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Catedral de Segovia: el «cajón de sastre» devuelve tres tesoros más

Capilla de Santa Catalina

Un Pantrocrator policromado románico, un retablo gótico de Frumales y una Caridad Romana del XVII, son los tres restaurados tesoros que exhibe la Catedral de Segovia y que el deán del Cabildo, Ángel García Rivilla presentaba el 24 de octubre a los medios de comunicación. La restauración ha corrido a cargo de Paloma Sánchez y Graziano Panzieri, con una inversión próxima a los 45.000€ que sale de la venta de entras por la visita de la seo.

Las tres piezas se ubicaban hasta hace unos meses en la capilla de Santa Catalina, que hacía las veces de museo y «cajón de sastre» hasta la conversión del Bajo Claustro en un espacio propiamente habilitado para la pinacoteca. La idea, como señalaba García Rivilla, y como viene haciendo la sede desde hace 30 años, es ir recuperando toda esa imaginería cristiana –Bliblia pauperum, inicialmente concebida para adoctrinar a un pueblo iletrado- cargada además de valor artístico. Y hacerlo desde un planteamiento museístico moderno. De ahí que Santa Catalina, otros 145.000€ mediante, esté ahora en obras. Se han saneado cubiertas y paredes, muy castigadas por la humedad. El espacio estará ahora más de un mes secándose. La idea es decorarlo posteriormente con orfebrería y tapices dando protagonismo a la «estrella» del conjunto, la tumba del Infante don Pedro, el hijo de Enrique II que según la leyenda se precipitó Alcázar abajo en 1366.

La tumba fue trasladada en 1558 de la vieja y arruinada catedral, a la nueva. Lo mismo que uno de los tesoros presentados ayer, el Pantocrator, y que luce ahora en la pared previa a la capilla del Santísimo. Se trata de una talla policromada de inequívocos aíres románicos. Su rareza estriba en que en la época estas imágenes solían pintarse en el altar mayor, la de Segovia es de madera y, básicamente su restauración ha pasado por una limpieza integral.

El retablo de Frumales, como el nombre indica, procede de una ermita de la localidad segoviana. Fue adquirido por el cabildo en los años 60, a instancias de una canónigo que supo reconocer la gran calidad de la pieza a pesar de que le falta la pieza central. Sin embargo es una muestra perfecta de la imaginería tardo gótico  con un  cromatismo  revivido  tras  su  paso  por  el  taller.  Arriba,  Pedro  y Pablo  flanqueando  una  crucifixión. Se  sospecha  que  la  imagen  central era una Virgen, en consonancia con las escenas de san Joaquín y santa Ana, a un lado, y de la presentación de Jesús, al otro. En la parte inferior, las tres mártires, Lucía, Agueda y Apolonia. La rehabilitación ha consistido en limpiar la pintura, quitar purpurina y suplirla por pan de oro. Se mantienen los vacíos originales.

La tercera pieza es todo un clásico de la pintura barroca, una Caridad Romana que, como las anteriores, pasaba sin pena ni gloria en su anterior ubicación en Santa Catalina. Es un tropos recurrente en la pintura de la época (Caravaggio, Rubens, Murillo). La leyenda referida por Valerio Máximo habla del viejo Cenón, condenado a morir por inanición. Cada noche, su hija Pero le visitaba y le daba de beber de sus propios pechos. Tras conocer la historia el césar se conmovió y perdonó al famélico padre. En el XVII era un paradigma de la «caritas», una de las tres virtudes teologales junto a la Fe y la Esperanza.

El mayor de los misterios envuelve la pieza. Se desconoce autoría y procedencia. García Rivilla especulaba sobre una posible donación, no hay datos en el archivo que permitan saber más. Sin embargo, la composición es idéntica a otras dos existentes en la Abadía de Montserrat y Polonia, esta última atribuida a Johan Karlo, las tres parecen haber salido del mismo taller. Mediados del XVII. La de Segovia luce ahora en las escalinata de la sala capitular.

 

Author: Cultura

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