Como admirador de Álex de la Iglesia me complace informar que con Mi Gran Noche, Álex ha vuelto.
El cine de Álex de la Iglesia es especial. Tiene mucho ritmo, potencia visual y sabe situar historias frenéticas en contextos poco trillados y que además me deparan una cierta sintonía generacional. Pero hasta ahí. Adolece, también, de una notable querencia al desparrame, así que sus últimas películas (Balada Triste de Trompeta, La Chispa de la Vida y Las Brujas de Zugarramurdi), aunque con interesantes planteamientos iniciales y contundentes decorados, terminan en pestiños víctimas del exceso, de esa querencia al mortadelismo, al cómic punk ochentero, al despiporre argumental. Elementos que como los dry-martinis de 007 hay que saber agitar, no mezclar (eso dice Bond, James Bond).
Pero que el director vasco tiene el raro talento de hacer buenas películas es innegable. De manera que normalmente, a veces a mi pesar, le doy una oportunidad. Y con Mi Gran Noche no iba a hacer una excepción. Esta vez tenía serias esperanzas de que la cosa no desbarraría como en esos insoportables capítulos de Plutón BRB Nero (lo peor que he visto en la tele desde El Hotel de las Mil y Una Estrellas).
Y ¿saben qué? Acierto total. Carcajadas, buen cine, tremendos actorazos. Y eso que el argumento es 100% De la Iglesia. Cargas policiales, platós setenteros, persecuciones surrealistas y final a lo Mortadelo. Pero esta vez… ¡funciona!
La razón, a mi entender, está en el contexto, al situar la trama en el mundo de oropel del tedioso rodaje de un especial de Fin de Año. Donde todo es mentira, desde el champán de las copas, al tubo de semen que esconde la choni poligonera, desde el play-back a la euforia de figurantes a 50€ el día. Es en ese contexto y solo en ese donde podría funcionar y de hecho funciona el argumento propuesto. Como todo es mentira la parodia no pierde un ápice de credibilidad en casi ningún momento (hombre, tratándose de De la Iglesia, alguno hay). Una película coral en la que salen a relucir las vergüenzas de estrellas y estrellados.
Porque el gancho comercial quizá sea Raphael reinterpretándose en la persona de un maquiavélico Alphonso, pero lo cierto es que el peso de la peli se sustenta en el trabajo de lujo de todos y cada uno de los actores del reparto. Que todos lo hagan tan bien solo puede ser cosa de una magistral dirección actoral. Y destacando de entre el resto, que es mucho destacar, un brutal Mario Casas, en funciones de Adanne, pseudo mongólico y fornicador compulsivo, cantante de electro-latino, y un buenón con paja en la cabeza. Su versión paródica de esa pesadilla verbenera del torero de Chayanne, solo que en vez de torero, bombero, me arrancó lágrimas de risa. Hacía años que no veía yo un gag tan retumbante. Grandes también Pepón Nieto, Carmen Machi, Carlos Areces, el segoviano Luis Callejo, Terele Pávez o Tomás Pozzi, aunque nada novedoso que brillen, realmente son mega-cracks de la intepretación. Pero ver a Carolina Bang o a Hugo Silva bordándolo (otro plano antológico, una discusión conyugal de camerino y la cámara se ensaña en los ojos hipnóticos de Carolina Bang, realzados por un maquillaje de mariposa) ya son palabras mayores. Todos están de diez, hasta Santiago Segura y Enrique Villén, que resultan quizá los más damnificados del elenco. Y creo que en esta película, donde tan fácil es sobreactuar, el trabajo de los actores es la tecla de la credibilidad.
Una película, por tanto, que recuerda al mejor Berlanga y a esas comedias falleras que clavan la mirada lucida del humorista en las miserias del mundo. Película redonda que restaura el 100% del crédito de uno de los más talentosos directores de cine que conozco.

















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