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Dónde contagiarse de covid

Esperando tanda en el Pedro Delgado, uno reflexiona sobre la triste situación en que nos hallamos. Sin bares, enmascarados, confinados y pacientemente formados en filas para ser hocicados por la autoridad. ¿Cuándo volverá el tiempo feliz de morros a la vista y compartir bacilos en la barra? Consuélate, me digo, que en China ya empiezan a hablar de cribados anales. Un país, dos sistemas…  ¡Viva la democracia!… Reconfortado con este cívico pensamiento, ofrezco mis fosas en patriótico sacrificio a una bigarda vestal de punta en blanco. Ni hola ni sutilezas. Humillo napia ante la ciencia y la fortachona del dorsal 14 me encaja el hisopo por el pitón derecho, que siempre ha sido mi fosa buena, metesaca limpio. Por la izquierda pierdo, que lo sé, y no me extraña salir del trance sangrando. Hombre previsor, llevaba un pañuelito.

Y mientras me repongo del bajonazo vuelvo a meditar en lo poco que sabemos de este virus de las narices. Por ejemplo. ¿Dónde se contagia uno? Para infectarse -sigo barrinando- es preciso exponerse a una sustancial dosis de virus. A ver, esto de la medicina es una campana de Gauss afinada por  siglos de experiencia en la sanación práctica. Así que casos habrá del señor que por mala suerte quedó infectado por la mínima, y del que rebozado en virus durante horas salió curado de la presbicia. Pero en general se precisa un contacto continuado con un infectado para enfermar. Cuanto más carga viral tenga el contagiador, menos tiempo de exposición necesario.

La cadena suele empezar con la mejor voluntad, visitando a un pariente, pues ya se sabe que no hay buena obra sin castigo. Una cervecita en la cocina, algo de picar… Cinco días después el cuerpo entra en niveles críticos de virus, si soy asintomático sentiré un cierto dolor de cabeza. A veces ni eso.  Nada importante, cae mi mujer, luego un compañero del curro con el que estuve montando un vídeo encerrado en un pequeño cuarto durante una hora larga. Que se lo pasa a su “unidad convivencial”. A veces el brote se corta ahí, otras prosigue y cuando ya llevamos 25, uno de nosotros tiene que ingresar en planta medio ahogado, y cuando llevamos 200, dos han dejado el sindicato. Así va esto.

Así que sanitariamente la cosa está clara. Parar esto, fácil. Todos encerrados en una caja 20  días sin contacto humano bajo amenaza de cribado anal. Luego recuento de vivos. Como en Wuhan. Pero como sea que cuando digo todos digo el planeta entero y esto no es viable, habrá que ir pensando en otra cosa. ¿Colapso hospitalario versus colapso económico? Esta es otra. Hasta que vía vacuna consigamos el deseado efecto rebaño -y ya tiene su cosa que la salvación sea, por una vez y JEMAD aparte, devenir rebaño- todo indica que habrá que lidiar con oleadas, picos y valles. Una macabra montaña rusa.

A Igea, en ausencia de Mañueco, le toca evitar el colapso hospitalario, y es normal que el hombre se bata por maximizar el confinamiento. Si tienes un bar, las explicaciones al maestro armero. Pero tampoco está claro que, llegados ciertos niveles de contagio, confinar sea efectivo. Portugal confinó en navidades, y nada… En Segovia llevamos dos semanas recogiéndonos a las ocho, y empieza a bajar la cosa, quiero pensar. Pero en Madrid han estado con bares abiertos, metros a tope y con nieve hasta la ingle y les ha ido mejor sino parejo. Con esto del virus nada es así o asá. Todo es complicado.

Sabemos poco de la mecánica del contagio, que me parece una cuestión tan antropológica como sanitaria. Hay que limitar los careos de larga duración a los que hacen vida contigo, bajarse la careta solo en casa. Y con el resto evitar encierros en espacios pequeños y aún en espacios más amplios limitarlos al tiempo indispensable. ¿Lo hacemos? Por lo visto muy mal, me digo mientras observo a dos abueletes libando coñac en una de las pocas terrazas, una hora larga de charleta con la careta fuera y jeta con jeta a menos de dos palmos.

Probablemente no sabemos. No sabemos decir que no a acudir al velatorio del padre de nuestro mejor amigo. ¿Acaso deberíamos? No sabemos decir que no al jefe cuando nos pide  meternos en una sala de vídeo a terminar un montaje con otros dos tíos a uno de los cuales le duele la cabeza, “pero tranquis, me pasa muy a menudo”. O te toca ir al notario, o al fisio. O llevar al hijo que tras 10 días sin ver a los amigos te pide por Cristo que le lleves al centro. Hay quien no puede ni siquiera hocicarse porque cobra al jornal y la mera posibilidad de confinarse le supone el tercer impago de hipoteca y otro recibo de la luz en el aire. Hay quien cree que todo es un cuento chino (“¿alguien ha visto al virus?”). Y hay -lo juro- para quien esto de dar positivo “¿es lo bueno no?,  sino sería negativo. Como Hacienda (sic), ¿verdad?” Se le explica que no, que está tonto perdido y que haga el favor de quedarse en casa. Se avisa a la poli, controlen a ese loco, y va el poli a controlarle en casa a las 11 del mediodía y se lo encuentra en el rellano con la bolsa del pan. “Es para lo único que salgo, para eso y para ir al fisio, pero me han dicho que se puede ¿no?”.  Y es un buenón, tonto del culo eso sí, siempre lo ha sido;  creo que covid que pasa covid que pilla y habrá matado más que el Cid. Hay quien saldría todas las tardes a dar la chapa a las vecinas aunque fuera para pasear entre cadáveres en plena peste bubónica del siglo XV. “Si no salgo me deprimo”, dice, y será verdad. Hay quien busca culpables, mayormente entre el Coletas si de aquí y Díaz Ayuso si de allá. Los encuentra y vocifera en las redes. Derecho al pataleo. Para mi madre la culpa es de Puigdemont.

Hay gente para todo, es lo que tiene la humanidad. Mejor quedarse en casa, otra vez, y mañana abrirse de fosas ante el número 14. A ver si hay más suerte y no sangro. Y esperar acontecimientos. Pasa una hora del cribado y, oh fatalidad, suena el móvil con número desconocido. “Es el fin”, pienso. No, es el de Amena. Mi hija se queda lívida porque me oye lamentar “no me jodas, tío no me jodas” y colgar más que cabreado. La tranquilizo. Pasa cosa de diez minutos y vuelve a llamar otro número de los largos. ¿El de Amena otra vez? Pues no, el de Yoigo. Esto no es vida.


Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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4 Comments

  1. Entre la desazón y la clarividencia. Buen artículo. Ánimo a todos.

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  2. Buen artículo , amigo.
    Empiezan a darse cuenta de que no es todo como se dice , ni como se actúa .
    A veces pienso que lo hacen por si aciertan.
    Unas veces si, otras veces no.
    A los afectados de la Hosteleria : se puede reclamar patrimonialmente al estado .
    Simon , a temblar.

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  3. Excelente artículo en el primer aniversario del primer contagiado de covid-19 en España.
    Concretamente en La Gomera.
    Después del primero, llegó el segundo de los “uno o dos casos” que auguró el sin-verguenza Simón,…… y el tercero, y el cuarto,…… y así sucesivamente hasta los casi ¡¡TRES MILLONES!! de contagios……. y ¡¡75.000 MUERTOS!!…… y aún no hay nadie en la cárcel.
    Y la pesoe puede ser el más votado en Cataluña.
    Cágate, lorito.

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