1 – Discutir desde el cariño
El primer consejo es discutir desde el respeto y si puede ser desde el afecto a Cataluña, mejor que mejor. Nada más triste que un energúmeno monolingüe tratando de convencer a un catalán de que su cultura es de segunda división, su historia de tercera y así… Si está usted en esa idea, por su propio bien, deje que los que sabemos de esto hagamos nuestro trabajo, y limítese a discutir de fútbol.
2 – Renunciar al nacionalismo español
No se puede discutir el nacionalismo catalán desde el nacionalismo español. Para empezar, el propio concepto de nacionalismo es difuso y poco serio. ¿Qué es ser nacionalista? Al final, un nacionalista no deja de ser un chauvinista, que muy legítima y equivocadamente piensa que todos los países son una mierda menos el suyo. En el debate con un nacionalista catalán este hecho se agudiza. El nacionalismo catalán se ha construido contra España, del mismo modo que el nacionalismo español llega a su auge ninguneando cuando no aplastando los regionalismos periféricos. Créanme, compitiendo por la banderita más mona no solo no se persuade a un independentista sino que se le fortalece. Es una cuestión de retroalimentación. Por cierto: tampoco se rebate dialectalmente al nacionalismo desde el legalismo. “No se puede porque no es legal”. Eso es trampa.
3- Victimismo
El “nuevo independentista” basa su conversión en cientos, miles, millones de supuestos agravios. Ni en la historia, ni en la cultura, ni en la raza, ni en otra cosa que la victimización permanente. Es el verdadero punto de bóveda del independentismo. Llegados aquí es difícil para un neófito ni tan siquiera arañar en el blindaje victimista catalán. Durante décadas, los medios de comunicación catalanes no han hecho otra cosa que acumular supuestas desgracias llegadas
desde España. Desde el déficit fiscal al agravio idiomático, de la ley Wert a las autopistas, del recorte del estatuto de autonomía a las infraestructuras radiales. Cualquier declaración anticatalana ha sido debidamente amplificada y extrapolada. Créanme, salvo especialistas consumados poseedores de una cultura enciclopédica, les aconsejo no entrar al trapo en los temas concretos, pues acabado con uno le vendrán con dos más, y así hasta que usted tenga que reconocer que no tiene ni idea de lo que le están contando. En su lugar, realice una finta por metalenguaje. ¿Me podrías explicar qué diferencia hay entre el victimismo turolense y el catalán? ¿Qué problemas tuyos no son culpa mía? El victimismo es una técnica de comunicación empleada desde el poder para desplazar su responsabilidad sobre el otro a partir de lecturas deformadas de la realidad. Universalice los problemas. Si al abuelo de su interlocutor le obligaron a llamarse Enrique en lugar de Enric no es una cuestión exclusivamente atribuible a la ideología nacionalista (sin especificar) sino a tendencias de unificación promovidas por cualquier estado nación. Eso pasó en Italia, en Francia, en Reino Unido, en Galicia, en Aragón. Un catalán no es un ser que sufra el poder central más que cualquier otro.
4- Especialícese en un tema
Con todo, no le será tan fácil cerrar el capítulo del victimismo. Aconsejo especializarse en algún tema. Uno muy manido es el de las autopistas. Un catalán está genéticamente configurado para pensar que solo los catalanes pagan autopistas y que las autovías de toooooda España se han construido sobre el sudor catalán. Es un tópico fácil de rebatir (para mí, Segoviano adoptivo que soy, chupado: las dos únicas autovías a mi alcance son de pago). Piense por ejemplo en las rondas de Barcelona, construidas al 100% por el gobierno central, en tanto el soterramiento de la M-30 lo ha pagado (a golpe de deuda, bien es verdad) el ayuntamiento de Madrid. Si el contertulio se lo pone duro (que se lo pondrá) sorprenda. ¿Sabe nuestro amigo que la A2 catalana fue un empeño del PSOE, combatido, obstaculizado y retrasado con saña por la entonces explotadora de la AP2, La Caixa, con todo el apoyo de Convergència y ERC? Vuelva al apartado anterior, el victimismo es una técnica de desplazamiento de la responsabilidad al otro.
5- Evite discutir sobre las causas
Discutir sobre causas es estúpido. No existe una causa única y, al final, todo debate causal es un relato articulado por la ideología del interlocutor (y la de usted también). Vaya a las soluciones. Trate de que el interlocutor entre en la interacción de propuestas. Si hay un problema de financiación ¿es la mejor solución obligar a las empresas a una doble tributación fiscal? ¿tan difícil es encontrar un punto de encuentro? ¿un concierto a lo vasco no permitiría superar esa situación?
6- Centre el debate en las consecuencias inmediatas
Existen pocas posibilidades de convencer a un independentista, pero las pocas que hay pasan por introducir cuñas de falta de realismo en el relato nacionalista a partir de las consecuencias. ¿Cómo se gestiona una cuenca hidráulica compartida desde dos estados soberanos? Obviamente con un ente gestor común. ¿Cómo un sistema de pensiones conjunto? Los territorios de España comparten una realidad socieconómica totalmente interconectada por la historia y la cultura. Ahí descansa nuestro futuro. Aplicarle dos sistemas legislativos, dos judiciales, dos modos de gestión a un mismo ámbito ¿abarata o encarece? ¿simplifica o complica? Siembre dudas.
7- Personalice
Uno de los mitos nacionalistas es que sea lo que sea lo que se discuta con la independencia mejorará. Cataluña sería tan rica como California sí…. Cataluña sería la región más avanzada de Europa si… No se puede debatir racionalmente sobre condicionales. En su lugar personalice. Si nuestro interlocutor es abogado, pregunte si no le importa que en un futuro no pueda litigar en Zaragoza. Si ha trabajado algunos años fuera, si no le importa que su futura pensión dependa de dos gobiernos, ante uno de los cuales carecerá de cualquier representatividad. Si es profesor universitario, pregunte cuántos alumnos de fuera de Cataluña tiene y cuántos puestos de trabajo perdería su facultad si estos se van. Si es de Omnium Cultural, pregunte desde dónde se protegen mejor los derechos lingüísticos de los catalano-parlantes de la Corona de Aragón ¿Desde Barcelona?
8- Póngase de ejemplo
No dude en ponerse usted mismo como ejemplo de lo que puede perder con la independencia de Cataluña. Va a perder, por ejemplo, la plenitud de derechos cívicos que ahora la ley le garantiza al establecerse en cualquier rincón de Cataluña. El interlocutor le dirá “ya verás cómo no. No vas a notar nada”. Entonces sacuda. Nada, claro, solo que si nunca me vengo a vivir a Cataluña no tendré la ciudadanía, ni mis hijos. Tendré que irme a Extranjería a sacar papeles, pedir permisos de residencia, de trabajo… No puedo votar. Pierdo toda una retahíla de derechos que hoy por hoy tengo y que tú, basándote en nosequé, me quieres quitar. “Qué va hombre, yo no te quiero quitar nada, tendrás tantos derechos como yo”. Ya, pero eso, con la independencia, solo lo decides tú, ¿no? Y por cierto, ¿quién eres tú para decirme a mí en qué calles soy extranjero y en qué calles lo dejo de ser? Digo yo que algo tendré que decir al respecto, ¿o no?
Acaba usted de llegar al corazón de la cuestión. España es un nosotros. Cataluña es un nosotros menos tú y tú y tú y tú…













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