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Valor, coraje y a los toros

toros2Con el permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide (que no parece) el próximo domingo iré a los toros. Puede que antes, a las 12, me asome por Fernández Ladreda (¿se sigue llamando así?) donde el colectivo vegano segoviano tiene previsto echarse en bragas y rebozados en tomate a modo de protesta por la realización en Segovia de fiestas taurinas (aquí el comunicado). Curioso, a la misma hora, mismo lugar, habrá un “encierro infantil”, ya saben, niños corriendo ante un carretón tirado por un payaso, lo cual tampoco ha gustado a este colectivo, tan difícil de contentar.

En otras ocasiones ya he polemizado con los argumentos filosóficos a mi alcance contra el animalismo, entendido como visión mascotizante de la naturaleza propia de una sociedad urbana, tan plastificada como decadente. Hoy pienso hablar de por qué me gustan los toros.

Lo que más me gusta de los toros es que sintetiza y me proyecta hacia una cultura en extinción, una cultura que admiro, una cultura milenaria. La visión ganadera de la naturaleza.

Todo empezó hace 10.000 años, cuando el hombre aprendió a explotar racionalmente unas pocas especies de rumiantes. El cambio fue brutal. Hoy en día los historiadores ponen en duda que fuera un progreso. Ocurrió que la caza empezó a escasear, surgieron actividades como la agricultura -gracias a la cual los veganos comen tofu-. Hubo una singularidad tecnológica. Nuestro mundo cambió. Los toros me permiten asomarme a ese caudal de conocimientos.

En algunas partes, especialmente Castilla, la ganadería se convirtió en el principal motor económico. Fruto de todo eso es una manera de ver la naturaleza con sus luces y sus sombras. El toreo tiene mucho de selección genética, de doma, de trato con animales, y por supuesto, de sacrificio, de muerte. El matar al astado por delante y con una espada tiene por razón que es la forma más peligrosa de sacrificar a un animal, por añadidura dotado de agudos cuernos. Engañarlo con un capote nos retrotrae a otro mundo, cuando solo la agilidad y la astucia te podía salvar de una cruel herida.

encierros2Hoy a nadie admiran los viejos conocimientos. “No sirven de nada”, dicen los ignorantes. “Son sangrientos vestigios del pasado”. Y así nos va. La gente de ciudad reconocemos cientos de logotipos pero apenas sabemos distinguir un pino de un pepino. Creemos que la carne, esa misma carne en bolitas que dan los veganos a sus perros, es un proceso fabril más.

Porque soy ecologista me gustan los toros. Y porque soy ecologista y conservacionista me parece del peor gusto esos muros virales donde la gente cuelga fotos de sus perros y gatos, asimilando atributos humanos a las pobres bestias -pobres bestias castradas, reducidas a una anormalidad de por vida por un condicionamiento etológico pecaminoso, cruel y con un mero fin distractivo. Frente a tamaño egoísmo, me pregunto ¿cómo osan hablar de crueldad en la tauromaquia? Al menos se callaran…

El perro que espera no se sabe sobre la tumba de su dueño es una pobre alimaña a la que el difunto arrancó la capacidad de autogestionarse que le dio la madre naturaleza. El lindo gatito que nos mira contrito y con ojos como platos es un bicho que no duda en matar a las camadas de sus rivales. Pura química y conducta animal impuesta a golpe de premio y castigo. Reservorios afectivos donde el hombre -con toda legitimidad, ojo- trata de encontrar unas gotas de cariño inducido. Pero claro, cuán fácil resulta caer en el integrismo filosófico cuando apenas te has leído dos libros, y todos de tu cuerda. Lamentan la visión sanguinolenta de una res al final de la corrida; no veo yo fotos de ratas reventadas a venenos por parecidos prejuicios culturales.

toros1Es la visión mascotizante de la naturaleza. Particularmente nervioso me pone el tipo que en su deriva filosófica pone en pie de igualdad hombres y animales. “Taurino de mierda, ¿por qué no le clavas banderillas a tus hijos si tanto te gusta?”, me dice alguno. “¿Por qué no te cortas tú los cojones, como has hecho con tu perro?”, me dan ganas de replicar. Pero no, en su lugar, aquel dicho de Santo Tomás, el Ser se da analógicamente, en proporción… La cultura igual.

La cultura light, el culto a lo superficial, es la hija de la posmodernidad. ¿En serio alguien le gusta esa visión disneyiana de la naturaleza?¿En serio parece minimamente creíble? No sé. Debo ser muy raro. En este mundo vegano-animalista yo no hallaría paz ni en el mejor de los días. No puedo ya con la adolescencia filosófica.

Vivimos tiempos de banalización. Una rata -bastante más lista que cualquier mascota- es igual a tu hijo o a mi hijo. Un ser que siente, escupen los animalistas en sus anuncios radiofónicos, alguien como tú. De la banalización a la barbarie. De la barbarie a la incultura. Y así pasa que en nombre de una determinada sensibilidad se me dice lo que tengo que ver y no ver. Lo que es cruel y lo que me conviene. De lo que debo reírme, de lo que debo llorar. Desde la superficialidad se arrogan el derecho de prohibirme esto y de prescribirme aquello otro. Y todo en nombre de supercherías, filosofías pachangueras extraídas de un libro de autoayuda. Lemas infantiloides convertidos en principios incuestionables por las redes sociales.

Odio la ignorancia, pero ¿quién soy yo para obligar a la gente a ir aquí o allá?  Si disiento de su -a mi juicio aniñado- concepto del mundo soy una bestia repugnante, un cruel excremento del pasado, socialmente obligado a inclinarme ante su superioridad moral. No está bien admirar el acto de lanzarse con una espada sobre los cuernos de un toro. Debo, en cambio, admirar cuando alguien se pavonea de subnormalizar a su perro para que no muerda a mis niños.

Pero es así. El viejo pathos ganadero a nadie le importa. Solo a cuatro antropólogos y a unos miles de viejos ganaderos que entienden del tema. La fiesta se muere. Me dice Montalvillo que en las Ventas, este año, solo en tres corridas se colgó el “no hay entradas”. 22.000 tíos caben allí, los más llegados de Toledo, de Segovia, Ávila y Salamanca. En cambio, la visión mascotizante de la vida no cesa de crecer. Y al remolque, el idiotismo social prohibicionista -esa forma de crueldad realmente insoportable-. Es cosa más de meses que de años. De modo que a las personas de mente abierta, amantes de lo auténtico, la tradición y lo antiguo, les recomiendo encarecidamente que vayan mañana a ver los toros, porque en nada deberán conformarse con verlo en los libros. Es así de sencillo. Los que se revuelcan en bragas bañados en ketchup nos van a ganar de paliza. Pero no les quiero ningún mal. Luchan por lo que creen aunque crean en fantasmas. Y como premio les reservo esta dosis concentrada de belleza pura.

torosfinal

“Solo cuando el hombre haya superado a la muerte y lo imprevisible no exista, morirá la Fiesta de Toros y se perderá en el reino de la utopía y el dios mitológico encarnado en el toro de lidia derramará vanamente su sangre en la alcantarilla de un lúgubre matadero de ganado”, Jacques Costeau.

 

 

Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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