de cada cual. A partir de estos mimbres se pueden estudiar ayudas económicas directas al emprendimiento; pero sin el marco adecuado, estas caerán en saco roto de manera inevitable.

En conclusión puede decirse que sin un espacio de supervivencia, la actividad artesana está condenada a la miseria y a la muerte y que por el contrario si se le permite tener aire con el que respirar, tendrá la oportunidad de encontrar su sitio en este mundo tecnológico e industrializado, aportando un punto de vista que sin duda tendrá que ver con el arte; con el valor de las tradiciones y con un enfoque más humano de la existencia. La realidad de este comienzo del siglo XXI, nos ha causado una pérdida de sensibilidad muy considerable, a la hora de valorar el trabajo y el esfuerzo que requieren las cosas, de tal manera que casi nadie identifica cada producto que consume, con las manos de la persona que le dio forma; más bien al contrario, los valores de las cosas se administran en términos especulativos y esta situación tiene consecuencias; miseria y desigualdad y deterioro medioambiental, son dos de ellas.

Artículo de opinión de Juan Ramón Aguado Cabrero. Miembro del Grupo de Podemos Rural de Segovia

Author: Opinion

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